ELLOS SON
Miguel Espinosa Menéndez, “Armillita”
 

José Luis Díaz Ramírez
Plató 54
luisdiazfoto@hotmail.com
Con la colaboración de Miguel Ángel de Alba

Heredero de una de las dinastías más importantes del toreo en México, Miguel Espinosa, “Armillita”, disfruta ahora de la vida como una figura internacional consagrada de la fiesta brava… “El toro es un compañero sin par, que te da la gloria o te quita del camino en una tarde”, reflexiona.

¿Cuándo y en dónde nace?

En Aguascalientes, el 19 de septiembre del año 58. Mis padres fueron Fermín Espinosa y Nieves Menéndez, quienes procrearon tres hijos: Fermín, Miguel y Martha. Tengo además cuatro medios hermanos: Manuel, Ana María, Carmen y Eulalia.

¿Cómo fue su infancia?

Muy bonita, una etapa divina, en el rancho, al lado de los toros de lidia, del ganado bravo y del trabajo del campo; de viñedos y de uvas. Muy padre. En ese tiempo vivían en el rancho 30 ó 40 familias. Es una experiencia para toda la vida, convivir con tanta gente humilde, trabajadora y buena.

Era  una gran familia…

Sí, siempre nos vimos como iguales, con mucho respeto y un gran cariño.

¿Qué significa vivir con gente de campo y después convivir con gente muy famosa?

Lo más importante para mí fue el trato con  la gente humilde. He tenido contacto con mucha gente importante, pero creo que cada quien tiene sus metas, sus ideales; para mí lo que ha valido la pena es conocer a la gente que te da todo por nada.

¿Cuáles fueron sus estudios?

Fui varios años al colegio, pero como tenía un amplio margen para divertirme, prefería ir a montar a caballo, arriar vacas, jugar béisbol o trabajar. El estudio lo sobrellevaba y nunca le puse una gran atención, aunque tonto no era y aprendí a sumar, no a restar.

¿Es religioso?

A mi manera. Me encomendaba mucho a Dios antes de cada corrida y tenía mi altarcito –lo sigo teniendo-.


Tras sumar 20 corridas con éxito en México, tuvo la oportunidad presentarse España,
donde alternó con gente grande de toreo, cuando tenía tan solo 17 años de edad.
Con el tiempo, ganaría el apelativo de “El torero de la elegancia”.

¿Qué significó para usted ser hijo de don Fermín Espinosa?

Un gran orgullo, ante todo. Un señorón en toda la extensión de la palabra, tanto en su vida personal como profesional. Desgraciadamente murió muy pronto, a los 67 años, cuando yo tenía 20 años. Lo poco que pudimos hablar de hombre a hombre, fue vital.

¿Qué recuerda de él?

Contaba sus experiencias, sus vivencias a todos sus amigos y muchas veces me tocó escucharlas, y de ahí aprendía. Esta es una profesión muy dura, y al convivir con gente mayor que tú, con mayor experiencia, debes tener el oído muy afinado y la boca muy bien tapada. Con el tiempo te das cuenta que valió la pena escuchar y asimilar lo que esa gente hablaba.

¿Qué frase fue la que más escuchaba de su papá?

Lo que más me marcó fue su humildad, su poca vanidad, lo que ocasionó que mucha gente abusara de su nobleza.


Con Verónica su esposa, el día de su boda.

¿Se abusa mucho de los toreros?

Sí. El torero es como los boxeadores, que pueden ser explotados por gente sin escrúpulos, sin principios. Ahí interviene ya tu estrella para que sigas por el buen camino y no te equivoques.

¿Cómo inicia su carrera en los toros?

El toro es algo muy serio, muy bonito. Es divino. El toro es un compañero sin par. Es un compañero porque es quien te da de todo; es noble, al momento en que te ataca, te avisa. El torero debe tener cabeza para lograr el entendimiento con el toro. Lo que pasa es que cada toro es diferente y debes tener la capacidad de entender lo que te está pidiendo ese rival, que igual te da el triunfo, la gloria y el dinero, o te quita del camino. El toreo es tan grande que no lo puedes comparar con ningún deporte. Desgraciadamente el toro se quedó fuera del “marketing” de la comunicación  y lo quitaron de la televisión...

