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OPINIÓN
El PRI y el ave fénix
 

Otto Granados Roldán
Director General del Instituto de Administración Pública (IAP) del Tecnológico de Monterrey
otto.granados@itesm.mx

La mayoría de las encuestas nacionales levantadas en los últimos meses pronostica que el PRI ganará las elecciones presidenciales de 2012. Aunque faltan todavía dos largos años y muchas cosas pueden pasar, los precedentes sugieren, en efecto, que puede ocurrir. Habrá entonces, desde luego, muchas preguntas que formular, pero por lo pronto hay una central: ¿qué explica la recuperación electoral de un partido al que, en 2000, le entonaron el réquiem?

El primer factor es, lógicamente, el modus operandi del PRI. Aunque algunos académicos aseguran que el problema básico del PRI es que, a diferencia de los partidos que gobernaron por largo tiempo en Europa del Este y han vuelto transformados a escena, “no se ha reinventado a sí mismo”, la sensación es que probablemente allí descansa parte de su éxito de los últimos años.

A contracorriente de esas opiniones, el PRI se ha desempeñado con eficacia en estos tiempos con base en una combinación de seis ingredientes: a) un poderoso instinto de sobrevivencia; b) una gestión pragmática para evitar divisiones o rupturas profundas; c) la implantación nacional; d) la capacidad de movilización de una maquinaria partidista en la que confluyen residuos del corporativismo, un priísmo sociológico que constituye el núcleo central de su voto duro, y una cierta proporción de votantes modernos y urbanos, antes monopolizados por el PAN; e) una indefinición ideológica que lo vacuna para no comprometerse con posiciones que podrían resultar altamente divisivas al interior del partido, y f) una operación muy hábil para construir, en un México que pasó de la monarquía presidencial al feudalismo territorial, alianzas efectivas con los barones del PRI en los estados.

Me gustaría detenerme en algunos de esos factores.

El primero de ellos es que el PRI de estos días es fundamentalmente el mismo que fue derrotado en las presidenciales del 2000 y 2006, e incluso más parecido al de los años sesenta y setenta.  No ha reformado sustancialmente sus estructuras, programas, estatutos o ideología, sencillamente porque, desde el punto de vista estrictamente electoral, no lo necesita.

El segundo es que, en términos funcionales, el PRI parece sentirse ahora más cómodo teniendo una dirigencia nacional electa por su militancia, un peso parlamentario importante y una constelación de fuerzas políticas locales que, en conjunto, constituyen un sistema de pesos y contrapesos que se equilibran entre sí, y que no tienen más remedio que entenderse para procesar la agenda partidista porque, de diversas maneras, a todos les conviene.

El tercer razonamiento es que, en ciertas capas de la sociedad, hay una suerte de nostalgia del autoritarismo.

En general, los estudios indican que, a menos que los gobiernos surgidos de una alternancia realicen una gestión económica muy exitosa, las nuevas democracias suelen presentar un síndrome que combina: a) desconfianza en la política y los políticos; b) percepciones de ineficacia de los nuevos líderes; c) bajos niveles de valoración de las instituciones democráticas, y d) insatisfacción con el desempeño de las instituciones representativas. Ese escenario incierto produce, a su vez, una cotidianidad democrática que, en palabras de Adam Przeworski, “no es un espectáculo a reverenciar” sino “un interminable altercado entre ambiciones minúsculas, retórica destinada a encubrir y confundir, oscuras conexiones entre poder y dinero, leyes sin el menor contenido de justicia, y medidas que refuerzan privilegios”. En suma, una situación que describe bien lo que pasa en el México de hoy. 

La cuestión práctica radica en que, de acuerdo con la experiencia comparada, cuando los regímenes autoritarios desplazados fueron más o menos moderados, tuvieron algún éxito económico y llegaron a la democracia de forma estable, como fue el caso de México bajo el PRI, la sensación de los ciudadanos de que, ante la  situación de desencanto con el nuevo régimen, el viejo no era tan malo, surge de manera casi natural.

Este es un punto del que, consciente o no, el PRI se ha beneficiado. Primero: sabe que, tras una historia tan peculiar como la suya, no puede presentarse como un partido distinto o renovado y, segundo, juega con la posibilidad y la aspiración de que, con los años, se valoren mejor o menos negativamente su legado político y su experiencia de gobierno.

Este presente es, justamente, una cuarta causa que ha ayudado al PRI. Tanto las encuestas nacionales como las que hace el Latinobarómetro reflejan escaso entusiasmo con la democracia y, en alguno de estos años, para el caso mexicano, el desencanto incluso se acentuó después de la alternancia del 2000. Una de las razones, ciertamente, es que la gente se hizo demasiadas ilusiones y le pidió a la democracia el éxito, el crecimiento y el bienestar que no dependen directamente del voto sino de políticas públicas eficaces, reformas estructurales y entornos favorables. Otra es que la dimensión de la crisis económica y financiera actual, y la gravedad en el tema de la inseguridad, han agudizado la percepción de que el país va mal.

Un quinto elemento  —y no menor— es que la primera presidencia panista fue, en muchos sentidos, un verdadero fracaso, y la segunda difícilmente entregará cuentas muy distintas a las de 2006. Como es normal, el votante descontento le pasará la factura al partido gobernante. 

Finalmente, el hecho de que no exista aún una izquierda suficientemente estructurada, moderna, liberal y competitiva, propicia una forma de bipartidismo que pone al votante en una situación incómoda: aprueba en lo individual la gestión del presidente Calderón, pero cuestiona la capacidad del PAN para gobernar en una coyuntura tan complicada; critica las malas mañas del PRI, pero supone que son los que pueden resolver problemas tan delicados como la inseguridad.

Otra cosa será si ello es bueno o malo para México. Y eso habrá que discutirlo en el futuro.

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