ELLOS SON
Mayra Enríquez Vanderkam
 

José Luis Díaz Ramírez
Con la colaboración Miguel Ángel de Alba
luisdiazfoto@hotmail.com  
www.joseluisdiazfotografo.com

Fascinada desde su juventud por la política, gracias a “Maquío”, Mayra Enríquez es una luchadora social y defensora incansable de los derechos de la mujer y la familia; ha trascendido en su partido, Acción Nacional, como artífice de grandes avances en su estado, incluido el Instituto de la Mujer. Colaboradora, regidora, y actual diputada, por el III Distrito en la LX Legislatura del estado de Guanajuato Mayra ha superado, grandes pruebas en su vida, incluida una de las enfermedades más temidas en la mujer: el cáncer de seno.

¿Cuándo y en dónde nace?

En Tlaquepaque, Jalisco, aunque ya vivíamos en León; mis padres son Edmundo Enríquez (†) y Yolanda Vanderkam, quienes tuvieron once hijos. Mis hermanas son: Alma Araceli, Perla, Ana Isabel, Ariadna, Rubí y yo; mis hermanos: Edmundo (†), Gonzalo (†), Luis Miguel, Alberto y Adolfo.

¿Cómo fue su infancia?

Fui una niña bien portada, aplicada, que le gustaba estar con su mamá y armar rompecabezas. Jugábamos mucho fútbol, béisbol y fútbol americano. Vivíamos donde terminaba la ciudad, en Paseo de los Insurgentes; atrás no había casas y nuestros juegos eran andar en bicicleta, ir a los ríos, jugar béisbol en el terreno.

¿Dónde estudió?

En el “Instituto Bernardo Chávez”, primaria y secundaria; la preparatoria, en el “Instituto Lux” y luego Derecho en la “Universidad La Salle”.

¿De dónde surge la inquietud de trabajar por los demás?

La primera enseñanza fue de mi hermano Gonzalo, quien me ponía a leer mucho para que no le diera lata y luego le tenía que decir de qué trataba la lectura. Él falleció de cáncer a los 23 años y era mi figura paterna. Después, mi mamá, una mujer muy fuerte, valiosa e inteligente; que lee muchísimo y tiene una memoria prodigiosa. Las sobremesas eran de mucha plática sobre la situación política e incluso en muchos juegos los equipos eran de “socialistas” contra “capitalistas”.


A través del deporte que practica Mayra, fue que se dio cuenta que padecía cáncer,
una enfermedad que superó con paciencia y amor.
En la gráfica al finalizar la carrera de "Los 10 Kilómetros Verdes"
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¿Quién infunde en ustedes esa inquietud por la política?

Mi mamá, quien es una persona muy inteligente, muy informada y al pendiente de la situación nacional, aunque no participaba activamente porque en esos momentos no había la forma de hacerlo.


Al crecer en un ambiente familiar de suma intelectualidad, se vió atraída desde pequeña por los asuntos sociales.
Las sobremesas eran de mucha plática sobre la situación política e incluso en muchos juegos los equipos eran de "socialistas" contra "capitalistas", comenta Mayra.

Como maestro, ¿quién la influye?

El “Instituto Lux” fue muy importante para mí. De hecho me acerqué al PAN por un trabajo que nos dejaron sobre partidos políticos. Algunos de mis maestros fueron Román López Fabre, la maestra Lula y Beatriz Manrique, pero creo que más que los maestros influye en tí el entorno. Recuerdo que los mismos compañeros nos invitaron la primera vez que vino Maquío, en 1987, y mi hermano Adolfo fue uno de los más interesados en acudir y como nadie quería acompañarlo, fui con él. Luego, en 1988, estuvo con los estudiantes y volví a ir con mi hermano Adolfo.

Después los maestros nos dejaron un trabajo y fui en marzo a hacerlo; Como la recepcionista, Mónica Rocha, no podía contestar mis preguntas, me informó que el viernes se reunía el Comité Juvenil, donde podrían responderme. Fui a esa reunión, que resultó ser de capacitación en derechos humanos, con Alberto Cifuentes como ponente. Había estado en eventos de otros partidos, que me invitaban por mis calificaciones y por ser miembro del capítulo de Derechos Humanos de Amnistía Internacional, como el PSUM, el PRI, pero cuando fui al PAN y vi que era un joven quien capacitaba a otros jóvenes y la forma en que lo hacía, me interesó y decidí seguir participando.

