OPINIÓN

Cambiemos de mentalidad

 

Otto Granados Roldán
Director General del Instituto de Administración Pública (IAP)
del Tecnológico de Monterrey
otto.granados@itesm.mx


Hace tiempo, una prestigiada institución de Aguascalientes pensó invitar al distinguido filósofo español, Fernando Savater, a dictar una conferencia sobre educación, valores y ética, y al respecto le pidió opinión a sus consejeros; uno de ellos descalificó la propuesta con el siguiente argumento: “¿Y para qué traemos a alguien que no piense como nosotros?”.

La anécdota es reveladora de uno de los problemas estructurales más serios que afrontan algunas naciones y estados, como Aguascalientes, cuando se trata de avanzar de manera sostenible hacia mejores niveles de desarrollo y de calidad de vida, y que consiste en la dificultad de transformar la mentalidad imperante, la cerrazón intelectual y los lugares comunes con que una porción de la colectividad rechaza todo aquello que represente una idea y una posición alternativa o diferente.

Las implicaciones de una forma de razonar así son varias y graves.

La primera es que no se trata solo de una cuestión cultural, sino que tiene consecuencias económicas. Todos los estudios serios que existen, han aportado evidencia suficiente de que las sociedades abiertas son también las más globalizadas y éstas son las más desarrolladas. Según Foreign Policy y AT Kearney, los países más globalizados del planeta son Singapur, Holanda, Suiza, Irlanda, Dinamarca, Estados Unidos, Canadá, Jordania, Estonia, Suecia, Reino Unido, Australia, Austria, Bélgica, Nueva Zelanda, Noruega, Finlandia, República Checa y Eslovenia.

¿Qué tienen en común todos ellos? Que, con una sola excepción, son también los países que más crecen, los más competitivos, los que más progresos registran en el campo educativo y tecnológico, y los que ofrecen mejor calidad de vida a sus habitantes. Pero también —y he aquí la clave— son sociedades abiertas, multiculturales, heterogéneas, donde conviven personas que tienen diversos modos de pensar. En suma, países y sociedades civilizados.

Ser una sociedad abierta facilita, por tanto, atraer mayor inversión, captar mejor capital humano y crear un círculo virtuoso en donde la variedad enriquece significativamente el resto del paisaje. Y este es un punto en  donde, lamentablemente, todavía hay resabios y arcaísmos en una parte de la mentalidad aguascalentense que supone que todo lo que no se conoce o no se entiende o viene de fuera es, por definición, malo, lo cual, desde luego, es equivocado.

A estas alturas, por ejemplo, aún se escuchan opiniones que niegan, sin un solo argumento razonable o dato duro, que la presencia del INEGI o de Nissan o de numerosos profesionistas que nacieron en otras partes, han hecho una indudable aportación a la relativa modernización del estado. La realidad es que todo ello ha sido valioso para oxigenar el entorno social y productivo del estado lo que confirma que mientras más abiertos y receptivos seamos, mejor.

El segundo factor para alentar un cambio urgente de mentalidad es de carácter social. Cuando una sociedad se vuelve refractaria a todo lo externo termina por hacer de la exclusión un elemento de inequidad porque levanta barreras que impiden atraer a recursos humanos que son necesarios para elevar el capital intelectual del estado. La costumbre a veces arraigada en Aguascalientes de mirarse todo el tiempo el ombligo y pensar que somos (o, dicho hoy con más propiedad, éramos) casi el paraíso, ha generado una especie de conformismo improductivo que no se da cuenta de que en México y en el mundo hay casos muy exitosos, algunos sorprendentemente brillantes, de progreso y de bienestar gracias, entre otras cosas, a que abrieron sus puertas, se cambiaron el “chip” y dieron paso a que en sus calles, plazas y escuelas se dieran cita personas y familias de diversos orígenes, lenguas, religiones, preferencias de todo tipo o gustos gastronómicos, culturales o cinematográficos. Los ejemplos sobran y en casi todos los continentes.

Y la tercera y última razón tiene que ver con la libertad. Las sociedades abiertas, exitosas y competitivas son, generalmente, sociedades libres. Muchos piensan todavía en Aguascalientes que, fuera del tercer anillo, no hay más mundo o que el que hay es malo o pecaminoso o carente de valores. Una posición así hace que gradualmente, casi sin darse cuenta, los habitantes de esas comunidades excluyentes empiecen a perder libertad.

Primero se empieza por lo básico que es el acceso a los bienes de la cultura y la información, en donde solo se permiten aquellos que supuestamente son buenos para la mayoría; luego se sigue por las  creencias religiosas, en donde solo se permiten aquellas que dicen tener la verdad única y absoluta, y se termina por la convivencia social, en donde solo caben los que aceptan vivir en una especie de prisión comunitaria en que imperan las reglas dictadas por unos cuantos.

La conclusión es muy simple: este es el camino que hay que seguir para tener sociedades atrasadas, pobres, de baja educación, tristes y aburridas.

Una verdadera agenda de modernidad y desarrollo para Aguascalientes debe incluir, finalmente, no solo los avances en la economía, la educación o la seguridad, sino sobre todo, y mucho más importante, una auténtica disposición para cambiar de mentalidad, para acceder a la genuina libertad que solo brinda vivir en una comunidad abierta.