Empecé desde los seis o siete años toreando vaquillas. Al estar en la preparatoria y ver que el estudio no era lo mío, pedí a mi padre que me apoyara porque quería ser torero. Me dijo que lo haría durante dos años, y que si en ese tiempo no me convertía en una figura del toreo, ahí estaría el azadón esperándome en el rancho.


Con la familia que a su lado ha conformado teniendo a sus dos pequeños hijos,
Miguel y Eugenia a los que califica como “los mejores trofeos de mi vida, mis dos orejas”.

Su hermano Fermín ya era matador de toros…

Sí, empezó desde muy pequeño, fue un niño precoz, pero el toreo es difícil, no nada más se necesita saber; se necesita mucho corazón y mucho valor para jugarte la vida. A mi hermano Fermín le faltó eso al final. El torero tiene que hacer un esfuerzo extra para ser una figura. Toreros hay muchos, pero figuras, pocos. El toreo es una profesión, de eso vives. A mí nadie me dio nada más que el toro. Te tienes que jugar la vida todos los días para poder hacer algo.

¿Cómo se decide a decir “ésta es mi vida”?

Después de empezar en México y sumar 20 corridas con éxito, vino la oportunidad de ir a España, donde alterné con gente grande de toreo. Yo tenía 17 años y al triunfar allá decidí que eso era lo mío.

¿Cuál fue la plaza de sus triunfos en España?

Barcelona, como novillero, y Madrid, donde salí por la puerta grande, como matador. La Plaza de Las Ventas te quita el sueño desde tres meses antes. Te da mucho miedo, pero al salir al ruedo lo superas.


La familia para Miguel Espinosa, siempre ha sido primordial.
En el bautizo de su hijo Miguel al lado de su esposa Verónica Guzmán,
su señora madre, Nieves Menéndez,
y Rafael Herrerías, empresario de la Plaza de Toros México.

¿Cómo supera el miedo?

Hay muchos miedos y muy fuertes, pero con el tiempo no los asimilas, sino que te da más porque aumenta tu responsabilidad ante la gente, que cada día te exige más.

¿Cómo se mete la gente con el torero?

De todas formas. La gente es muy cruel, muy envidiosa. Si ven a un muchacho de 20 años, rico, famoso, cobrando un dineral, y quien lo ve es un asalariado, de 40 años, tiene por dentro una mala leche y lo va a criticar.

¿De dónde le viene el mote de “El torero de la elegancia”?

Me gustaba vestir bien y nunca manchaba el traje de sangre; mis “naturales” y las “verónicas” eran las suertes que la gente más me aplaudía.

¿Cómo escogía sus trajes de luces?

Siempre me gustó el color oscuro con mucho bordado con hilo de oro. Los hacía un sastre de Madrid, Fermín López. Lo más importante es que te guste lo que te pones. Mi ropa era la de un torero de arte, no de un guerrero; nunca salí a matarme, sino a disfrutar. Disfruté las tardes buenas y las malas.


Con su pequeño heredero.

¿Muchas cornadas?

Ocho cornadas, afortunadamente ninguna mortal. La más grave fue la de la banderilla en Madrid, que fue una cosa de mala suerte, que se me clavó en el cuello. Sentí que me había partido el cuello y estuve con siete médicos en la enfermería, con el doctor Máximo de la Torre al frente. Otro incidente fuerte fue en León, Guanajuato, donde el toro me levantó y al caer me fracturé la pierna. Ahí decidí retirarme, porque si he caído de cabeza no lo cuento.

¿Cómo llega a la maestría, creando oficio?

No es que sea maestro. Siempre hice el toreo como lo sentía, pero eso lo traes en la sangre, no lo puedes aprender ni lo puedes enseñar. El oficio, la técnica, los puedes aprender para defenderte, pero la manera de expresarte es algo muy diferente.

