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Otto Granados Roldán
Director General
del Instituto de Administración
Pública (IAP) del Tecnológico
de Monterrey
otto.granados@itesm.mx |
Una elección sirve para muchas, cosas una
de las cuales es comprobar si el diseño que
los gobiernos y partidos hacen es en realidad eficaz
a la hora decisiva. Si, como es ahora bien sabido,
en política lo único que cuenta son
los resultados, hay varios mitos que esta jornada
ha derribado de manera estrepitosa. La funcionalidad
de Nueva Alianza, el llamado voto nulo, la “comentocracia” y
las encuestas son ejemplos destacados. Veamos cada
uno.
Nueva Alianza es la invención partidista
de la maestra Elba Esther Gordillo. Como tal, contar
con la participación de ésta como socia
en los comicios supone, por añadidura,
contar con el SNTE, el sindicato más grande
y adinerado del país, y, por ende, con votos.
La realidad pura y dura de estos comicios exhibió lo
contrario. Para el gobierno ha sido uno más
de sus fracasos estratégicos.
El partido magisterial obtuvo apenas un millón
165 mil sufragios –lo que significa que ni
siquiera el total de sus afiliados votó por él-,
no ganó por sí mismo un solo distrito
electoral federal, quedó abajo del Verde y
del PT –dos formaciones con menos recursos
que el SNTE- y de los 9 legisladores con que contaba
apenas conservará 8 en el mejor de los casos.
Desde el punto de vista financiero también
fue un pésimo negocio para el gobierno y para
el PAN. Nueva Alianza contó teóricamente
con el respaldo de alrededor de mil 480 millones
de pesos (1300 procedentes de las cuotas sindicales
de que el SNTE dispone cada año y 180 de prerrogativas
para 2009) lo que significa que cada voto que ese
partido levanta le costó al erario un millón
270 mil pesos. Sin duda, el más caro de todos
los partidos que compitieron. Y desde el ángulo
político y moral, sobra decir que es más
que vergonzoso aparecer aliado a la presidenta del
sindicato magisterial. Esta es una de las lecciones
de la elección.
La segunda es la del llamado voto nulo. En una elección
donde la tasa de participación superó el
44% y sufragaron más de 34 millones de mexicanos,
el total de votos anulados fue irrelevante. Algunos
de sus defensores alegan que dicha cifra supera a
lo obtenido por partidos pequeños, pero mienten
y manipulan las cifras porque si en las últimas
elecciones la cantidad de votos anulados por diversas
causas técnicas, errores en el llenado de
la boleta, anotación de nombres que no compiten,
etc., fue de 3.5%, entonces ahora el nivel real de
esa iniciativa se quedó muy por debajo de
las expectativas.
Los votos nulos fueron alrededor de un millón
840 mil lo que representa el 5.39% del total emitido;
si deducimos el porcentaje digamos histórico,
entonces el saldo real del “anulismo” fue
de 1.89%, lo que quiere decir 644 mil 490 ciudadanos
que, presumiblemente, eligieron esa opción.
Para el esnobismo con que algunos medios manejaron
esta ocurrencia, el resultado es muy pobre. Y a juzgar
por la contundencia de las victorias y las derrotas,
a estas alturas los partidos probablemente ya olvidaron
que existió alguna vez la idea.
Hay un tercer mito derribado por elección
y es la presunta influencia de la llamada “comentocracia” –o
sea, los opinantes que usan la tribuna periodística
para hacer un tipo de política- en la
formación de las opiniones y en el comportamiento
ciudadano o de los políticos. Aquí también
el ascendiente fue menor a cero.
Cuando en enero pasado empezaron a publicarse las
primeras encuestas que favorecían al PRI,
una mezcla variopinta de editorialistas de dos o
tres diarios capitalinos empezaron también
a sufrir con la posibilidad de que ese partido, que
había simbolizado, a su juicio, lo peor de
la política mexicana, podía volver
por sus fueros, a contrapelo de la extinción
que algunos profetizaron desde la pérdida
de la presidencia. En efecto, si se revisan las páginas
editoriales de julio del 2000 hay abundantes obituarios
acerca del PRI. Dos ejemplos.
Alan Riding, el legendario corresponsal de The
New York Times, aseguró en
aquel momento que tras las derrota el PRI “se
despierta ahora sin poder y sin ideas (…)
Todo indica que continuará perdiendo
las elecciones... De hecho, ¿podrá sobrevivir
siquiera como un partido democrático?”.
Nada lejos de este réquiem, Lorenzo Meyer,
otro veterano, aventuró también
que la salida de Los Pinos podría “llevar
al PRI a un debilitamiento irreversible, a su
división, feudalización a manos
de los "señores del sureste" (Madrazo
y compañía), a su transformación
con otras siglas, colores y naturaleza o a su
desaparición”.
