 |
Otto Granados Roldán
Director General
del Instituto de Administración
Pública (IAP) de Tecnológico de Monterrey
otto.granados@itesm.mx
|
Por razones de trabajo viajo con frecuencia y tengo
la mala costumbre de ser excesivamente observador,
entre otras razones porque, además de mi afición
a los datos y la estadística, pienso que nada
se compara a la vivencia, como aconsejaba don Manuel
García Morente, el legendario filósofo
español de la primera mitad del siglo pasado,
en sus “Lecciones Preliminares”.
En este sentido, cada vez que voy a Aguascalientes
me da la sensación de que se ha larvado, durante
años, un estancamiento, una atonía,
un panorama diametralmente opuesto a lo que encuentro
en otros estados: que a pesar de la coyuntura crítica,
parecen vibrantes, dinámicos y activos. Basta
ver, por ejemplo, la fisonomía arquitectónica,
el descuido o el franco abandono del aeropuerto local
para darse cuenta de que las cosas marchan mal. Si
esta fotografía se colorea con los datos duros,
entonces uno se explica el porqué de esa impresión.
Quizá este sea el motivo por el que mucha
gente se pregunta cómo recuperar la senda
del crecimiento y de la competitividad que alguna
vez tuvo el estado hace años, y aunque todos
la desean nadie parece interesarse en analizar las
cosas con más rigor, o, mejor dicho, las condiciones
que la hagan posible en un contexto nacional, internacional
y temático que ha cambiado significativamente
en la última década y media.

En los últimos veinte años, Aguascalientes
se benefició de diversas circunstancias internas
y de externalidades favorables.
La primera fue que a principios de los años
noventa México vivía una potente etapa
de apertura comercial y de profundización
de la economía de mercado que tuvo como aliento
inicial el ingreso del país a la actual Organización
Mundial del Comercio (antes GATT) y luego la suscripción
del TLC con Estados Unidos y Canadá. Esto
hizo de México casi el único país,
entonces, en tener tratados de ese tipo con la superpotencia
(el otro era Israel) lo que pavimentó de manera
importante las exportaciones y la atracción
de inversión extranjera. El segundo factor
fue que en aquel momento pocos gobiernos de estados
medianos se sintieron atraídos por ejecutar
una política de desarrollo económico
abierta, internacional y competitiva, como pasó en
Aguascalientes en los noventa, porque pensaban que
serían catalogados de “neoliberales” y
les generaría tensiones internas con los empresarios
locales que habían gozado de protección
de todo tipo o con las élites políticas
acostumbradas a medrar con el clientelismo corporativo.
La tercera razón fue que otros países
aún no competían globalmente; Chile
apenas salía de la dictadura de Pinochet,
Irlanda no estaba integrado en Europa, China apenas
empezaba las reformas económicas y Brasil
estaba atorado en la transición política
y económica. El cuarto rasgo era que las llaves
de la innovación, el I+D+i, el desarrollo
de talento o la creación de ventajas competitivas
en el campo tecnológico apenas estaba en su
fase inicial y el tipo de capital humano de que se
disponía en Aguascalientes satisfacía
las necesidades del crecimiento económico
de la época. Y el quinto era la mayor disponibilidad
de capital externo que buscaba opciones de localización
para invertir, y de lo cual Europa del Este, tras
la caída del Muro, fue un buen ejemplo.
La combinación de esas cinco circunstancias
facilitó que Aguascalientes lograra avances
considerables y que sus modalidades de promoción,
relaciones y atracción, todavía tradicionales,
fueran lo suficientemente eficaces para generar buenos
resultados. El desafío mayúsculo, ahora,
es que todo eso cambió y lo que entonces
sirvió ya no funciona en la actualidad. Como
decía el poeta: cuando teníamos todas
las respuestas, nos cambiaron todas las preguntas.
Veamos.
El libre comercio ya no es una ventaja única
porque todos los países tienen tratados con
los Estados Unidos o con Europa o entre grupos y
regiones de países; por consecuencia, el elemento
arancelario dejó de ser relevante para las
exportaciones mexicanas y basta ver cómo se
ha movido la tabla de socios de los Estados Unidos
para darse cuenta de que hemos perdido terreno.
