Publicado el: 5 octubre, 2017

Mucha tinta se ha gastado ya en escribir acerca de La Quemada, la zona arqueológica más importante del norte del país y seguramente la más enigmática del territorio nacional. Ubicada en el municipio de Villanueva (legendario por ser cuna del charro de México, Antonio Aguilar), basta un traslado de 30 minutos desde la capital zacatecana para llegar a ella y atestiguar la grandeza que aún resguardan sus construcciones. 

Si bien la zona arqueológica ha sido objeto de innumerables y multiangulares análisis, en esta ocasión se escribe por primera vez de la experiencia más plena que se puede vivir en este lugar, desde la óptica de un viajero y no de un arqueólogo o historiador. 

Se debería comenzar diciendo que tras siglos de estudios, exploraciones, excavaciones y análisis, la comunidad arqueológica aún no logra concretar una teoría que complazca a todos sobre qué tipo de ciudad fue La Quemada y quiénes la habitaron. Que si tiene características nahuatlacas y rasgos toltecas, que si construyeron en un cerro y en terrazas como incas, que si tenían el sistema de calzadas más complejo de Mesoamérica, que si su cualidad de ciudad fronteriza la hacía el punto idóneo para el intercambio de mercancías. 

Una vez que conozcas La Quemada, coincidirás en que la teoría que más eco hace en la mente de uno y que eriza los vellos, es la que dice que era un lugar de peregrinación, sumamente sagrado, considerado morada de dioses… Un lugar que estando consagrado específicamente para dichos fines, una vez que cumplió su ciclo y propósito, sus pobladores dotados de esa sabiduría divina le abandonaron e incendiaron, evitando así cualquier futura profanación. 

A pesar de haber tenido otras visitas a la zona arqueológica, es ésta la primera vez en la cual se hablará de forma más plena sobre los espacios, las construcciones, los propósitos y la sacralidad del sitio. 

Cuando uno escucha observación sideral viene a la mente la imagen de sí mismo, caminando entre estrellas, dando un paseo por la Vía Láctea. Y aunque esta experiencia en La Quemada se vuelve prácticamente literal, no existe idea preconcebida que te prepare para lo que se habrá de vivir ahí en las noches de luna nueva. 

La experiencia de visitar este sitio de noche vale la pena por sí misma, no es necesario un fastuoso video mapping sobre las estructuras arqueológicas o una moderna iluminación monumental para disfrutar de él. Y si a eso le sumamos el recorrido vivencial de mano de los protagonistas de la historia de La Quemada en persona, se va ganando aún más… Parecería ser suficiente con esto; sin embargo, no se está nunca del todo preparado para lo que habrá de seguir.

La que fuera en su momento la estructura techada más grande de todo el continente americano, hoy conocida como sala de columnas, y su patio hundido, son el marco ideal para lo que habrás de vivir en la observación sideral. No sería justo describirte qué es lo que exactamente verás; pero te servirá saber que utilizarás un antifaz por unos minutos. Al quitártelo y abrir de nueva cuenta los ojos, cambiará definitivamente tu forma de voltear al cielo, se transformará tu perspectiva del valor de los astros en la cultura prehispánica, entenderás la valía y belleza del cielo que cobija Zacatecas, y sobre todo, sentirás con certeza esa vibra y energía mística de estar en un lugar legendario, misterioso, sagrado, donde hace miles de años estuvo alguien parado, haciendo exactamente lo mismo que tú: voltear al cielo con admiración y con más preguntas que respuestas en mente, una sensación única que no puedes vivir en ningún otro lado, en ninguna otra situación. 

Zacatecas hace honor al adjetivo que lo describe en su marca. Es deslumbrante al apostar por una experiencia como ésta, al ser pionero en turismo de observación sideral, máxime si se considera que es el primer sitio arqueológico abierto para este tipo de recorridos. Vale la pena hacer el viaje desde la capital zacatecana; vale la pena agendar una noche distinta, la cual es cerrada por una cena tradicional de condoches (gorditas cocidas en horno de barro) y café de olla.