Pero ¿qué pasó? ¿Se equivocaron
de país, de época, de partido o de
elección? ¿Hubo improvisación
intelectual, ignorancia psicológica, escasa
capacidad de predicción? O, más bien, ¿era
la íntima manifestación de un deseo?
Y, en su caso, ¿porqué? Quizá la
explicación resida en que en el México
de la alternancia la relación entre los actores
políticos y la “comentocracia” ha
cambiado de tal manera que ésta ahora representa,
para la gente del poder y, en especial, para los
priístas muy curtidos, tan solo una especie
de objeto ornamental pero ya no un instrumento de
legitimación –como sucedía en
el pasado- ni, por lo visto, de utilidad electoral.
Es decir, se ve bien llamarles y cenar con algunos
de ellos, pagarles conferencias, enviarles regalos
discretos, aludir a sus textos o patrocinarles proyectos,
pero en democracia ya es el ciudadano, y no la “comentocracia”,
el que da esa legitimidad.
Por tanto, al menos en estos tiempos, ese sector
le resulta indiferente a los políticos. A
los del PAN, como ha descrito Jorge Castañeda,
los intelectuales le resultan irritantes; a los del
PRI, irrelevantes. Y a los ciudadanos, que, vista
esta elección, se informan más bien
por otros medios, lo que digan o promuevan les importa
poco ante las duras realidades del desempleo o la
inseguridad.
Por lo pronto, la zona de confort en que la “comentocracia” ejercía
cierto ascendiente haciéndola de mediador
entre una porción de ciudadanos y las élites
políticas ha sido reemplazada por algo menos naive como
las campañas y los votos activos. O sea, la
política real.
Y, finalmente, otro más de los mitos revelados
el 5 de julio pasado es que la enfermiza tendencia
a gobernar casi exclusivamente a partir de las encuestas.
Esta moda, que probablemente sirva para alimentar
el super yo freudiano de los políticos o manipular
la irracionalidad ciudadana, no parece ser
ya eficaz para instrumentar buenas políticas
públicas ni, en ciertos casos, para ganar
elecciones.
En efecto, la fiebre por controlar el ánimo
ciudadano se ha convertido en una de las obsesiones
que más distorsionan la eficacia política.
Un buen día, quienes toman decisiones
se encontraron con que su actividad cotidiana tenía
que estar determinada por la complacencia del sentimiento
público, el cual, a su vez, está formado
por un manojo de caprichos, intereses, voluntarismos
y ocurrencias.
Los encuestadores, por su parte, vieron en ello
un jugoso nicho de mercado para tomarles el pelo
a otros, esto es, decirles cada mañana a sus
clientes cómo nutrir esas expectativas, hacer
negocios muy rentables con los números y posicionarse
como terapeutas más o menos influyentes. Los
gobernantes, en consecuencia, que se creen lo que
dice esa bola de cristal, sienten más cómodo
trabajar para la muchedumbre y ganar puntos de aprobación
que solucionar los problemas reales. Es la nueva
tiranía a la que se han sometido los próceres
que gobiernan este maltrecho país y este atribulado
estado.
En algunos casos esa popularidad (más las
despensas, el bono por participación, etc.,)
tiene utilidad sobre los resultados electorales.
En otros no, y esta ha sido una de las tragedias
de los gobiernos panistas. Felipe Calderón,
por ejemplo, inició con una aprobación
de casi 58%, nada mala para venir de unas elecciones
accidentadas, y en junio pasado alcanzaba cerca del
66%. En los últimos 21 años es el segundo
porcentaje más alto que un presidente logra
al momento de celebrarse elecciones intermedias,
solo después de Carlos Salinas que andaba
en el 77% en un período comparable.
Sin embargo, y a pesar de que en estos años
el presidente ha seguido el canto de las encuestas
y tomado medidas populistas para encantar al respetable,
como el subsidio a la gasolina o la reducción
en los precios del gas, el saldo electoral para su
partido y su gobierno fue mucho peor de lo que cualquiera
hubiera imaginado. En cambio, en estados donde sus
gobernadores son impresentables bajo cualquier criterio
o donde las propias entidades son zona de desastre,
los partidos en el poder arrasaron. ¿Irracionalidad,
simulación, manipulación mediática
o el uso de las lindezas electorales del pasado?
Quizá, ciertamente, un poco de todo.
Desde luego, con los datos disponibles no hay todavía
información más puntual que facilite
entender este fenómeno pero el sentido común
sugiere que la lógica con que un ciudadano
vota es tan extraña, para bien y para mal,
que lo sensato sería dedicarse a hacer gobiernos
que tomen decisiones correctas y ejecuten políticas
efectivas, en lugar de enloquecerse cotidianamente
con el humor ciudadano.
A fin de cuentas, lo decisivo en un buen gobierno
no es el número de votos que saca o
la simpatía que concita, sino cuánto
mejora el bienestar real de la gente.