Publicado el: 8 noviembre, 2017

Alejandro Basáñez Loyola

Autor de las novelas de Ediciones B: México en llamas; México desgarrado; México cristero; Tiaztlán, el fin del imperio azteca; Santa Anna y el México perdido; y Ayatli, la rebelión chichimeca

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“Señores, el virrey es mi gallo y soy del parecer que nos pasemos al Valle de Atemaxac.”

Beatriz Hernández

La ciudad de Guadalajara que hoy conocemos tuvo tres malogradas antecesoras. La primera fundación de la villa sucedió en 1532, en Nochistlán; la segunda, en 1533 en Tonalá; y la tercera, en Tlacotán (Ixtlahuacán del Río) en 1535. Fue hasta el 14 de febrero de 1542, cuando se asentó definitivamente en el Valle de Atemajac.

Los fracasos en la consolidación de la que sería la perla tapatía se debieron al constante azote de los chichimecas liderados por el caxcán Tenamaztle, quien a toda costa quería reconquistar la región y eliminar hasta al último español que viviera en sus dominios.

El feroz Tenamaztle ya había acabado con Pedro de Alvarado, y el gobernador Cristóbal de Oñate sería el siguiente en caer. El líder indígena sabía que tenía a su alcance la victoria y preparó a todos sus hombres para tomar Guadalajara a lanza y fuego. Las huestes del caxcán llegaron a las afueras de la villa el 28 de septiembre de 1541, dos meses después de la muerte de Alvarado.

Desde el interior de la ciudad, el espectáculo era apocalíptico: miles de indios armados con escudos, lanzas, espadas, hondas y piedras, se disponían a tomar el poblado. Cristóbal de Oñate y el capitán de Mucibay dirigían a los 85 soldados españoles a caballo que conformaban la ofensiva castellana.

La artillería, colocada en las cuatro esquinas del fortín central de la villa, comenzó a hacer estragos en el enemigo; mientras la caballería arrasaba con los indios que no sabían cómo detener los embates de los jinetes.

Escabulléndose de las escaramuzas, un indígena bizco, totalmente rasurado del cráneo, eludió las defensas y llegó a la iglesia donde se refugiaban las aterradas mujeres con los niños.

Cuando entró al recinto, dispuesto a degollar a todos los presentes, una mujer le puso un tiro en la frente con su arcabuz. Era doña Beatriz Hernández, valiente española que no estaba dispuesta a permitir que los caxcanes destruyeran nuevamente su hogar. Con la convicción de no rendirse ante las hordas salvajes que rodeaban Atemajac, organizó a sus compañeras para defenderse de la indiada asesina.

¡Peleen como fieras! Aquí nos estamos para rezar y esperar a que nuestros hombres acaben con ellos. Yo ya maté a uno y como verán, voy por más.

Las mujeres agarraron espadas, corazas, palos y arcabuces para ayudar a sus hombres a contener la oleada de Tenamaztle. Beatriz Hernández, con su larga lanza en la mano derecha, peleaba como un soldado más.

Los castellanos defendían el campamento, evitando que los indígenas llegaran a las puertas del fortín. Tan pronto como alguno de ellos lo hacía, era liquidado desde las alturas de las paredes de la construcción con certeros disparos de artillería. Masas compactas de nativos caían despedazados, sirviendo de piso para que otros más intentaran lograr el asalto.

—Lancemos a toda la caballería en persecución de Tenamaztle. Si logramos atraparlo, habremos ganado la batalla, y si no, al menos lo haremos huir y los demás indios lo seguirán. No tenemos otra opción; o los sacamos de aquí o a la larga nos aplastarán— indicó Cristóbal de Oñate a sus jinetes.

La caballería hizo lo indicado. Tenamaztle, al sentirse presionado, rompió el sitio y fue perseguido por los alrededores de Guadalajara. Muchos indios fueron aniquilados en esta fuga. Las picas de los jinetes se ensañaban atravesando nativos por la espalda.

La maestría militar de Oñate había quedado demostrada. Con menos hombres que el caxcán, había roto el sitio y perseguido a cientos de indígenas. Tenamaztle, a pesar de haber ganado la batalla contra Pedro de Alvarado, ahora había perdido contra el hombre al que El Adelantado había menospreciado.

Las afueras de Guadalajara se convirtieron en un cementerio. Miles de cadáveres yacían en la hierba, en un espeluznante pudridero al aire libre. Los prisioneros fueron horriblemente castigados. El gobernador Oñate, emulando a la bestia Nuño de Guzmán, decidió no matarlos; pero sí dejarles una marca de por vida para que la mostrasen a sus hermanos en Nochistlán y en las aldeas aliadas. A estos sobrevivientes les fueron cortados indistintamente pies, nariz, manos, orejas y ojos. Las heridas sangrantes de las amputaciones fueron bañadas con aceite hirviendo, para hacer más cruel y doloroso el castigo. Estos indios regresaron casi arrastrándose a sus hogares, lo cual multiplicó el odio hacia los españoles, a quienes juraron exterminar.

Hagamos honor a doña Beatriz Hernández, que arengó a sus compañeras a jamás rendirse y a tomar en sus manos el destino de la ciudad de Guadalajara, la cual abriría la puerta a la futura fundación de Aguascalientes, en el célebre Camino de la Plata.