 |
Martín Orozco
Sandoval
Asesor
de Administraciones Municipales
martinorozco25@yahoo.com.mx
|
Desde la antigüedad clásica hasta nuestros
días, muchas han sido las concepciones que
sobre la política han existido en las diversas
culturas a lo largo de la historia. Vista como el
arte o ciencia de gobernar y ordenar a la sociedad,
sus fundamentos teóricos e implicaciones prácticas
deben estar íntimamente en relación
con la antropología, debido a que a final
de cuentas, el objetivo de la política es
ofrecer un orden social y un sistema de convivencia
que permita a las personas alcanzar sus fines sociales
y personales, materiales y trascendentes.
Para alcanzar el orden social que necesitan las
personas para vivir de acuerdo a su dignidad, es
necesaria la actuación de instituciones que
administren los bienes públicos y que sean
depositarias y representativas de los valores y anhelos
de los integrantes de la sociedad. Estas instituciones
deben, en todo caso, actuar con una serie de valores
y principios que les permitan alcanzar los objetivos
para las que fueron creadas.
Dentro del servicio público podemos distinguir
tres dimensiones en las cuales la dignidad de la
persona debe estar presente. Estas tres dimensiones
son la social, la laboral y la personal.
En su dimensión social, como una actividad
dirigida a toda la sociedad, el servicio público
debe guiarse por principios y valores que lo hagan
consecuente con un cuerpo doctrinal que responda
a las necesidades de los seres humanos.
Así, los principios por los que debe guiarse
el servicio público son:
Respeto. A la dignidad de la persona
humana. Como fin en sí mismo, el ser humano
debe ser respetado indistintamente de sus condiciones
particulares, ya que su dignidad ontológica
depende del sólo hecho de ser persona. Los
gobiernos y los servidores públicos, por ende,
deben en todo momento regirse por normas de conducta
que respeten la dignidad de las personas.
Solidaridad. La solidaridad entre
las personas debe ser promovida por los gobiernos,
sin exaltar el individualismo ni el colectivismo
que sólo opaca a las personas y limitan sus
posibilidades de realización. Lograr que el
hombre se defina a sí mismo es el primer paso
para establecer relaciones auténticas con
su misma especie para proyectarlas hacia formas de
convivencia cada vez más humanas. Sólo
así podremos dirigirnos al individuo y reconocerlo
según sus posibilidades de relación;
es en la correcta dimensión de la colectividad
como se reconoce el hombre según su plenitud
de relación. Esto nos conduce a una compresión
nueva de la persona y de la comunidad. El objetivo
central no es ni el individuo, ni la colectividad,
es el Hombre con el Hombre.
Subsidiariedad. Una de las justificaciones
por las que existen las instituciones del servicio
público radica en que los individuos no tienen
la capacidad por sí mismos de generar los
bienes públicos que necesita la colectividad
para su adecuado funcionamiento, por lo que el servicio
público debe actuar con los recursos del Estado
para facilitar a las personas todo lo necesario para
que a través de su esfuerzo y trabajo puedan
darse a sí mismos los bienes particulares
necesarios para la subsistencia.
Búsqueda permanente del bien común.
El bien común, visto como las condiciones
materiales y espirituales que necesitan las personas
para alcanzar sus fines terrenos y trascendentes,
es el fin último para el que debe trabajar
el servicio público. El bien común
no es un estático estado perfecto de las cosas,
sino que es un conjunto dinámico de condiciones
que varían dependiendo del tiempo y el espacio
de las comunidades, es decir, el bien común
no es algo definido, sino que a cada colectividad
le corresponde definir su desarrollo particular.
En su dimensión laboral, la administración
pública es un ente social, que nace con una
necesidad social que busca cubrir y, de ese modo,
servir a la sociedad. Sin embargo, al ser una comunidad
en lo particular también tiene sus propios
fines, y por ello, también puede y debe buscar
sus propios intereses que le permitan dignificarse
como grupo de personas que buscan trascender en su
actividad laboral. Por eso, en el servicio público
deben existir relaciones de respeto que permitan
el libre desenvolvimiento profesional de sus integrantes,
respetándose siempre los niveles de autoridad
en las instituciones, sin que esto sea pretexto para
denigrar la dignidad de las personas o que ésta
dependa del nivel de la estructura orgánica
en que se encuentren los trabajadores; además,
se debe promover en su interior un ambiente propicio
para el crecimiento que le ayude a los servidores
públicos ser mejores profesionales para servir
mejor a la sociedad.
La dimensión personal, como actividad humana,
la política y el servicio público deben
someterse a la ética. De acuerdo a Weber son
la pasión, el sentido de responsabilidad y
la mesura las cualidades decisivas que necesita el
político, mientras que la soberbia lleva a
la ausencia de finalidades objetivas y de responsabilidad,
que constituyen las principales faltas de esta actividad
profesional. De esta manera nos lleva hacia el terreno
de la ética en la política. En este
sentido, la retoma en sus vertientes de responsabilidad
y convicción –que bien podría
ser consecuencialista y principialista o teleológica
y deontológica-.
Luego entonces, la política es una tensión
entre la ética de la responsabilidad y la
convicción, y dicha tensión consiste
en que se tiene que desarrollar un criterio propio
para que su conjugación sea sana y positiva,
ya que si únicamente se actúa por convicción,
se corre el riesgo de que la práctica de los
principios de manera cruda implique males mayores
incluso que si no se hubiera hecho nada, y si el
político sólo se rige por los fines,
en la utilización de cualquier medio puede
causar males mayores que la resolución del
objetivo político.
Por lo anterior, Max Weber desmitifica a la política,
ya que muestra la carencia de vocación de
aquellos que hacen alarde de que lo correcto es actuar
por principios cueste lo que cueste, cuando en realidad
esto es una posición comodina y demagogia
pura que no ayuda a resolver los problemas de gobierno,
pero al mismo tiempo, impide caer en la posición
maquiavélica en la que “fin justifica
los medios”, ya que esta permisividad lejos
de generar bien común descompone el orden
político y social.
Una última aportación sobre esta tensión
de éticas en la política. La definición
de Tomás de Aquino de tolerancia: “Debe
permitirse un mal menor sólo para evitar un
mal mayor” es una guía para la resolución
de dicha tensión, que en todo caso, es el
hombre, su virtud y su circunstancia, lo que lo lleva
a tomar las mejores decisiones políticas.