Publicado el: 9 agosto, 2017

 Los pasajeros de primera clase de la extinta Mexicana de Aviación fueron los primeros en probar el 3V, uno de los vinos que marcó la historia reciente de Casa Madero, la empresa vinícola más antigua de América y una de las más importantes de México. 

Durante algunos años, solo quien compraba un boleto de primera clase podía probar este vino, pues la compañía había aceptado distribuirlo en exclusiva para la aerolínea. El tinto, una mezcla de tres varietales (tempranillo, cabernet sauvignon y merlot), tuvo tan buena aceptación que la gente comenzó a buscarlo en tiendas, sin saber que no podría encontrarlo. 

La casa no tardó en darse cuenta del error cometido: no podía vender la botella a pesar de la creciente demanda. Los directivos buscaron la forma de destrabar el compromiso con la aerolínea, tarea que les llevó unos dos o tres años. Tiempo después, Mexicana de Aviación quebró y lograron librarse de esa cláusula. 

La expectativa de los amantes del vino había crecido a tal punto que la falla se convirtió en acierto y el 3V, en una de las etiquetas más vendidas de Casa Madero. 

Esta anécdota la cuenta Francisco Rodríguez González, enólogo de la empresa desde hace 39 años y una eminencia en el mundo de los vinos en México y América Latina. La historia ilustra un aspecto fundamental que ha distinguido a la marca durante las últimas décadas: un prestigio ganado a pulso por la calidad de sus productos. 

Casa Madero es una referencia en la vitivinicultura mexicana. En sus bodegas se producen 100,000 cajas de vino al año, es decir, 1,200,000 botellas. Sus caldos se caracterizan por el equilibrio entre dos elementos: la identidad frutal de cada uva y la influencia aromática de la barrica. Han recibido cientos de reconocimientos en los últimos 20 años, lo cual posiciona a la marca como una de las más premiadas del país. 

Sin embargo, como en toda historia exitosa, la situación no siempre fue así. Esta época de resurgimiento se debe a una apuesta que los directivos de la compañía decidieron hacer en una de sus crisis más fuertes. Para entenderla, primero debemos regresar a sus inicios. 

El lugar donde empezó todo 

La producción vinícola del continente americano tiene sus raíces en el Valle de Parras, para ser más específicos, en la Hacienda San Lorenzo, donde Casa Madero procesa sus caldos.

Esta edificación colonial de blanco impecable se impone entre el paisaje semidesértico de Coahuila y las 300 hectáreas sembradas con vid. En este sitio, hace poco más de cuatro siglos, se produjo el primer vino comercial de América.

Recorrer los rincones de la hacienda es como abstraerse un momento del presente y viajar décadas, siglos atrás, a través de la historia profunda de México. Una vez dentro, es fácil imaginar las escenas cotidianas que sucedieron en este lugar, pues las bodegas conservan mucha de la infraestructura de antaño.

Todo comenzó en 1568, año en que los españoles emprendieron viajes hacia el norte de Zacatecas para buscar más oro. Los exploradores no encontraron metales preciosos, pero sí un pequeño paraíso donde crecían parras silvestres. Motivados por el hallazgo, a finales del siglo XVI, una orden de jesuitas se estableció en la zona y con las uvas nativas produjo el primer vino de la región.

Por esos años, un empresario español llamado Lorenzo García, que se había asentado en el valle, pidió a la corona española que le otorgara tierras para plantar uva y producir vino. En 1597, fue aceptada su solicitud y ese mismo año, bautizada en su honor, se fundó la Hacienda San Lorenzo.

Hasta la fecha, 13 familias han sido dueñas de la propiedad; durante estos 420 años, ha sido comprada y vendida diez veces. Quienes la dirigen en la actualidad son Brandon y Daniel Milmo Brittingham, la quinta generación que desciende de Evaristo Madero, abuelo del ex presidente mexicano Francisco I. Madero.

Don Evaristo adquirió la hacienda en 1893 y la bautizó como Casa Madero. Después de remodelar las instalaciones, envió a sus hijos a Europa para entrenarlos en la producción de vinos.

El brandy y la época de oro

En una empresa centenaria, las crisis y momentos de gloria se convierten en un vaivén inevitable. Según Brandon Milmo Brittingham, una de sus mejores épocas fue en los años cincuenta y sesenta. En ese momento, su fuerte era la producción de brandy y destilados.

“El negocio era en volumen diez veces más grande de lo que es ahora, aunque se vendían productos cuyo precio promedio era más bajo”, dice el director de Casa Madero.

En esos años, no solo les iba bien a ellos. El país vivía una época de prosperidad que después se llegó a conocer como El Milagro Mexicano o Desarrollo Estabilizador; pero a mediados de los setenta, la producción de brandy en México (junto con otros sectores) sufrió un golpe del cual pocas casas vinícolas se sobrepusieron. Los consumidores dejaron de comprar esta bebida y se interesaron más por el whisky, que comenzó a llegar al país a través de las exportaciones de Estados Unidos.

Esta crisis le tocó a José Milmo Garza, quien en 1973 asumió la dirección del negocio. Poco tiempo después de tomar las riendas, decidió enfocar la producción en los vinos de mesa y disminuir drásticamente la de brandy y destilados.

