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Otto Granados Roldán
Director General
del Instituto de Administración
Pública (IAP)
del Tecnológico de Monterrey
otto.granados@itesm.mx
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No soy aficionado ni experto en el modus operandi del
futbol profesional, pero sí creo serlo en
materia de políticas públicas -mi área
de especialidad-, y, desde esta perspectiva, el caso
del Necaxa es un categórico fracaso.
Empecemos por una precisión conceptual. Una
política pública es aquella decisión
que toma y ejecuta un gobierno, que involucra recursos
públicos o utiliza una facultad y que está destinada
a tener efectos en la sociedad o sobre una parte
significativa de ella. Cuando la autoridad decide
construir una escuela en una población determinada,
abrir una avenida, realizar una obra o establecer
un impuesto está haciendo política
pública. Por tanto, además de seguir
con rigor los ordenamientos legales, los gobernantes
tienen la obligación de tomar decisiones como
esa –y muchas más- en función
del interés público, lo que implica
que detrás de cada acción debe haber
una evaluación del costo-beneficio, de su
relevancia probada para el estado, de su impacto
social, económico o político y de su
factibilidad técnica, de tal manera que el
resultado sea eficaz para la comunidad. Pues bien,
esta lógica operativa es algo que para muchos
políticos y, con más razón,
para muchos improvisados metidos a políticos,
funcionarios o legisladores, es tremendamente difícil
de comprender, lo que explica los errores que se
cometen. En suma, los gobiernos no son lugares para
ocurrencias, caprichos o desvaríos de los
titulares en turno, sino fuente de beneficios o daños
para la ciudadanía.
El desprecio hacia esa lógica tan elemental
es lo que ha llevado a que el gobierno del estado
haya provocado el escandaloso desastre de política
pública que es el proyecto del Necaxa. Vayamos
por partes.
La idea de atraer un equipo de futbol fue básicamente
la combinación de una afición y una
ambición. Desde su paso por la alcaldía
de la capital y luego durante los años preparatorios
de su propia candidatura, el actual gobernador se
dedicó a capitalizar esa oportunidad aprovechando
el probable interés de una parte de la población
por ese deporte y porque era una forma de vincularse
con una televisora nacional que le facilitaría
elevar su posicionamiento mediático de cara
al proceso electoral. En ese sentido, le ayudó sin
duda. Pero el problema básico es que, como
a veces ocurre en el negocio del entretenimiento,
los supuestos de que se parte son impredecibles porque
están sujetos a variables con frecuencia subjetivas
e inmanejables; en consecuencia, si los escenarios
cambian, el negocio falla. ¿Qué pasó en
este caso?
Lo primero es que no está nada claro que los
gobiernos deban ocuparse de asuntos como el futbol
profesional, las corridas de toros o los palenques.
Las funciones sustanciales del estado son precisas
en la ley y, sobre todo, en el sentido común,
y éstas consisten en dedicarse en cuerpo y
alma a promover el verdadero crecimiento económico
y la competitividad, apoyar el aumento de la productividad,
mejorar la educación, preservar la seguridad,
brindar servicios públicos, construir infraestructura
o proteger el medio ambiente. Un ejemplo de cómo
se confunden los deberes del estado es cuando el
gobierno ha afirmado que “el Patronato de Fomento
al Futbol es sin duda generador de empleos y coadyuva
al desarrollo económico de Aguascalientes” lo
cual puede ser cierto para quienes lucran con el
equipo pero paladinamente falso para el conjunto
de la comunidad, y los datos son irrefutables: en
2008 la economía del estado prácticamente
no creció (apenas 0.1%) y el empleo formal
decreció (-0.1%), y las cifras del IMSS de
abril de este año confirman la tendencia del
desempleo.
La conclusión es que al meterse el estado
en cuestiones que no conoce, ni domina, ni son propiamente
de su competencia, está desviando los recursos
del contribuyente no hacia políticas de interés
público o general sino hacia los caprichos
particulares, con lo que el desenlace es obvio: ni
atiende sus obligaciones ni puede con las aficiones.