¿Cómo ha sido llevar a cuestas 120 años de la dinastía de los “Armilla”?

Nunca lo tomé en cuenta, aunque le gente me lo hacía notar, pues al llegar siempre me hacían comentarios de que a mi padre le había ido muy bien en esa plaza. Pero nunca fue algo que me retara; el reto era conmigo mismo. Mi mejor aliado y mi mayor enemigo era yo. Soy muy exigente conmigo mismo.

¿Alguna vez perdió el piso?

Nunca. Pensé que jugarme la vida valía la pena y lo logré. Pena me daría haber estado tantos años enfrente del toro y no tener nada. No quiero ser el más rico ni tener cinco carros, sólo puedo manejar uno. Pero ya he decidido dejar de jugarme la vida y ahora la que va a exponer será mi mujer, Verónica Guzmán, quien es una pintora con un gran talento.

¿Qué le enamoró de Verónica?

Su chispa, su inteligencia, su elegancia.

¿Cómo la conoció?

Fue suerte. La conocí por medio de una ex cuñada mía, esposa de Manuel, mi hermano, en el rancho “El Chichimeco”. Por medio de su padre, don Emilio Guzmán, nos conocimos y ahí estamos, casados desde hace 17 años y me ha dado los mejores trofeos de mi vida, dos orejas: Miguel, de siete años, y mi pequeña  Eugenia, “Gurrumina”, de año y medio.

¿Ve algún torero mexicano joven con futuro?

¿Mexicano? Ninguno. José Tomás es un fenómeno, con algo muy diferente a todos.

¿Cuál considera el factor más importante de su éxito?

Mucho tiene que ver tu forma de ser: hay que ser positivo, levantarse todos los días con buena vibra, apoyar a la gente que le haga falta y no meterte con nadie. Si eres agradecido porque tú y los tuyos están bien, tiene que irte bien.

¿Le gusta la lectura?

Sí, sobre todo de historia y de toros, así como alguna que otra novela. Pero mis pasatiempos preferidos son el golf y la pesca. El golf me sirvió para alejar la tentación de regresar a los toros, aunque nunca lo pensé. Fueron 30 años en los que pasaron muchos toros y muchas experiencias.

¿Qué significó el retiro?

Concluir una etapa de mi vida, muy bien lograda; una gran satisfacción no haberle fallado a mi padre, ver que no me equivoqué y que gracias a Dios me dio todo lo que tengo. No fue fácil cerrar el ciclo, pero lo fui haciendo poco a poco. Lo he extrañado, pero si recuerdas todo lo que viviste antes, te das cuenta que no puedes seguir así toda la vida. 937 corridas, 851 orejas, 79 rabos, una pata, 13 indultos…

¿No extraña la adrenalina?

Ahora no la necesito para nada. Me dedico a disfrutar la vida.

¿Alguna tarde que recuerde en especial?

Muchas, hubo muchas tardes importantes, pero la más especial fue la despedida, porque la hice con salud, vivo y bien.

¿Algún toro que recuerde?

Muchísimos. Todos fueron grandes amigos y gracias a ellos hice lo que tengo. Hubo uno especial, “Arte Puro”, en 1979, con muchos resabios, complicado, pero salí con vena esa tarde y fue cuando me consagré como figura.

¿Cuál es la parte, el momento más difícil?

La suerte de matar, porque ahí pierdes de vista la cara del toro; te enfocas en el morrillo, donde quieres meter la espada. Es el momento más peligroso para el torero, por eso se llama “la suerte suprema”.

¿Qué ganadería considera la más importante?

Hay muchas, pero destacan las de Bailleres, Garfias y “Armillita Hermanos”. El futuro de “Armillita Hermanos” lo veo muy bueno, con buena sangre y simiente de vacas. Comienza a ser buscada  por los toreros.

¿Cómo le gustaría ser recordado?

Normal, como buena gente, como un hombre sencillo, que siempre buscó hacer lo mejor que le tocaba.