“Afortunadamente, mi padre tuvo esa visión, porque si nos hubiéramos quedado ahí, habríamos tenido el mismo destino que otras marcas exitosas de brandy mexicano”, asegura Brandon Milmo.

La apuesta que salvó a Casa Madero

Cambiar la producción no fue nada sencillo. A principios de los setenta, la empresa tuvo que importar 33 variedades de uvas finas para hacer pruebas y ver cuáles se adaptarían más al clima del Valle de Parras.

Para lograr la calidad deseada, pasaron varios años de ardua investigación y fue necesaria la conformación de un equipo de primera. También invirtió buenas cantidades de dinero en tecnología de punta, tanto en los viñedos como en bodega.

Casa Madero comenzó a producir grandes cantidades de vino entre 1980 y 1985; sin embargo, lograr el éxito en el mercado tomó su tiempo. Al principio, el mercado internacional no aceptaba los productos, pues el vino mexicano no tenía mucha credibilidad.

Durante varios años, vendieron sus etiquetas en el norte de Europa y aunque tuvieron buena respuesta, había dos problemas: el mercado no estaba dispuesto a pagar mucho por botella y la empresa no tenía el volumen suficiente para entrar a otros países. Ante esto, tomaron la decisión de reducir drásticamente sus exportaciones y enfocarse en el mercado nacional.

Nos salimos de ciertos mercados; estábamos exportando mucho, pero con bajo margen. Vimos que estaba creciendo el mercado mexicano para vinos y decidimos apostarle al doméstico, donde podíamos cobrar precios un poco arriba de los de exportación. Eso nos permitió empezar a ser más rentables, pero fue un proceso que duró muchos años”, cuenta Brandon Milmo.

La figura del enólogo, un elemento clave

Todo cambio importante en la dirección de un negocio debe ir acompañado por un equipo capaz de adaptarse y dar lo mejor de sí. El auge de Casa Madero en los vinos de mesa está marcado por un personaje: su enólogo.

Francisco Rodríguez, un hombre que acaricia los 70 años, viste camisa a cuadros, pantalón de mezclilla y botas de trabajo. Es originario de Teocaltiche, Jalisco. Comenzó a trabajar para la empresa en 1972 en el área de destilados y a los pocos años se convirtió en el asistente de Sergio Traverso Rueda, enólogo de la casa vinícola en ese entonces. Pero había un pequeño problema: no sabía nada de vinicultura, así que ingresó a la Universidad de Montpellier, en Francia, donde estudió enología durante dos años (de 1976 a 1978).

A lo largo de su carrera, ha participado en 48 vendimias de países como Argentina, Chile, Australia y Nueva Zelanda. Recorrió el hemisferio sur tratando de entender más sobre el vino y cómo sacar provecho a los climas para obtener uvas de mayor calidad.

Ese trajín que nunca se convierte en rutina es lo que más le gusta de su trabajo: Cada año es una nueva lección; la naturaleza nunca es igual, te da cosas distintas”, comenta.

Descubrir su modestia al expresarse de su labor y la devoción que tiene por el trabajo arduo es una sorpresa reconfortante en una persona con su trayectoria. Los caldos de Casa Madero que han sido premiados a lo largo de estos años son obra suya. Al preguntarle de cuál se siente más orgulloso, contesta que todos: “Ya sabes que para un padre no hay hijo malo”.

Para él, algunos de los momentos que marcaron su carrera fueron cuando recibió el diploma de enólogo y cuando comenzó a ganar los primeros premios. Uno de los más importantes lo recibió en 2002, con el Casa Grande Shiraz. Ese mismo año, el Grupo Enológico Mexicano lo reconoció como mejor enólogo.

En lugar de regodearse con las más de 650 medallas que ha ganado, Francisco está convencido de que cada una significa una mayor responsabilidad y compromiso con el consumidor, quien espera algo mejor cada vez.

Lo que viene

Gran parte de las apuestas que Casa Madero hará en el futuro cercano tienen que ver con mejorar la calidad de sus productos y servicios.

Uno de sus planes es aprovechar el crecimiento del turismo enológico. Aunque en la actualidad se ofrecen visitas guiadas por las instalaciones y se rentan las habitaciones de la hacienda a grupos grandes de personas, se pretende invertir más en esta área para dar mejor atención y servicio.

Parte de esa renovación ya se está haciendo en sus bodegas, las cuales no habían sido intervenidas desde los años sesenta. “Cuando se renovaron las bodegas, no estaban pensadas en turismo; no había turismo enológico en ese momento, ahora sí”, dice el director.

La parte agrícola de la empresa también sufrirá algunos cambios. Entre ellos está la posibilidad de plantar viñedos en otros valles de la región y convertir en orgánicos los que ya tiene. En la actualidad, aproximadamente 80 de sus hectáreas están certificadas en producción orgánica.

El porvenir de Casa Madero parece brillante, pero en la mente de Brandon Milmo aún hay mucho por mejorar. Esta actitud no es casual. Para él, conservar el liderazgo ha requerido de habilidad para superar tres retos fundamentales.

Uno es lograr que la producción cumpla con los más altos estándares de calidad, otro es conservar las buenas finanzas del negocio, y el último (quizá el más importante) es mantenerse relevante en el mercado y en la mente de los consumidores. Casa Madero hizo justo eso cuando vendió el 3V a Mexicana de Aviación, y lo ha seguido haciendo desde entonces.