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Otto Granados Roldán
Director General del Instituto de Administración Pública (IAP)
del Tecnológico de Monterrey
otto.granados@itesm.mx
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En el año que inicia hay dos acontecimientos
que de manera inevitable se entrecruzarán
ofreciendo un panorama complejo para la política
local y, por tanto, para el crecimiento de la economía
y el bienestar a corto plazo. Uno es el contenido
de la elección para renovar la gubernatura
estatal, los ayuntamientos y el congreso. El otro
es la herencia del gobierno actual.
Cuando este artículo se publique muy probablemente
los partidos estarán todavía en la
espiral de las tensiones y conflictos internos para
decidir métodos y candidaturas, y, por tanto,
la posibilidad de discutir adecuadamente la orientación
programática sobre la cual se defina la elección
será prácticamente nula. Este es un
problema central que la ciudadanía y sus organizaciones
representativas deben atender rigurosamente pues
de ello dependerá, en buena parte, fijarle
al próximo gobierno, desde ahora, una agenda
de las cuestiones que verdaderamente le importan
al estado. Me explico.
En especial después de la alternancia en
México y muchos estados, el eje de las elecciones
se ha ubicado fundamentalmente en las siglas o en
los nombres, lo que era quizá natural a partir
del tipo de régimen político del que
veníamos. El ciudadano empezó a interesarse
básicamente por factores subjetivos o por
el dilema continuidad Vs. cambio, y las campañas
se trivializaron haciendo del mejor “jingle”,
el spot televisivo más pegador, el número
de despensas, cobijas o tamales repartidos o el dinero
regado durante los comicios los elementos decisivos.
Al quedarse las campañas a ese nivel, los
ganadores llegaron sin programa, sin agenda y, de
hecho, sin compromisos, por la sencilla razón
de que nunca prometieron nada y en consecuencia no
había referentes contra los cuales contrastar
una gestión de gobierno y hacerla rendir cuentas.
Este esquema facilitó que los gobernantes
así surgidos hicieran de sus períodos
un carnaval de ocurrencias, dislates y caprichos;
en suma, gobernaron como les dio la gana.
El saldo es evidente: en los últimos
doce años Aguascalientes, medido bajo casi
todos los indicadores aceptados, se estancó,
pasó a formar parte de las filas de los
estados mediocres y ha dejado de ser el estado
modelo que alguna vez fue.
La elección de 2010 es, en este sentido,
la oportunidad de cambiar radicalmente los resortes
sobre los cuales la ciudadanía tome sus decisiones.
Pongamos las cosas de la siguiente forma: hay seis
u ocho temas cruciales para revivir el crecimiento,
la competitividad y la productividad del estado —que
van desde el agua hasta la innovación— con
los cuales debe construirse la agenda que los aguascalentenses
quieren para los próximos seis años
y es a partir de esta agenda sobre la que deben mostrar
los diferentes candidatos su verdadera competencia
y capacidad para gobernar. Dicho de otra forma: no
se trata de comparar biografías o simpatías,
sino que la cuestión esencial es quién
de ellos tiene las soluciones concretas y viables
a los problemas locales que el electorado defina
así como el empuje técnico y político
para llevarlas a cabo.
De seguir este proceso, los candidatos tendrán
que pronunciarse acerca de los temas puntuales, la
elección será sobre esos temas, el
programa del nuevo gobierno se moverá en esos
temas y la rendición de cuentas para evaluar
su desempeño será sobre los resultados
específicos, tangibles y medibles obtenidos
en esa agenda. La discusión, en síntesis,
girará por ejemplo en torno a la educación,
la economía, el medio ambiente, la seguridad,
la transparencia o la infraestructura y no la frivolidad
o el clientelismo. Solo así el estado
podrá empezar a levantarse nuevamente.
El otro factor de alto riesgo es, paradójicamente,
no el futuro sino el pasado, es decir, la herencia
del gobierno que concluye.
Todos los nuevos gobiernos empiezan sobre lo que
reciben. No hay espacio suficiente para enumerar
la larga lista de asignaturas pendientes que deja
la actual administración, pero baste señalar
tres áreas problemáticas: la orientación
de la economía, la seguridad y los compromisos
financieros. De no encontrar las vías para
enderezarlas rápidamente, las tres pueden
lastrar la viabilidad del siguiente gobierno.
Lo primero es el modelo. Este gobierno apostó por
inclinarse hacia actividades de alta visibilidad
pero escasamente productivas y poco competitivas
a la luz de las evidencias que otros estados y países
han aportado como casos exitosos de desarrollo sostenido
y sustentable. Como se abandonó el esquema
de transición hacia una economía basada
en el conocimiento —que ha impulsado a otras
entidades— se dejaron por ende de articular
las políticas públicas, la inversión
por ejemplo o la formación de un alto capital
humano, que le dieran soporte y fortaleza, haciendo
más débil la estructura económica
local.
Dicho gráficamente: no es lo mismo organizar
ferias o eventos deportivos que diseñar, innovar
o generar patentes. ¿Ejemplos? Nuevo León,
San Luis Potosí, Querétaro y Chihuahua
o Irlanda, Chile, Singapur, Corea del Sur y Brasil. El
nuevo gobierno debe entonces ensamblar un claro mapa
de navegación y una hoja de ruta en esa dirección.
Otra cosa sería más de lo mismo.
El segundo obstáculo será saber con
razonable exactitud qué tan arraigada quedará la
delincuencia organizada o, dicho con el argot popular,
qué tan escriturada le dejan la plaza a la
siguiente administración. Uno de los éxitos
de los malos es que su modelo de negocio
trabaja a largo plazo y confía en la estabilidad
transexenal. Si esto es así en el caso aguascalentense,
los recién llegados solo tienen dos opciones:
renovarles el contrato a los delincuentes, lo que
supone seis años más de inseguridad
y violencia, o romperlo, lo que supone al menos unos
dos años de conflicto y sus secuelas, sin
certidumbre alguna acerca de quién ganaría.
Y el tercer problema es que el peso de las deudas
sobre las finanzas públicas restará margen
de maniobra al nuevo equipo para hacer la inversión
necesaria en infraestructura o educación para
retomar la senda del crecimiento. El nuevo gobierno
empezará diciendo que pedirán apoyo
al gobierno federal para “bajar” recursos,
que visitarán al congreso federal para que
los ayude o que le llevarán ofrendas a la
virgen morena, pero lo más probable es que
nada de eso sea cierto o funcione porque la federación
no tiene margen y la economía nacional apenas
crecerá un 2.5% en 2010, y entonces será inevitable
resolver en casa el problema aumentando impuestos
locales, reduciendo gasto corriente o reestructurando
pasivos.
Al menos dos de estas tres amenazas deben y pueden
ser neutralizadas en este último año —la
economía y la seguridad, porque para la tercera
ya no hay espacio en virtud de que ya fue votado,
al gusto del ejecutivo, por los diputados locales— a
fin de que la próxima administración
inicie en condiciones menos malas de lo que hoy pintan.
En conclusión, quienes piensen que con el
nuevo gobierno llegará rápidamente
el maná más vale que esperen sentados.
Pero una buena decisión hará menos
lenta la recuperación.