A sus 17 años ¿qué le sedujo del PAN?

Precisamente, la búsqueda del respeto a los derechos humanos y a la democracia. En ese momento, 1988, en el país había muchos lugares donde ni siquiera había elecciones o la gente no iba a votar porque ya sabía cuál iba a ser el resultado. Entonces, llegar a un partido dispuesto a luchar, a trabajar, que tenía muy consolidado el respeto a la dignidad de la persona y preparaba a sus jóvenes para poder transmitir el mensaje, fue lo que me gustó. Después vino la campaña... Y haber visto a Maquío, un personaje con una gran fuerza, que transmitía un mensaje interior impactante... Me tocó desde recibirlo hasta ser su edecán en mítin. Haber estado cerca de él, escuchar su mensaje, definitivamente me marcó para la vida política.


Durante su juventud, ingresó al Partido Acción Nacional convencida de la preocupación del mismo por el respeto a los derechos humanos y la democracia.
La imagen mostrándola en el día de su boda.

¿Cuáles fueron sus estudios?

Pensaba ser química, pero cuando entré al partido mi vocación cambió radicalmente y decidí estudiar Derecho, en la Universidad La Salle. Al terminar la carrera me casé: en ese momento dejé de estudiar, seguía participando en el partido, y fui suplente de Humberto Andrade Quezada, quien era diputado federal. Así  comencé a participar de forma más completa.

¿Fue su primer puesto de elección?

Sí. Humberto Andrade era una persona nueva en el Partido; de hecho, no era militante. Era 1994 y el partido buscaba abrirse a la sociedad, en una etapa de crecimiento. Venía un momento difícil, porque había una tendencia a que las representaciones federales fueran dadas a ciudadanos dentro del partido, por lo que muchos empresarios se incorporaron, entre ellos Humberto, quien compitió contra Miguel Gutiérrez y me invitaron para fortalecer la fórmula. Para mí fue un orgullo. Cuando lo conocí me impactó mucho, me pareció una persona extraordinaria.

Me casé con Alberto Cifuentes, en una relación que fue de campaña a campaña: duramos seis años de novios, iniciamos con la de Maquío y terminamos con la de Diego Fernández de Cevallos. Alberto es, para mí, el panista más congruente y era importante que compartiera mis valores. Nos casamos en 1994, cuando terminé mi carrera.

Tenemos tres hijos: Mayris; una niña de 13 años, Luis Alberto; un niño de 11 e  Isabela, de cinco.

Entonces ¿el noviazgo fue dentro del partido?

Sí, de hecho los fines de semana eran “Vámonos a Xichú a dar capacitación”... Así fue nuestro noviazgo y fue muy sólido porque se basó en proyectos comunes. Aprendí y sigo aprendiendo mucho de él; crecimos juntos, aunque al principio me molestaba ser identificada como “la novia de Beto”, hasta que logré el reconocimiento por mis propios méritos.

¿Cómo es la relación en una pareja comprometida con un partido y en constante actividad política?

Es muy sólida, porque tienes proyectos en común. Aparte de la familia, de los hijos, de la pareja, trabajar en equipo, conservando tu propio espacio, es un privilegio que no todos tienen y eso nos ha unido mucho, nos ha hecho crecer. Mi punto de medición, mi modelo, es él. Eso es muy enriquecedor, al igual que el hecho de despertarte y ver a tu lado a la persona que admiras.


Al lado de sus tres hijos y esposo, Alberto Cifuentes, a quien considera
"el panista más congruente"

¿Cómo alimenta, como fomenta ese amor?

Mantenemos un noviazgo continuo. Hemos respetado mucho nuestros propios espacios y los que tenemos en común son muy gratos.

¿Qué siguió en su carrera política?

Con la candidatura de Jorge Carlos Obregón a la Alcaldía, buscó la participación de la mujer, al grado que creó el Consejo y el Instituto de la Mujer en León. Él quería llevar mujeres en su planilla, pero a las panistas nos costaba mucho trabajo participar, porque estábamos acostumbradas a ser colaboradoras. Cuando me invitaron yo decía que no, que iba a tener mi bebé, pero mi primera participación fue como regidora en el Ayuntamiento de Jorge Carlos Obregón, lo que me dio la oportunidad de crecimiento, de presencia, para llegar a la diputación local posteriormente.

