Sanjuana Herrera, directora de Administración y Sustentabilidad de Banregio, aprendió a negociar antes de saber que eso tenía nombre. En una casa de Cadereyta con diez hijos —siete mujeres, tres hombres—, la vida era una coreografía estricta: los roles estaban marcados y el deber tenía género. Ella lo vio desde niña y lo sintió como una incomodidad permanente. No le gustaba que “lo de las mujeres” fuera atender y ceder. Y aun así, en ese entorno tradicional y amoroso, entendió el primer secreto del liderazgo: si quieres espacio, tienes que ganártelo.
En una familia numerosa, con una sola televisión, el liderazgo empezaba con lo cotidiano: negociar, encontrar tu lugar entre voces más grandes, aprender a ser vista. Su padre —distante, autoritario, pero capaz de reconocer— fue una figura decisiva. No entró al kínder, pero llegó a la primaria a los cinco años sabiendo leer y escribir porque él le enseñó. De ahí nació una convicción temprana: “Tengo que estudiar”. No como adorno, sino como una forma de tener voz.
La educación no fue escape. Fue herramienta.
La voz que se construye con números
Creció cerca del negocio familiar y entendió pronto la lógica económica: esfuerzo, cuentas, resultados. Los números no eran abstractos; eran reales. Por eso, cuando llegó el momento de elegir carrera, se inclinó naturalmente hacia el mundo de los negocios.
Entró a la Facultad de Contaduría pensando en Administración de Empresas, pero el tronco común la llevó a descubrir algo más preciso: contabilidad y derecho eran sus materias favoritas. Se cambió a Contaduría Pública. Ahí encontró la combinación que marcaría su trayectoria: números con marco legal, técnica con regulación, análisis con estructura.
Su carrera profesional inició en un despacho pequeño y luego en el corporativo de la familia Rivero. Ahí incorporó una enseñanza que repetiría durante décadas: no basta con cumplir técnicamente; hay que entender cómo tu trabajo genera valor en el negocio.
Aprendió a mirar con “ojos de negocio”, a preguntarse siempre “como sí” y a hacer más con menos. Una mentalidad práctica, eficiente y optimista.
Cuando Banregio estaba por nacer, esa mentalidad fue decisiva. Durante la etapa de preoperación, Sanjuana apoyó en temas fiscales y legales. Descubrió entonces que no estaba considerada en la estructura del nuevo banco porque no tenía experiencia bancaria. Pudo haberse quedado ahí. No lo hizo.
Levantó la mano.
Propuso quedarse en las oficinas durante la preoperación, absorber regulación, entender el negocio y probar su utilidad. Si funcionaba, se quedaba. Si no, se iba. El riesgo era suyo. Nueve meses después le dijeron que se quedara de forma definitiva.
Ese momento definió su carrera: no esperar invitaciones formales, sino demostrar capacidad.
Crecer ampliando el campo
Banregio comenzó pequeño, con estructura plana. Sanjuana entró como responsable fiscal, pero pronto amplió su campo de acción. Coordinó auditorías externas, atendió oficios regulatorios, se involucró en contabilidad, operaciones y presupuestos. No porque fuera su obligación directa, sino porque entendía que crecer implicaba abarcar más.
A los cinco años fue nombrada subdirectora de Administración y Finanzas. En 2005 llegó a dirección. En 2008 asumió Contraloría, una responsabilidad que implicaba control interno, cumplimiento, normatividad y prevención de lavado de dinero. Esa etapa le permitió mapear procesos, identificar riesgos y comprender el banco desde dentro.
Su ventaja competitiva fue clara: una mirada integral. No sólo dominaba números y regulación; entendía cómo cada engrane impactaba al todo.
Ese enfoque también marcó su estilo de liderazgo.
Liderar sin convertirse en límite
Sanjuana define su liderazgo como participativo y delegativo. Plantea el objetivo, integra al equipo y diseña la estrategia en conjunto. Le gusta decidir y resolver problemas, pero no quedarse en lo rutinario. Por eso delega con claridad y entra en los momentos clave: al inicio, en el seguimiento o cuando se requiere redefinir.
Tiene una obsesión constante: hacerlo mejor. Siempre hay una forma más eficiente, más rápida o más clara de ejecutar. Y, sobre todo, insiste en dar sentido a los números. “No son datos, son pesos”, suele decir. Un reporte puede estar técnicamente correcto y, aun así, carecer de significado si no se entiende el impacto real en el negocio.
En la toma de decisiones bajo presión, combina intuición y análisis. Describe un proceso mental ordenado: definir el problema, identificar la información necesaria, evaluar opciones y decidir. Con el tiempo, ese proceso se acelera. Pero añade una pieza clave: reconocer cuando te equivocas y corregir rápido.
¿Cómo se entrena esa capacidad? Haciéndolo. Prepararse es necesario, pero la experiencia se construye en la acción. Cada decisión suma información para la siguiente.
Mujeres, voluntad y estructura
Cuando habla de mujeres en espacios de poder, evita el discurso simplista. Reconoce que no todas quieren estar en posiciones directivas y que eso es válido. Pero también señala que la cultura genera inseguridades profundas. “Nos tenemos que armar”, dice. “Armarnos de fortaleza y convicción”.
Su fórmula es clara: querer, saber y poder. El conocimiento puede adquirirse. Las condiciones pueden abrirse. Pero la voluntad es individual. Y cuando aparece el miedo, que la voluntad sea más grande.
Ella lo vivió joven, trabajando en un entorno dominado por hombres mayores y experimentados. No fue ausencia de miedo; fue decisión constante de avanzar a pesar de él.
En medio de esa exigencia profesional, hubo momentos de duda personal. Una noche, agotada, le preguntó a su hija mayor si preferiría una “mamá normal”, más presente en lo cotidiano. La respuesta fue inmediata: “A mí me gusta tener una mamá banquera”. Para Sanjuana fue un bálsamo. No eliminó el esfuerzo, pero confirmó que su ejemplo también educaba.
Hoy, después de más de tres décadas en Banregio, describe al banco como una organización que ha evolucionado constantemente. Es el mismo nombre, pero no el mismo banco. Cambian personas, procesos, retos y regulación. Y ella ha crecido a la par.
Sanjuana Herrera no construyó su liderazgo desde el privilegio ni desde el discurso. Lo hizo desde decisiones pequeñas repetidas con consistencia: estudiar para tener voz, levantar la mano cuando no estaba invitada, ampliar su campo para crecer más rápido, delegar para no convertirse en límite y sostener siempre la pregunta esencial: ¿cómo sí?
Hay líderes que se acomodan en la posición. Y hay líderes que permanecen en movimiento. Sanjuana pertenece a los segundos.
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