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Otto Granados Roldán
Director General del Instituto de Administración Pública (IAP)
del Tecnológico de Monterrey
otto.granados@itesm.mx
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Durante los próximos meses es de esperarse
que se produzca una cierta discusión acerca
de lo que tanto el gobierno como los actores políticos
deben hacer a la luz de, por un lado, la nueva composición
del mapa político legislativo y territorial
y, por otro, la crisis económica internacional
y la lamentable situación en que se encuentran
las finanzas públicas mexicanas. Pero para
que dicha discusión prospere, sea razonable
y sensata, es indispensable partir de una idea clara
de lo que se quiere debatir pues de otra forma, como
es muy frecuente entre esta clase de políticos,
lo que habrá es, de nuevo, un diálogo
de locos.
Veamos dos temas de especial importancia en este
sentido: el problema de la corrupción y las
líneas estratégicas de la reforma económica.
Con frecuencia, se dice que la gran enfermedad mexicana,
al menos desde el siglo XIX, ha sido la corrupción
o, dicho con más amplitud, el profundo desencuentro
del mexicano con la ley. Pero el enfoque ha sido
erróneo pues durante ya muchos años,
particularmente desde 1982 con la creación
de la Contraloría de la Federación,
se ha pretendido corregir ese déficit a partir
de aumentar dependencias, legislación y reglamentos.
Es decir, han transcurrido 27 años y la situación
es probablemente peor a juzgar por los indicadores
disponibles.
En 2002, por ejemplo, existían 6 mil 800
normas, leyes, reglamentos, decretos, circulares,
etc., agrupados en 5 mil 500 páginas, tan
solo en el sector centralizado de la administración
pública federal; entre 2002 y 2007, los trámites
federales pasaron de 1,793 a 3,322. Más regulaciones
y más trámites no tuvieron un impacto
positivo en las incidencias de corrupción
o, probablemente, lo tuvieron pero en sentido inverso:
los actos de corrupción declarados por hogares
mexicanos en 35 servicios públicos prestados
por los tres niveles de gobierno y por los particulares
aumentaron, de 2005 a 2007, de 115 millones a 197
millones.
Como lo han mostrado los estudios más rigurosos
al respecto (por ejemplo los de Susan Rose-Ackerman) la
mayor eficacia en la lucha contra la corrupción
no va por el lado de tener un marco regulatorio más
abultado sino más eficiente, ni de contar
con un sector público más grande sino
con una mayor participación privada en la
prestación de los servicios públicos,
ni tampoco de superponer regla tras regla sino de
modernizar a los gobiernos utilizando, por ejemplo,
las nuevas tecnologías de la información
y la comunicación para reducir los incentivos
y las oportunidades para la corrupción en
los tres niveles de gobierno y en los otros dos poderes
públicos.
El segundo punto es la ocurrencia de promover lo
que se ha dado en llamar una “reforma económica” y
se dice que basta para ello reducir el gasto, reorientar
programas y hacer algunos ajustes fiscales. Pero
veamos las cosas como son.
Este tipo de propuestas son imprecisas e introducen
un sofisma bastante recurrente en estos años
y que consiste es aislar tres variables –crecimiento,
empleos e inversión- que, en realidad, están
directamente interconectadas. Es decir, no es que
el gobierno “sólo piense en cobrar
y estabilizar”, como dicen los opositores de
Calderón, sino que éstos son requisitos sine
qua non para “volver a crecer”.
Pongámoslo de una manera más clara:
la evidencia empírica muestra que la condición
básica para crecer es el nivel de inversión
pública y privada que hace un país.