¿Cuál fue su labor como regidora?

Estuve en las comisiones de Ayuntamiento, de Desarrollo Urbano, de Contraloría, del Instituto de la Mujer. Se hicieron reglamentos tan importantes como el de convertir al IMPLAN en un instituto ciudadano formal, con fuerza jurídica; creamos el Consejo de la Mujer, que luego se transformó en Instituto; cambiamos el Consejo de Cultura a Instituto Cultural de León; hubo varias transformaciones para formalizar la presencia ciudadana, y creo que eso fue lo más valioso de esa administración: la participación ciudadana formalizada a través de su reglamentación.

Después de la Regiduría fui diputada local por el III Distrito, electa por mayoría. Fue una elección importante porque tuvimos una votación sin precedente. Me correspondió ser presidenta de la Comisión de Hacienda y Fiscalización, en una Legislatura muy interesante porque en ese momento se dio un cambio constitucional: antes el Estado hacía una Ley de Ingresos para todos los municipios y se hizo una reforma constitucional para que cada municipio tuviera su propia ley.

Como presidenta de la Comisión, me tocó favorecer ese cambio. Fue la primera vez que hicimos 46 leyes en un mes. Fue un trabajo muy arduo, en el que aprendí todo lo que no había aprendido en la escuela. Logramos modificar los modelos de fiscalización del estado; fue la primera vez que se auditó a la Universidad de Guanajuato, al Instituto Electoral, al Sistema DIF y a todo lo que no se podía fiscalizar. Empezamos la presentación de denuncias penales, incluso contra los del mismo partido... fue un arduo trabajo que llevó a la constitución del Órgano Superior de Fiscalización. Me tocó la transformación de lo que era la Contaduría Mayor, dependiente del Congreso, en un organismo autónomo, para que no fueran los partidos quienes decidieran si se sancionaba o no. Ese ha sido mi mayor aporte en la vida política.

Después regresé como síndica al Ayuntamiento, con Ricardo Alaníz, que también fue un trabajo arduo, para retomar la diputación local, puesto que desempeño actualmente. Trabajé mucho en la transformación de instituciones, pero en esta ocasión quise enfocarme a la protección de las familias, porque es dramática la situación que vive ese núcleo de la sociedad, respecto de la responsabilidad con los niños, con los discapacitados, con los adultos mayores, y decidí involucrarme en los temas sociales, más que en los políticos o institucionales. Ese ha sido mi perfil en esta Legislatura.

¿Cuál es su mayor preocupación?

El enorme rezago que tenemos en materia de derecho familiar. No puedo entender que en una sociedad como la nuestra alguien pueda tomar sus cosas, dejar a su familia, a sus hijos y no volverles a dar alimentos ni estudios. Me parece totalmente inconcebible que lo permitamos como sociedad. Cada día vemos más familias desintegradas, con menores a la deriva, sin que la sociedad reconozca que esa es también su responsabilidad. Me preocupa que no haya avances y, por el contrario, exista una resistencia originada por modelos culturales en los que parece que la responsabilidad de la familia es de la mujer.

Por otro lado, en el discurso, los políticos reclamamos el valor de la familia, pero no damos ningún valor al cuidado de los hijos, al cuidado de los discapacitados, de los adultos mayores, de las mujeres que se dedican a eso y hacen un gran aporte a la sociedad, y que 20 años después, al cumplir 40 años, se quedan solas, sin poderse incorporar al mercado laboral, sin saber qué hacer para cuidar a sus hijos y sin alguien que las ayude. Manejamos un discurso doble: por un lado hablamos de la familia, pero no sentamos las condiciones para fortalecerla ni para evitar que nuestros niños, discapacitados y adultos mayores queden en el abandono. Parece un problema menor, pero es una situación recurrente.

¿Qué hace para modificar ese modelo cultural?

Hemos trabajado mucho en ese sentido, tanto en la parte legislativa como en tratar de influir en las políticas en favor de las mujeres y de las familias. Quisiéramos decisiones de la autoridad que favorecieran a la mujer sola, para evitar ese rezago; igualmente, queremos que haya más lugares de esparcimiento, de convivencia familiar. A lo que más me dedico es al tema de la violencia intrafamiliar, que cada vez es mayor, porque vemos violencia entre los jóvenes, en las escuelas, en el noviazgo; trato de influir en las instituciones para que se preste especial atención a estos casos.

