Publicado el: 4 octubre, 2017

 

Por Alejandro Basáñez Loyola

Autor de las novelas de Ediciones B: México en llamas; México desgarrado; México cristero; Tiaztlán, el fin del imperio azteca; y Santa Anna y el México perdido

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La invasión napoleónica dejó a España en manos de Bonaparte, quien buscaba emular al conquistador griego Alejandro Magno, adueñándose de toda Europa y Asia. Los pensamientos del rey español Fernando VII sobre el gobernante francés desataron una fiebre de libertad en la Nueva España, que se negaba a ser una nueva colonia de Francia.

Hacia principios de 1810, el corregidor Miguel Domínguez y su esposa Josefa Ortiz de Domínguez organizaron en Querétaro una conjura libertaria en contra del virreinato que había aceptado sumisamente la autoridad napoleónica. Los generales virreinales Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Abasolo, opuestos a las ideas de independencia en España, querían un protectorado gobernado por Fernando VII, el legítimo rey; pero con libertad para sus habitantes.

El golpe independentista se programó para el 8 de diciembre; sin embargo, más tarde se adelantó al 2 de octubre, día de la Feria de San Juan de los Lagos, en donde se congregaría una gran cantidad de indígenas, comerciantes y artesanos. La Conspiración de Querétaro nombró como su líder al párroco de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla, hombre de 57 años de edad, hacendado y exrector del Colegio de San Nicolás, que tenía una amplia influencia sobre los indígenas.

La conspiración fue descubierta el 11 de septiembre y ante esto, el temerario líder decidió adelantar la fecha del levantamiento, el cual sucedió el 16 de septiembre en la parroquia de Dolores, hecho conocido como el famoso Grito de Dolores.

Tras este acontecimiento, Hidalgo reunió a 6,000 indígenas para iniciar su lucha. En pocos días, tomó sin resistencia San Miguel el Grande y Celaya, donde se unieron más personas a su causa. Al ocupar Atotonilco, el párroco tomó un estandarte de la Virgen de Guadalupe para usarlo de lábaro en sus siguientes batallas. El 24 de septiembre, Allende tomó Salamanca, donde fue proclamado teniente general e Hidalgo, capitán general de los ejércitos de América. Al dejar Salamanca, el cura ya contaba con 50,000 hombres dispuestos a morir por él y la Virgen del Tepeyac.

La siguiente ciudad era Guanajuato. El padre sabía que ésta era defendida por su entrañable amigo, el intendente Riaño, y para intimidarlo, o más bien prevenirlo, le envió una carta en la cual amenazaba con acabar con todo, si no rendía la plaza sin pelear.

Riaño era un hombre de mar. Participó en varios combates navales y llegó al rango de capitán de fragata. En 1975, fue nombrado intendente de Guanajuato. Ahí, se gestó su amistad con Hidalgo. Al recibir la carta del cura, Riaño no aceptó la petición, afirmando ser un soldado del rey de España y reconociendo como única autoridad al virrey Venegas. Al conocer la respuesta de su amigo, el capitán de los ejércitos de América decidió iniciar el combate.

Allende, Aldama y Jiménez sitiaron Guanajuato. El combate dio inicio el 28 de septiembre, alrededor de las ocho de la mañana, al oírse los primeros disparos sobre la Alhóndiga. El intendente ordenó a Barceló, capitán de la guardia, atacar a los insurgentes desde la azotea del depósito de granos. Barceló, desde las alturas, contraatacaba con bombas y disparos de rifle.

Al ver Riaño que era imposible un triunfo de su parte por estar sitiado, decidió salir con un puñado de hombres a enfrentar a los rebeldes. Apenas se abrió la puerta de la Alhóndiga, el intendente fue herido en el ojo izquierdo, pereciendo al instante. Los soldados que salieron con el intendente se replegaron llevando el cuerpo consigo.

La muerte de Riaño obligó a que uno de sus asesores sugiriera la rendición al teniente Barceló; pero éste se negó rotundamente. Haciendo caso omiso a su superior, el hombre colocó un pañuelo blanco en la punta de un fusil de un soldado caído en combate y comenzó a ondear su bandera de paz. Al verla, los insurgentes se dieron cuenta de que habían vencido a los realistas. Hidalgo ordenó alto al fuego y envió a Allende a negociar con los vencidos.

Barceló, fuera de sí, mató al licenciado que ondeó la bandera y subió a la azotea a continuar el bombardeo. El líder insurgente explotó en cólera al sentir que había sido engañado y ordenó seguir la lucha. Hidalgo vio la posibilidad de tomar el edificio cuando, sorpresivamente, Juan José de los Reyes Martínez, minero de La Valenciana, famoso por su fuerza y apodado El Pípila, le solicitó permiso para incendiar la puerta de la Alhóndiga, lo cual permitiría a los insurrectos penetrar en ella. Tras meditarlo, el cura aceptó y El Pípila, con su piedra en la espalda y antorcha en mano, se lanzó a hacer historia.

Tras vestirse de héroe, al incendiar el portón reforzado con placas de acero, los rebeldes entraron con todo, iniciando la masacre. Barceló y el hijo de Riaño, ambos comandantes realistas, fueron despedazados por los rabiosos indígenas. La misma suerte corrieron gachupines y criollos, al ser despojados de sus pertenencias y linchados por la muchedumbre.

El saqueo de Guanajuato no se limitó únicamente a la Alhóndiga, sino que en los días siguientes se extendió por toda la ciudad y pueblos aledaños. Hidalgo impidió, a base de insultos y fuetazos, que sus soldados mancillaran el cuerpo de su amigo Riaño y fue entonces cuando se dio cuenta de la violencia que se vivía.

Quizá, sucesos como estos fueron los que obligaron a que semanas después, el cura se replegara en Las Cruces, puerta de la Ciudad de México, evitando de esta forma una masacre de inocentes y la reconquista de México, la cual sería consumada unos años más tarde por los gloriosos Iturbide y Guerrero en Acatempan.