El segundo asunto es que el gobierno del estado
tiene la obligación de rendir cuentas respecto de
lo que ha pasado con este caso, o el Congreso y la
ciudadanía deben exigirlas. Desde el principio,
ha habido numerosas dudas e interrogantes acerca
de la forma en que se integraron los fideicomisos
y asociaciones relacionados con el equipo, el patronato
que lo maneja, la propiedad o posesión del
estadio y de la casa club, las bases del contrato
con la televisora que controla la franquicia, los
convenios de publicidad, las obligaciones con los
dueños de palcos, las transferencias presupuestales
de algunas dependencias hacia el equipo para eludir
restricciones impuestas por el Congreso del Estado,
y un largo etcétera que ha rodeado de grave
opacidad el funcionamiento de esta operación.
Un botón de muestra: según el columnista
financiero, Alberto Aguilar, uno de los daños
será para los anunciantes que verán
afectados sus ingresos porque sufrirán “la
minusvalía de tener un equipo en primera división,
que implica unos 15 millones de dólares Vs
un millón de dólares a lo sumo de otro
en primera A”. Es evidente que hay un imperativo
de explicar no solo porque el espíritu y la
letra de la constitución y las leyes, en especial
la de responsabilidades, así lo prevé,
sino por razones éticas elementales.
La tercera lección del escándalo
es algo que suele esconderse bajo la alfombra y es
la complacencia de una porción de la sociedad
con los actos reprobables de gobierno. Sea por temor,
complicidad o interés, es detestable que Aguascalientes
siga siendo una comunidad en donde una parte de ella
es incapaz de actuar de forma madura, responsable,
autónoma y crítica, es decir, como
una auténtica ciudadanía en el sentido
que este concepto tiene en cualquier nación
civilizada. El mejor ejemplo en este episodio es
la aprobación que el 27 de octubre de 2008,
sin chistar, hizo el Comité Técnico
del Fideicomiso de Inversión y Administración
para el Desarrollo Económico del Estado de
Aguascalientes, con una sola abstención por
ausencia, al aprobar lo que puede llamarse, en un
sentido laxo, el desvío de 98 millones de
pesos procedentes del impuesto sobre nóminas –que
le corresponde administrar a dicho comité-
para aliviar el ahogo financiero del Necaxa (puede
consultarse el acta del comité en el diario
digital www.desdelared.com.mx).
La decisión es severamente criticable desde
cualquier punto de vista. Por un lado, se violaron
claramente las reglas de operación del Fideicomiso
pues el crédito fue para una operación
de salvamento financiero a una entidad que ni es
un “proyecto altamente detonante del desarrollo
económico del estado”, ni se trata de “empresas
o de obras en la que los recursos se traduzcan en
beneficios para el estado y su población”.
Tampoco es justificación decir que ese préstamo
es uno más entre 400 que otorgó el
fideicomiso, por la desproporción ante el
abusivo monto dirigido al Necaxa, y parece vergonzoso
que se diga que está garantizado con “palcos
no vendidos” porque se trata de inmuebles que
en su momento no representaban la relación
usual en los mercados crediticios (dos o tres a uno,
al menos) y porque, al día de hoy, esos palcos
no valen nada. Por otro, es inconcebible que
ese comité –en el que participan nueve
empresarios y/o dirigentes de organismos empresariales-
haya avalado el movimiento a sabiendas de la finalidad
que tenía, y no, por ejemplo, orientarlo hacia
las abundantes necesidades que hay de destinar recursos:
a la investigación aplicada relevante, a programas
científicos y tecnológicos, en suma,
a todo aquello que contribuya a elevar la competitividad
del estado.
Esto acaba de hundir la escasa credibilidad de
quienes dicen representar a la empresa y explica,
con nitidez, por qué la estructura económica del
estado ha resentido, además de las crisis
y el fracaso de la gestión gubernamental,
la falta de una clase empresarial innovadora, moderna,
profesional y competitiva. Justo en esos comportamientos
está no solo la clave de la mediocridad de
los organismos sino también la raíz
del “capitalismo de cuates” que tenemos
y que va en la lógica opuesta al funcionamiento
de los mercados en los países exitosos.
En síntesis, el caso Necaxa es probablemente
uno de los ejemplos que mejor deben documentarse
y ser estudiados en todas las escuelas de administración
pública para conocer cómo y por qué fracasan
las políticas públicas.