¿Cuál es su opinión acerca de la despenalización del aborto en el Distrito Federal y el divorcio express?

En el tema del aborto, tengo una opinión personal y no estoy a favor de esa práctica. Lo he dicho abiertamente: nunca voy a promover una norma que lo permita, lo favorezca o induzca. Sabemos que hay situaciones excepcionales que no deben ser sancionadas; nuestra ley ya las contiene y creo que así debe permanecer.

Por otra parte, este tema está dando a las mujeres una responsabilidad más. Volvemos al punto de partida ¿por qué la mujer tiene que ser la única responsable de los hijos? ¿Por qué tiene que ser quien cargue con una decisión de esa naturaleza? ¿Dónde están los hombres, para responder como padres de ese menor? Me parece que estamos dando cargas adicionales a las mujeres, dando una salida muy fácil a la cultura machista del “no me importa lo que yo te haga, porque lo peor que puede pasar es que te deshagas del bebé”.

Me gustaría que como sociedad nos planteáramos la obligación de reconocer a los hijos, sea cual fuera el estado civil de los padres; reconocerlos, atenderlos y quisiera ver si en una situación de igualdad de responsabilidades entre hombre y mujer, seguiríamos siendo tan irresponsables de tener tantos embarazos en la adolescencia, tantos hijos fuera del matrimonio... Considero que esta decisión de despenalizar el aborto es una carga adicional para las mujeres, porque en lugar de favorecer va a orillar a que haya más presiones sobre ella para obligarla a abortar, porque hay un camino, en lugar de empoderarla y dejar que decida por sí misma. Al final, va a ser un retroceso. Preferiría que promoviéramos la paternidad y maternidad responsables.

¿Y el divorcio express?

Tenemos que valorar qué dimensión queremos dar al matrimonio. Creo que si en nuestra sociedad ya no hay una sanción por vivir con una persona, está bien, son decisiones personales; pero entonces el matrimonio debe ser para quienes piensan en una relación a largo plazo, perdurable, más firme.

Creo que esto va en desventaja para la mujer, que va a ser sancionada socialmente si tiene relaciones de corto plazo; a los hombres no les van a decir nada, claro.

La mujer está cada vez más indefensa y tiene la peor parte de los dos mundos: seguimos siendo sumisas, sometidas, violentadas, y por otro lado nos obligan a tomar “decisiones libres” que favorecen a una sola parte.

¿Es una mujer feminista?

Si ser feminista es defender los derechos de la mujer, sí lo soy. Pero hay que tener en cuenta que a veces las luchas feministas van más allá de los derechos de la mujer y parten de percepciones personales que se quieren imponer a mujeres que piensan distinto. Entonces, también debe reencauzar su forma y basarse en defender lo que las mujeres necesitan y piden, y no imponerles modelos de otros países.

¿Es luchadora social?

Sí, también lo soy.
 
Como mujer ¿cuál ha sido su mayor lucha?

Viví una situación de cáncer, con tratamiento de quimioterapia, que me permitió ver también situaciones más difíciles que la mía.

Mis abuelos, mi padre, mi hermano, fallecieron de cáncer; cuando me dijeron que tenía cáncer de seno, pedí que me hicieran todos los estudios y determinaran si era exclusivamente de ahí o había más. Cuando me dijeron que estaba localizado, en cierto modo me tranquilizó.

¿Cómo se dio cuenta que tenía cáncer?

Hago caminata y al trotar, sentía un cansancio inusual en el brazo. Mi marido insistió en que me revisara y la doctora me pidió revisiones semestrales. A los seis meses, Alberto estuvo insistiendo y fui. Al ver la cara del doctor, me imaginé algo serio, y más cuando me preguntó si quería que estuviera alguien de la familia. Me dijo que parecía que era cáncer y que había que hacer una biopsia. Le hablé al doctor Éctor Jaime Ramírez Barba y me envió a hacer otro diagnóstico, que confirmó que era cáncer. Me preocupaba que me empezaran a decir “pobre Mayra”, así que tomé la decisión de decirle a todo el mundo que tenía cáncer, que me iba a someter a un tratamiento y que todo iba a salir bien, así que nada de decirme “pobre Mayra”. Se lo dije a los niños, a mi familia, a mis amigos, porque he visto cómo el simple diagnóstico es capaz de destrozar a una persona, por eso digo que no hay que pasarlo sola.

