ELLOS SON
Francisco Cabeza de Vaca Alba
 

José Luis Díaz Ramírez
Plató 54
Con la colaboración de Miguel Ángel de Alba
luisdiazfoto@hotmail.com

Preocupado por la gente de escasos recursos, el Doctor Francisco Cabeza de Vaca de Alba se convirtió en un moderno Quijote de la medicina que demostró que el pie diabético y el absceso hepático amebiano pueden tratarse.
 
¿Dónde y cuándo nace?

En Coyoacán, Distrito Federal, el 11 de marzo de 1929. Mis papás fueron el licenciado Francisco Cabeza de Vaca Acosta y María Isabel de Alba Padilla. Fuimos cinco hermanos: Alvar, Salvador, Jaime, María Isabel y Martha.

¿Dónde realizó sus estudios?

La primaria, en la escuela “Mier y Pesado”, en la ciudad de México; ya en León, la secundaria y preparatoria. De mis maestros recuerdo a los doctores José Guadalupe Valadez y Luis Hernández Gutiérrez; de mis compañeros, a Efraín Aranda, Mario Sopeña, Manuel Torres Madrazo, Eduardo y Carlos Maquiavelo. En 1960 me recibí como médico, porque tardé como dos años en decidirme a presentar el examen porque varios médicos nos habían amenazado a Manuel Torres Madrazo y a mí con reprobarnos por dar consultas gratuitas a gente de escasos recursos. Cuando me decidí, pasé el examen con altas calificaciones.

¿Cómo surge su inquietud por la medicina?

Cuando llegué a León, a casa de mis abuelos, querían ponerme a trabajar, por lo que mejor me metí a estudiar. Vinimos a León porque mataron a mi papá, quien era el fiscal del caso Trotsky, y amenazaron a mi mamá con matar a sus hijos. Llegamos con mis abuelos y tuve que estudiar y trabajar para ayudar a sostener a la familia. Tenía 14 años. Aparentemente mi padre murió de un ataque cardíaco, pero quienes lo mataron dieron a conocer que lo habían envenenado y que sus hijos correríamos la misma suerte.


En la escuela de medicina, a finales de la década de los cincuenta, donde varios médicos le habían amenazado con reprobarle por dar consultas gratuitas a gente de escasos recursos.

¿Qué era lo que más le atraía de ser médico?

La atención a los pacientes, tratar de quitarles problemas. Tengo muchos pacientes, aquí en León, en todo México y hasta de Estados Unidos, porque me especialicé en pie diabético. Esto fue porque don Daniel Ruiz, el dueño del hotel Francés tenía que ir cada semana a la ciudad de México a ver a un médico, por lo que me propuso que si me dedicaba a atender esa enfermedad, pagaba mis estudios.

Entonces no existía el estudio de las especialidades como tales, por lo que tuve que aprender del doctor Carlos Sánchez Mejía, y tras curar al señor Daniel Ruiz, me dediqué a atender principalmente pie diabético. Poco a poco se fue corriendo la voz de que había un especialista en pie diabético en León y comenzaron a llegar pacientes de Querétaro, San Luis Potosí, Michoacán, Jalisco, Estados Unidos... Trabajé con Santiago Hernández Ornelas, Efraín y Benjamín Aranda, Mario Sopeña, Mario Ontiveros, Luis Hernández Gutiérrez, Eduardo y Gustavo Díaz Infante, José Sashida y el doctor Contreras, decidimos construir el Centro Médico.

¿Qué sigue en su historia?

Fui uno de los primeros en tratar el absceso hepático amebiano con medicamentos, porque antes se operaba, así como el pie diabético, aún en contra de mis colegas que decían que eso no se podía hacer y hasta me tacharon de charlatán. La técnica ya existía y yo solamente la traje a León. Aún ahora, en la mayoría de los casos, los médicos siguen amputando, a pesar de que existe un gran número –entre el 85 y 90 por ciento- de casos de pie diabético que puede curarse y esto va a ser publicado en noviembre en una revista científica internacional, con todos lo protocolos.


Rodeado por su familia, el Dr. Cabeza de Vaca, quien para sus hijos significa un orgullo…
“No pudo tocarnos un papá mejor. Siempre ha visto por la gente”, señalan.

¿Quiénes hicieron ese estudio?

Lo estoy realizando con el doctor Alejandro Macías, infectólogo, y un grupo de investigadores como el doctor Muñoz Barret, la doctora Welsi Ramírez y mi hijo Francisco Cabeza de Vaca Elizondo. Es un estudio bien fundamentado que refleja lo que he hecho durante 45 años: salvar pies diabéticos. Estamos asimismo buscando la forma de crear una fundación para atender a la gente de escasos recursos, pues la diabetes ya es la causa de muerte número uno en México. Recientemente abrimos la clínica de diabetes “Dr. Cabeza de Vaca”, con especialistas para atender a los enfermos de diabetes.

El pie diabético es una complicación de los diabéticos que los mutila y hasta les puede causar la muerte. El estudio demuestra que puede tratarse y hace dos meses decidimos crear la clínica de diabetes para hacer un manejo integral, con endocrinólogos, nutriólogos, oftalmólogos, cirujanos, dentistas. Adicionalmente estamos construyendo la clínica de manejo de pie diabético “Dr. Cabeza de Vaca”, la cual estará sustentada por una Fundación, aquí en el Centro Medico del Bajío.

¿Qué significan estas clínicas para usted?

Me da mucho gusto porque vamos a evitar muchas amputaciones innecesarias. Antes se gangrenaba un dedo y cortaban hasta la rodilla o hasta la ingle; los médicos le tenían mucho temor a la gangrena. Cada paciente al que salvo su pierna me deja una gran satisfacción.

¿Qué aconseja a sus hijos?

Que traten de cuidarse en todos los sentidos, que sean rectos en su vida diaria; que eviten los vicios y los problemas familiares. Como profesionistas, que traten de ser éticos.

¿Cómo es su papá? (Alejandra, hija):

Es un orgullo para todos sus hijos. No pudo tocarnos un papá mejor. Siempre ha visto por la gente. Fue el papá de sus hermanos y toda su vida ha trabajado para otros. Es muy generoso y todo lo ha hecho pensando en dejar a sus hijos un futuro asegurado. Siempre ha pensado en los demás, antes que en él. Tal vez nos faltó mucho convivir con él de chicos porque trabajaba mucho, pero los ratos que nos daba eran de calidad. Viajábamos mucho, nos divertíamos... a veces eran viajes de un mes en camioneta. Siempre nos ha dado buenos consejos; nos enseñó a trabajar, a ver por los demás, a no discriminar a la gente. Y lo hizo con el ejemplo. Era común ver la casa llena de pacientes y la alberca repleta de los hijos de sus pacientes nadando con nosotros. Como abuelo de nueve nietos, es muy cariñoso y muy juguetón.

¿Qué le queda por hacer?

Seguir trabajando, de día y de noche, hasta que el cuerpo aguante.