2027 será crucial para el futuro de Aguascalientes.
Ese año se renuevan la cámara federal de Diputados, el congreso local y los gobiernos estatal y municipales. Pero dicha elección no ocurrirá en un contexto predecible o estable sino todo lo contrario. El mundo y México viven un escenario donde la incertidumbre política, económica, legal, ambiental y tecnológica es lo único seguro. Si bien, Aguascalientes es un grano de arena en el desierto, no dejará de padecer los efectos, que podrán ser buenos, mediocres, malos o alarmantes.
La definición de esto último dependerá, ciertamente, de muchas circunstancias que no están bajo control de nadie, pero hay una que será muy relevante: el buen o mal juicio del electorado.
Partamos de la herencia. Quienes gobiernen Aguascalientes se encontrarán con un cajón de sastre en el que, naturalmente, hay de todo. Pero en ese cajón existen al menos seis temas que son clave y a partir de los cuales la siguiente administración deberá elaborar su propia agenda. El primero es la falta de crecimiento económico; el segundo son los rezagos en educación y generación de talento; el tercero es la inseguridad; el cuarto la complejísima realidad del problema del agua en el sector primario y en la capital del estado; el quinto es la creciente ineficiencia del sistema de movilidad y desarrollo urbano, y, por último, los litigios legales, judiciales y financieros derivados de los distintos proyectos de prestación de servicios o alianzas público-privadas contratados en materia de energía y otros servicios públicos que eventualmente dejen abiertos los actuales gobiernos.
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La segunda cuestión es —a partir de ese balance— establecer las verdaderas prioridades estratégicas de la siguiente administración. Durante los últimos siete gobiernos, Aguascalientes mantuvo una razonable continuidad de políticas públicas centradas sobre todo en el crecimiento del sector industrial y económico y el desarrollo de infraestructura. Esto arrojó buenos resultados en general y permitió que del 2004 al 2024 el estado registrara un incremento del PIB estatal de 4% anual y el PIB per cápita casi de 27% en ese mismo lapso. Si bien es cierto que entre 2018 y 2024 el PIB estatal descendió al 0% y el PIB per cápita cayó casi 8 puntos porcentuales.
Por ahora, el PIB estatal registró -0.2% en 2022, en 2023 levantó al 6.3% y en 2024 volvió a terreno negativo con -1.9%. En consecuencia, el promedio del gobierno saliente difícilmente alcanzará la tendencia de algunos de los sexenios previos. Como no hay que inventar el hilo negro, lo más inteligente para el próximo gobierno será profundizar la estrategia económica trazando un objetivo de 4.5% anual y eso dependerá de otros pilares.
Uno es, desde luego mantener, acompañar y apoyar el clúster automotriz en la transición que las armadoras y proveedores están experimentando así como otros clústers que están teniendo buen desempeño. Pero ahora es urgente diseñar, formular y ejecutar una estrategia eficiente, agresiva y focalizada para potenciar y atraer nuevas fuentes de inversión en los sectores de punta en México y el mundo como son la industria de semiconductores, la «data science”, la fabricación de partes para el sector aeronáutico, los servicios de consultoría, y otros más en el campo de la innovación tecnológica.
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Aguascalientes no podrá crecer de verdad apostando por sectores de bajo valor agregado como el sector primario (que aporta 3.3% al PIB estatal) ni el turismo (que tiene un peso marginal en el PIB estatal o con ocupación hotelera promedio de 50%-55% anual) ni fomentando apertura de locales de comida, bares, lonchería o sucursales bancarias, los cuales son bienvenidos, pero su aportación productiva es muy escasa.
La condición indispensable para dinamizar esa política de inversión más estratégica pasa por supuesto por el desarrollo de talento. Esto supone una nueva política para la educación superior que oriente la oferta hacia la empleabilidad de calidad (hoy Aguascalientes registra unos 5-6 mil desempleados que tienen educación superior según las encuestas del Inegi). Es decir, aquella que fortalezca la vinculación con los sectores clave, estimule el emprendimiento, ofrezca salarios atractivos y produzca un círculo virtuoso. Por tanto, el nuevo gobierno deberá dejar atrás la demagogia de abrir o permitir que se sigan abriendo opciones universitarias que ofrezcan excentricidades como la llamada “interculturalidad” o escuelas del tres al cuarto que son mucho marketing y nula calidad real.
La tercera asignatura es la integración de un equipo competente, sólido y preparado. Un gobierno no es un club de amigos, vividores o cómplices ni una agencia de colocaciones partidistas. Sin embargo, hay que ser realistas: cuando se empieza hay compromisos políticos que cumplir, pero todo cabe sabiéndolo acomodar. Lo ideal es una combinación de aliados leales y competentes, de perfiles técnicos muy bien preparados en las áreas que se les encomienden, y de funcionarios profesionales y experimentados que aporten visión amplia, innovación y capacidad de ejecución.
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Educación básica en Aguascalientes: una tragedia escandalosa
La cuarta prioridad es saber con toda claridad lo que se quiere hacer durante los seis años. En la actualidad, la mayoría de los gobiernos estatales y municipales han caído en un abanico de trampas perversas. Una es creer que con decir “vamos a hacer…” se alcanzan las metas concretas, lo cual es una equivocación rotunda. Otra es confundir “explicaciones” con “soluciones”. una tercera es esconder la ineptitud haciendo campaña todos los días. Y una última es suponer que se gobierna con encuestas o con el derroche en el gasto publicitario. Un buen gobernante es aquel que alcanza metas claras y categóricas: cuánto creció la economía, cómo mejoraron los aprendizajes, cuantos empleos dignos, productivos y bien pagados se crearon, cuánto bajó la incidencia delictiva en términos reales, cuánta inversión verdaderamente nueva se atrajo y un etcétera consistente y documentado que demuestre lo único que está obligado a hacer un gobierno: mejorar la vida de las personas. Lo demás, es utilería.
La última misión, por más anacrónica que suene, es hacer un gobierno que se guíe por principios y valores. Por razones muy diversas, México y muchos de sus estados han caído en una espiral muy peligrosa en donde el único leit motiv de sus gobernantes a todo nivel es la corrupción en muy diversas, creativas y sistemáticas modalidades. Esto ha creado una atmósfera colectiva en la que la corrupción se ha normalizado como práctica comunitaria en lo público y en lo privado, y este es un proceso que más temprano que tarde se vuelve autodestructivo e impide avanzar en los objetivos descritos en los párrafos anteriores.
Una economía no crece, una educación no mejora, un desarrollo urbano no es ordenado y eficiente, un Estado de derecho muere o una administración no funciona si todo ese ecosistema está invadido por la corrupción, por la falta de decencia, de eficiencia y de transparencia, como, lamentablemente, ocurre en estos tiempos.
Este es, sin duda, el desafío más importante para el país y para Aguascalientes.
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