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Otto Granados Roldán
Director General del Instituto de Administración
Pública (IAP) del Tecnológico
de Monterrey
otto.granados@itesm.mx
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En los últimos años se habla de tarde
en tarde acerca de las reformas políticas
necesarias. No soy un gran partidario de ellas porque
creo que, en las actuales circunstancias, son otras
las urgencias del país y tienen que ver con
el crecimiento, la competitividad y el bienestar,
pero admito, desde luego, que habrá que discutirlas
a profundidad a corto plazo. Veamos algunas.
La primera se relaciona con el hecho de clarificar
si, en escenarios de alternancia y de gobiernos con
mayorías frágiles, estamos ante gobiernos
divididos o gobiernos compartidos.
Me parece que hay
una imprecisión conceptual
en materia de teoría constitucional en este
punto y tiene que ver con que mientras tengamos un
sistema presidencialista puro o predominante, es
decir, donde el jefe de Estado y el jefe de gobierno
es uno solo, y una democracia representativa, en
donde un candidato presenta un programa el cual es
votado y el ciudadano vota para que se gobierne con
ese programa durante un período presidencial,
el cambio en la correlación de fuerzas derivado
de unas elecciones intermedias no necesariamente
varía el sentido de la preferencia ciudadana
o, al menos, no del todo, ni modifica la estructura
de división de poderes, cada uno con sus respectivas
facultades, sobre la cual se asienta nuestro régimen
constitucional.
En el sistema vigente y en las actuales
condiciones políticas y económicas
del país
es indispensable un ejecutivo fuerte. Las razones
son varias. Una es que existen, al menos, dos áreas
de política pública que exigen una
conducción coordinada y fuerte para que sea
eficaz: el combate a la inseguridad y la política
macroeconómica.
Por una parte, es evidente
que es tal la complejidad del problema del crimen
organizado, que requiere tal combinación de
instrumentos que van desde el sistema de inteligencia
hasta el de impartición
de justicia, que son múltiples las agencias
estatales que participan, que es necesaria una coordinación
internacional, y que es por definición un área
donde concurren los tres niveles de gobierno, que
para tener éxito es crucial una presidencia
que sea capaz de diseñar, formular y ejecutar
una política pública efectiva.
Y por
otra, resulta claro que son de tal magnitud los desafíos
de la crisis económica
y las asignaturas pendientes en materia de productividad
y competitividad, que dejar en manos de la negociación
e, incluso, del regateo político, siempre
tan sujeto a las coyunturas electorales, la orientación
de los fundamentales económicos, cuyo manejo
corresponde al Ejecutivo por mandato constitucional,
podría poner en riesgo la disciplina en las
finanzas públicas y en el resto de las variables
macro, desarbolando un esfuerzo sostenido de estabilidad
construido ya por casi dos décadas.
Por tanto,
proponer el inicio de los “gobiernos
compartidos” recoge en efecto el espíritu
de la última elección federal, pero
amerita una reflexión más detenida
que permita llegar a una definición realista,
práctica y positiva para el país. Una
cosa es aprovechar el mensaje de la ciudadanía
para construir un verdadero esquema de acuerdos concretos
entre las distintas fuerzas del arco legislativo
y el gobierno para hacer crecer la economía,
fortalecer la seguridad y aminorar la desigualdad,
y otra muy distinta es hacer de ese mensaje un instrumento
que, aún sin proponérselo, termine
por debilitar al Ejecutivo.
Valga la paradoja: es
justo ahora, cuando el electorado ha decidido votar
mayoritariamente por un partido distinto al del gobierno
en el poder legislativo, cuando más se requiere
un ejecutivo fuerte y una oposición leal e
igualmente fuerte.
Una segunda va en la dirección
de redefinir el tipo de régimen político
que México
tiene.
Desde hace varios años ha habido una
cierta discusión tanto en los círculos
académicos
como en la arena política acerca de la naturaleza
del régimen, la cual deriva de factores históricos,
culturales y funcionales, que llevarían a
su vez a definir si sigue vigente el presidencialismo
que tenemos o bien ha llegado el momento y existen
las condiciones para explorar otras modalidades que
incluyan el semi-presidencialismo, el semi-parlamentarismo
o el parlamentarismo puro.
Sin entrar a las discusiones
que aclaren si se habla de “régimen” o
de “sistema”,
se entiende que en esos planteamientos subyace el
interés de inyectarle cierta vitalidad —o “modernización”— a
un aparato político que no es sino la suma
de sucesivas reformas electorales, de coyunturas
políticas e históricas o de necesidades
puntuales que los gobiernos han debido satisfacer,
en diversos momentos, para mejorar la gobernabilidad
o resolver una crisis específica.
En todo caso, lo que hoy tenemos es eso: más
que un régimen en un sentido integral y compacto
del término, contamos con una combinación
variopinta de leyes, reglas, mecanismos, usos, costumbres
y prácticas políticas e institucionales
que reflejan no una sino en realidad todas las opciones
de régimen político.
Por lo tanto, un
primer camino sería iniciar
una discusión seria y profunda acerca del
régimen que México necesita y definirlo,
y solo después proceder a las reformas concretas
como, por ejemplo, la reelección de legisladores
y alcaldes.
Esta propuesta recoge, sin duda, una de
las mayores urgencias en materia de profesionalización
de la actividad política y entendemos que
el nivel de consenso asegura su aprobación.
Sin embargo, es indispensable acompañar la
medida de una revisión rigurosa tanto de la
legislación orgánica y de los reglamentos
vigentes en los congresos como del establecimiento
de un servicio civil de carrera, profesional, riguroso
y capacitado que coadyuven con los diputados al desempeño
eficaz de su labor, y no sean solo espacios de colocación
del personal cercano al legislador.
Finalmente, cabe
señalar que si se produce
esta reforma, a su vez va a incentivar otras, a mediano
plazo, en el caso de los gobernadores e, incluso,
en el del Presidente de la República. Es muy
claro que se trata de un tema de alta sensibilidad
histórica y política, pero no hay razones
técnicas ni constitucionales ni, de hecho,
políticas, con las cuáles responder
al argumento de que si un alcalde puede ser reelecto,
el mismo principio opere en el caso de los ejecutivos
estatales.
Por tanto, una opción, quizá aplicable
también en los alcaldes, es seguir el modelo
de otros países que consiste en establecer
períodos de 4 años, con una solo oportunidad
de reelección.
Más aún, si en
verdad se quiere ser audaces y transformadores, entonces
no habría
que rehuir esta discusión en el caso del Presidente
de la República y, en todo caso, se puede
vacunar este punto delicado, siempre y cuando no
sea contestable ante la Suprema Corte de Justicia,
mediante una disposición transitoria que prohíba
acogerse a dicha reforma a quienes en el pasado ya
han ocupado la titularidad del Ejecutivo Federal
y/o establecer un calendario que despersonalice la
modificación para este y el próximo
sexenios, y por tanto entre en vigor hasta la renovación
de 2018.
Se trata, en síntesis, de una discusión
que apenas empieza pero que va a perfilar lo que
será la política mexicana en las próximas
décadas.