Si el sector público carece de los recursos
suficientes porque los ingresos fiscales alcanzan
apenas un 10% como proporción del PIB y el
sector privado no puede elevar su participación
en áreas estratégicas porque hay limitaciones
constitucionales y legales que lo impiden, entonces
lo procedente no es empezar la reforma económica por
el final –producir bienestar para la gente-
sino por el principio, que es financiar la inversión
que genere crecimiento, facilitar que ésta
se expanda, y, por ende, desatar el círculo
virtuoso de empleo, consumo, producción y
crecimiento. En suma, bienestar. Las cifras son categóricas:
se estima que para producir un punto adicional de
crecimiento del PIB se necesita invertir el equivalente
a 5 puntos del PIB; lo sensato entonces es que si
queremos atraer inversión nueva y de esa magnitud
tenemos que abrir sectores estratégicos como
petróleo y electricidad. Así de simple.
La necesidad de reordenar el gasto es por supuesto
importante, como ya se dijo, pero también
hay que repensar la efectividad del mismo. Por ejemplo,
el peregrinaje de todos los actores políticos
(alcaldes y gobernadores) o de los rectores
de universidades públicas, entre otros, en
la Cámara de Diputados, ha producido una de
las más severas distorsiones en la asignación
y la ejecución del gasto público.
El resultado es que, por razones eminentemente
políticas,
se produce un reparto tan caprichoso y desordenado
del presupuesto que esteriliza la utilidad que el
gasto público podría tener para aumentar
la productividad o la competitividad del país.
En consecuencia, no se trata solo de que el ejecutivo
federal ajuste su gasto sino que es indispensable
que se construyan mecanismos, más allá de
la ASF, que generen un marco distinto de asignación
de recursos así como reglas mucho más
estrictas y transparentes en la forma como trabajan
las comisiones legislativas vinculadas al presupuesto.
El otro problema, al que se alude solo superficialmente,
es el de la anorexia fiscal del estado que no se
resuelve solo con la revisión del IETU o la
eliminación de los casi 200 regímenes
tributarios especiales o el ordenamiento de la informalidad
(ya en proceso de corrección con el Impuesto
a los Depósitos en Efectivo). La verdadera
asignatura es el IVA y, al menos desde un punto de
vista técnico, todos los partidos lo saben
perfectamente bien.
Según la evidencia disponible, se trata del
impuesto más eficiente, más fácil
y económico de recaudar y, en varios países,
es ya el más importante para el fisco. Si
se necesitan algunos ejemplos allí está Chile.
En plena etapa democrática, o sea los últimos
20 años, y con gobiernos de centro-izquierda,
el IVA ha aumentado en tres ocasiones (del 16% al
19% y es parejo para todos los productos y servicios)
y es el principal ingreso del gobierno. Más
aún: el ex presidente Ricardo Lagos, que pertenece
al ala progresista de la coalición gobernante
en ese país, ha planteado incluso ir más
allá al señalar, el 11 de julio de
este año, que “ningún país
de la OCDE, a la cual Chile aspira a ingresar, tiene
una presión tributaria de 18%, 20% o 21%;
todos tienen sobre eso y hasta 40%. Ahí debemos
tener una discusión franca, real. Ahí tenemos
una asignatura pendiente”. Por algo se explica
el éxito de Chile.
Reducir el fortalecimiento fiscal del estado –condición
previa para la inversión y el crecimiento-
al IETU es repetir el error de las reformas hechas
en este país en los últimos casi 50
años que han sido parciales, coyunturales
e ineficientes. Mucho mejor sería discutir
un paquete que combinara, por ejemplo: a) la generalización
del IVA, con una tasa más baja, incluidos
medicinas y alimentos, excepto un listado muy reducido
de artículos básicos de primerísima
necesidad; b) la introducción de una especie
de “flat tax” en el caso del ISR; c)
la eliminación de los regímenes y bases
especiales de tributación; d) la supresión
de impuestos como el 0.85% a los ahorros e inversiones
financieras y otros que introducen distorsiones en
variables como la tasa de ahorro interno, y e) la
profundización de impuestos eficientes como
el IDE.
Este es el esquema sobre el que se debe discutir
y actuar si la intención de hacer reformas
es seria. Pero si el propósito es tomarle
el pelo nuevamente a la gente, entonces sigamos con
el derroche presupuestal, la irresponsabilidad política,
y la corrupción rampante. Ejemplos sobran.