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Osvaldo Cuadro Moreno
Escritor y consultor empresarial
osvaldo@homini.com.ar
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En momentos en que la familia está siendo postergada, resulta asombroso que el 60% de las empresas más exitosas, al menos en Occidente, sean empresas familiares. Muchos piensan que la empresa familiar es una empresa pequeña o cualquier tipo de negocio informal. Pero tenemos emporios mundiales como Kodak, Ford, Wal-Mart o BMW. Se calcula que a nivel internacional, más del 93% del total de empresas son de propiedad familiar; buena parte son medianas y grandes; sólo en los EEUU, el 40% de las Fortune 500 son empresas familiares. En América Latina casi todos los grandes grupos empresariales son de propiedad familiar.
He tenido la oportunidad de atender a diferentes empresas familiares en tiempos recientes. Algunas en crisis, otras avanzando, otras en lucha por solucionar sus problemas, otras ya consolidadas y firmes. Para nadie sería una novedad la afirmación de que estas empresas tienen muchas ventajas. Pero la sucesión no es fácil. Sólo el 15% llega a la tercera generación.
¿Cómo transferir esa empresa que el padre creó de la nada, con mucho sacrificio, a veces hasta el límite, a sus hijos? Y a sus nietos. Como éstos vieron ya todo resuelto, con frecuencia, en lugar de recibir con espíritu de aprendices la empresa, se sienten dueños, con un orgullo no siempre sano y respetable; y en algunos casos quieren hacer cambios, sin experiencia y sin haber “sufrido” la empresa.
En algunos casos los padres dieron a sus hijos la mejor educación, quizás enviándolos al extranjero. Y así, dedicándose éstos sólo a estudiar, quizás desconocen el proceso que vivió la empresa, y un buen día llegan con las pretensiones que da en los novatos el título bajo el brazo.
La sucesión puede ser difícil. Y con frecuencia después de la segunda o tercera generación, la empresa se vende. O simplemente decae.
El cimiento del éxito en una empresa familiar se coloca en el hogar, desde la misma niñez y adolescencia; si no, puede llegarse tarde, cuando ya la sociedad ha arrebatado a los hijos. Pero cuando este cimiento ha sido bien puesto, la empresa tendrá paz y prosperidad por largo tiempo.
En esa educación padre y madre tienen igual responsabilidad, con roles diferentes. En ciertos casos los padres deberán atreverse a vivir un cambio en las normas, las costumbres, las relaciones familiares y hasta el propio carácter.
Hay algunos problemas básicos que es necesario afrontar.
Finanzas. Evitar confusión entre las finanzas de la empresa y la familia, pues tal confusión es inicio de pleitos. Es necesario educar a la familia en conjunto y a cada uno, en el uso del dinero propio de la familia y en el propio de gastos personales, sin echar mano al dinero de la empresa cuando la familia lo necesite.
Parece demasiado simple este tema, pero regularmente es motivo de disturbios. Hasta puede pensarse que la prosperidad de la empresa debe ser aprovechada primero para intereses particulares, y ahí estalla la incomprensión para el empresario jefe de familia; él sabe que si no se cuida la etapa de prosperidad para reinvertir en la siguiente etapa, los tiempos de bonanza quedan bloqueados.
Tiempo. El desorden en el uso del tiempo no ayuda a llevar armonía en el trabajo y en el hogar. Hay padres que desaparecen y luego exigen; reclaman porque están haciendo un sacrificio, sin notar que la ausencia de padre debilita los lazos familiares y también el orden familiar. Otro caso es que como puede haber mucha actividad, nadie sabe en la casa dónde está alguien o qué está haciendo. Así encontramos familias muy activas pero que no dan tiempo suficiente al diálogo, a los encuentros o al relax. Caminan al desconocimiento mutuo y con ello al individualismo y luego a concentrarse en la defensa de los intereses propios. Además: si la retaguardia familiar queda descubierta, los que están en la vanguardia actúan con menos seguridad en sí mismos.
Protagonismo. El protagonismo, así como la iniciativa y creatividad, se aprenden en la familia. Cada miembro de la familia debe tener sus propias responsabilidades hogareñas. Eso debe comenzar en el padre, pero incluir hasta a los hijos más pequeños. La enseñanza de este protagonismo prepara a la nueva generación para ir tomando responsabilidades un día en la empresa.
Servicio. Haber hecho las tareas más humildes en la casa, ayuda a que un hijo no ingrese en la empresa cabalgando sobre el apellido sino al contrario, ayudando en todas las tareas, desde las menos relevantes, ganando así el aprecio ajeno, la experiencia necesaria y el conocimiento cabal de todos los procesos.
Lo que deseamos recalcar es la importancia de empezar en el mismo hogar el entrenamiento empresarial. Lo que nuestros hijos aprendan con nosotros mismos en el hogar, la primera escuela, será siempre decisivo y nunca podrá ser reemplazado por ninguna universidad.
El éxito, los buenos resultados, dependen –más que de los conocimientos- del espíritu de sacrificio, de la capacidad de luchar, del esfuerzo, del persistente buen ánimo, de la fortaleza para no decaer ante fracasos sino usarlos de peldaños para subir, del compromiso personal, del afán por aprender a partir de la propia confesa ignorancia. Todo lo cual se aprende en la familia, en el hogar.
La familia es la mejor escuela empresarial. Por ello no nos sorprende que tanto éxito empresarial corresponda a empresas familiares.