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Martín Orozco Sandoval
Asesor de Administraciones Municipales
martinorozco25@yahoo.com.mx |
Dicho de manera directa, la dimensión de
la crisis económica no tiene precedente. En
cuanto a profundidad será mayor que la de
1995 -cuando el Producto Interno Bruto se redujo
6,2%-, pues los pronósticos la estiman en
alrededor del 8%. De manera singular, México
será uno de los países que experimentará un
mayor impacto debido principalmente a la tan elevada
integración de nuestra economía con
la de Estados Unidos de Norteamérica. Aunque,
siendo así, una interrogante natural es ¿por
qué cuando esa nación crece, nuestro
país no es impulsado de igual manera?
Las respuestas son variadas y debemos atrevernos
a aceptar que el fondo es sólo uno. Se ha
perdido mucho tiempo en discusiones insulsas, sólo
reaccionando a las diversas señales de agotamiento
de los distintos detonadores económicos. No
crecemos como deberíamos –y requerimos-
porque no se han creado nuevos catalizadores que
estimulen el crecimiento, por ello la política
social y la política económica parecen
estar lo bastante desgastadas para suponerlas infructuosas.
Incluso en los países industrializados, los
grandes gastos de los gobiernos no han sido suficientes
para detener las caídas de la actividad económica,
sobre todo del empleo. Las estrategias seguidas en
general apenas han logrado aminorarlas.

¿Qué debemos hacer para propiciar
una reactivación lo más pronta posible?
Lo primero, es vencer la apatía de las clases
política, social y productiva sobre la crisis
económica que afecta a millones de mexicanos.
No es útil la sola lamentación por
la pérdida del ingreso, el empleo y las oportunidades.
Se está cumpliendo prácticamente un
año desde que se avizoró la recesión
internacional, por lo que es tiempo de analizar y
determinar seriamente cuál debe ser la contribución
de cada uno.
Hay que empezar por reconocer que el gran Estado
benefactor no existe, y quizá nunca ha sido.
Esa concepción, en mucho, ha limitado las
aspiraciones de la sociedad.
Pasadas las elecciones del 5 de julio, prácticamente
todas las mesas de análisis al respecto de
los resultados, coinciden en que la economía
fue un factor determinante dentro de los electores,
más allá de simbolizar un premio o
un castigo, para plasmar su pesadumbre ante el entorno
en que se vive y, sin embargo, los problemas económicos
están desaparecidos de la agenda de los actores
políticos.
Hay un gran malestar por la poca respuesta de los
partidos a las exigencias de la sociedad; hay un
desgaste en la relación que se tiene con la
sociedad y hay una omisión de mucho tiempo
por los temas estructurales.
Ahí están los resultados de la encuesta
realizada por la revista Este País, el Instituto
Politécnico Nacional y el Instituto Tecnológico
Autónomo de México sobre el sentir
ciudadano: mientras del total de ciudadanos que votaron
por algún partido, 46% no se siente representado,
del total que anularon su voto, votaron el blanco
o votaron por algún candidato independiente,
60% igualmente no se siente representado.
Seis de cada diez ciudadanos siente que no existe
vía de comunicación con ningún
partido político. El 50% está a favor
de las candidaturas independientes. La ciudadanía
valora, en escala de 1 a 10, con una calificación
de 4.6 al cumplimiento de las promesas de los candidatos.
Evidencia, sin duda del desgaste con la sociedad.
Para alcanzar buenos niveles de vida es necesario
que haya suficiente riqueza y se cuente con un esquema
de distribución de la misma razonablemente
bueno. No se puede repartir lo inexistente.
¿Cómo se puede entonces generar la
riqueza? La riqueza es el resultado de una economía
de mercado en que fluyen los capitales, donde la
dinámica productiva es eficiente y en donde
el capital humano es suficiente y calificado. Quizá nada
nuevo pero con una gran diferencia: reglas sociales
claras para alcanzar un alto capital físico,
capital humano y un nivel de competencia en permanente
ascenso.
Es momento de replantear a la clase política,
al gobierno, al régimen, a la ciudadanía.
Estamos obligados a demostrarnos que podemos repensar
de manera radical nuestro modelo de desarrollo como
una nueva oportunidad de cambiar de rumbo.