Por su parte, los gobiernos estatales, o al menos
varios de ellos, se han puesto las pilas en la última
década y, más que promover a tontas
y a locas, empezaron a construir una economía
industrial basada en los “clusters” a
fin de focalizar mucho mejor sus instrumentos de
atractividad —desde la infraestructura hasta
la formación de recursos humanos— y
les ha dado resultados. Además de entidades
como Nuevo León, otros como Coahuila, Querétaro,
Chihuahua o San Luis Potosí han avanzado
en distinguirse como estados efectivos en dos o tres
sectores específicos. Por ejemplo, un estudio
patrocinado por el gobierno de Canadá: “2009.
Invierta en Canadá. Sector Aeroespacial”,
considera a Querétaro como uno de los mejores
sitios en América del Norte para producir
a precios competitivos pues tiene “personal
capacitado” y supera o iguala ya a Nueva York
o Montreal. En suma: Aguascalientes ya no está solo
en la competencia, ya no basta con hacer relaciones
públicas o propaganda y ya cambiaron los ejes
de la atractividad.
El siguiente problema para el estado es que dicha
competencia ya no es solo versus otros estados sino
que otros países han desplazado a México
en este terreno. Brasil, Chile, Irlanda, Vietnam
o el norte de la India, entre otras economías
emergentes, han dado pasos agigantados y ahora disputan
fuertemente una inversión extranjera directa
que, por virtud de la crisis, se ha reducido y toma
decisiones mucho más selectivas a partir de
factores que eleven su productividad.
Y, finalmente, si los aspectos hoy decisivos para
crecer, atraer y competir son la innovación,
el talento sofisticado o la infraestructura moderna,
el estado se ha quedado rezagado de las nuevas tendencias
porque éstas responden a dinámicas
para las cuales Aguascalientes no se preparó oportunamente.
Solo hay que ver cómo las prácticas
de off shore outsourcing han revolucionado
la forma de producir y distribuir en el mundo post–industrial.
Pues bien, ante estos desafíos, ¿cómo
crecer nuevamente? Menciono rápidamente varias
condiciones.
La primera es no repetir modelos anteriores porque
las variables cambiaron radicalmente. México
está viviendo, de manera muy desigual, una
transición hacia una economía del conocimiento
y Aguascalientes apenas sigue estacionado en la manufactura
de mediano valor agregado. Tómese un ejemplo:
algunas de las grandes empresas locales siguen fabricando
con escasas dosis de innovación, como por
ejemplo la de equipo para supermercados cuyos productos
líderes usan esencialmente la misma tecnología
de hace 30 o 40 años, mientras que el diseño
o el desarrollo de nuevos materiales ha dado un salto
cuántico en muchos otros sectores.
La segunda es que, tanto los gobiernos como los
empresarios tienen que cambiar radicalmente el eje
de sus prioridades. Lo que ahora se exige es tener
una visión
conceptual, estratégica y global de lo que
se necesita a fin de organizar las políticas
públicas, en especial el desarrollo de talento,
la transparencia gubernamental y la infraestructura
moderna, en función de las prioridades económicas
donde Aguascalientes puede tener éxito a mediano
plazo. Y esto no es una operación de relaciones
públicas sino de gobernantes profesionales
con capacidad intelectual y técnica para entender,
con capacidad administrativa para ejecutar y con
capacidad política para persuadir a una comunidad
habituada a dejar que las cosas transcurran con calma.
Y la tercera es que todo el estado necesita una
inyección
de energía, de apertura, de vigor y de innovación,
primero para entender que Aguascalientes es una economía
aún modesta y con serias limitaciones, y luego
para buscar el lugar proporcionado al que puede aspirar
en el contexto nacional. De lo contrario, si se omite
la máxima de que la frustración es
la diferencia entre las aspiraciones y las capacidades,
la decepción será mayúscula
y el estado seguirá en una situación
parecida a la actual.