¿Qué le diría a la persona que recién se entera que tiene cáncer?

Antes que nada, que no lo viva sola, que no tema a compartirlo. Vivirlo solo es imposible, por tanto que te quita de vitalidad, de imagen, de fuerza, de todo. Si no quieren compartirlo con la familia, si no tienen a alguien cerca que los entienda, me pongo a su disposición para apoyarlos. Una de las cosas que aprendí es que hay una descalificación social hacia quienes padecen la enfermedad, y yo no estaba dispuesta a asumirla. Tuve el apoyo de mi pareja, pero veía a muchas mujeres que iban solas a la quimioterapia, muchas mujeres que las habían dejado porque tenían cáncer. Es muy duro, y si no lo platicas, no sales.

¿Qué enseñanza le dejó haber padecido esta enfermedad?

Me conocí más, tanto en lo bueno como en lo malo. Aprendí a ser más fuerte. Aprendí que la gente demuestra su amor y cariño de muchas formas; a veces uno espera que sea de determinada manera y se decepciona si no es así. Cuando pasé por el cáncer entendí que hay gente que te puede abrazar, pero también que hay gente cuyo silencio es exactamente igual que un abrazo. Aprendí que hay más gente que me quiere de la que yo creía. Sí considero que el cáncer es la enfermedad del amor, porque es cuando se visualiza; es cuando se ve, si lo quieres ver. A los demás les da mucho miedo porque no saben qué hacer, qué decirte. A mí no me gustaba andar “pelona”, pero un día, estando en casa, abrí sin cubrirme la cabeza y al ver la cara de preocupación de las personas que tocaron, me di cuenta de lo que pasa en quien te ve. Aprendí a decirle a la gente que me sentía muy mal y necesitaba hablar con alguien, pero también en ciertos momentos, a decirles que no quería ver a nadie.

¿Qué hizo en ese tiempo?

Leí mucho sobre la enfermedad. Aprendí todo lo que nos hace falta en el estado sobre la materia; aprendí que en México el modelo es de dependencia, y yo no quería eso. Vi que en otros países hay hasta manuales para hacer “solo” las cosas, porque es falso que la enfermedad te invalide. Yo iba a un hospital público, al de Alta Especialidad; el Dr. Saldívar me atendió y fue quien más me tranquilizó. Ahí les preguntaba por qué no le decían a la mujer lo de la imagen, cómo manejarse con la pareja, con la familia. Esa es una tarea que tengo pendiente: decir a las personas que aún cuando tengan cáncer pueden seguir viviendo con cierta normalidad. Yo tuve que bajar el ritmo de mi trabajo y dejar la Comisión de Género, y ahora me arrepiento porque se detuvo su accionar.

¿Qué sigue para Mayra?

Quisiera terminar la diputación con resultados concretos en favor de la familia; que el tema de alimentos quedara resuelto; que en el tema de la violencia tengamos un modelo más eficiente, con lugares a donde puedan acudir las mujeres que sufren violencia; que tengamos el sistema para que los niños no sean agredidos.

Después, quisiera regresar al municipio, porque la tarea principal está ahí. Al pasar tanto tiempo en la administración, he aprendido mucho de la forma en que se tienen que hacer las cosas. Me gustaría aportar al municipio una forma distinta de trabajo, revisar nuestra política social para ver si en verdad es eficiente o nada más estamos dando aspirinas; revisar los temas de infraestructura, de mantenimiento e imagen de la ciudad. Creo que hay mecánicas para hacer de la ciudad un lugar mejor, más amable y más digno para las familias.

La apuesta principal debe ser con la participación ciudadana, pero no como ahora, cuando se pretende que la sociedad participe sólo cuando las autoridades lo requieren, sino que sea cuando la sociedad quiera y de acuerdo a sus necesidades. Tenemos que modificar la política social, porque no podemos seguir regalando algo que llamamos beca de 200 pesos, que no sirve realmente para apoyar a nuestra familia, a costa de la infraestructura.

¿Cómo quisiera ser recordada?

Fuerte. Que la gente dijera que siempre luché por lo que creí, que siempre fui fuerte. Y que recuerden que no fui “presionable”, que nunca me dejé manipular ni presionar por nadie para tomar una decisión.