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Otto Granados Roldán
Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades, ITESM; Campus Aguascalientes
otto.granados@itesm.mx |
Una rápida revisión de la historia económica de México desde la segunda mitad del siglo XIX hasta nuestros días arroja varias constantes profundamente arraigadas en los (malos) hábitos del país: una es la improductiva y equivocada noción de nacionalismo que, lo mismo en la época de la substitución de importaciones que en la del desarrollo compartido, supuso que la economía cerrada era la mejor receta para el crecimiento. Otra es la gigantesca propensión del estado a estar presente en todo: desde qué producir en el campo hasta cómo bloquear la inversión extranjera directa e inhibir la competencia. Una tercera es la enfermiza adicción empresarial a pedir todo el tiempo que vuelva el manto del proteccionismo, y, finalmente, la creencia de que todo lo que sobrevuela el paradisíaco firmamento mexicano proviene, inexorablemente, del número 1600 de la avenida Pensilvania. Es decir, de la Casa Blanca.
La realidad, terca y dura como siempre es, muestra sin embargo que las cosas ya no son así. O bien que nunca lo fueron. Veamos.
Cada vez que hay elecciones presidenciales en Estados Unidos la pregunta que la gente se hace es: ¿Cuál de los candidatos le conviene más a México? Esta forma de ver las cosas incurre en el tremendo error de simplificar una relación que es variada, muy compleja, estrecha y dinámica, al reducido expediente de saber el nombre del presidente de los Estados Unidos. Este enfoque revela que muchos agentes económicos y políticos siguen teniendo una visión bastante provinciana de lo que significa la relación bilateral entre México y la superpotencia, e ignora de tal forma cómo se hace la política en Washington que supone que basta con la buena voluntad de una persona para que los vecinos del sur se vean beneficiados. No, el asunto es mucho más enredado y tiene un impacto más profundo de lo que piensan las opiniones superficiales.
Para empezar hay que señalar que, cuando muchos temen la llegada de los demócratas porque están en contra del actual tratado de libre comercio o de una solución integral al tema migratorio, olvidan que quién diseño originalmente la negociación del tratado fue un gobierno republicano (Bush padre) y que quién promovió la autorización de la vía rápida fue un gobierno demócrata (Bill Clinton), así como el hecho de que, en la segunda presidencia de Bush hijo, la Cámara de Representantes estuvo dominada por los demócratas presididos por Nancy Pelosi, de modo que, de haberlo querido, éstos habrían podido presionar para, por ejemplo, reabrir el tratado lo cuál como se sabe, no ocurrió.
La segunda razón es que algunos observadores en el frente empresarial mexicano quizá sean buenos para hacer dinero, pero malos para entender la lógica de la política electoral. En campaña no hay candidato alguno, de cualquier partido y en cualquier país, que no ofrezca las perlas de la virgen. Pero, como le aconsejó Harry Truman a John F. Kennedy: “cuando has llegado al poder olvídate de las promesas y ponte a gobernar”. Y así es. Los candidatos y no pocos electores saben que la temporada electoral tiene mucho de histrionismo y escenografía y, en ese sentido, a los sindicatos norteamericanos las promesas de sus candidatos demócratas de reabrir el tratado de libre comercio y de, según ellos, defender los empleos que éste se ha llevado al sur de la frontera, es música para sus oídos. Pero nadie sensatamente cree que eso llegue a ocurrir en el supuesto de que llegaran Obama o Clinton al poder ni mucho menos, si el nuevo presidente fuera John Mc Cain, el candidato republicano.
La tercera razón es bastante más concreta: la relación bilateral es ahora, en pleno 2008, más intensa que nunca antes en la historia de México como nación independiente. Demos un vistazo rápido a algunos ejemplos:
- EEUU compra el 85% de las exportaciones mexicanas, lo que equivale a unos 199 mil millones de dólares. México es, después de Canadá y China, el tercer socio comercial de la superpotencia.
- Si le añadimos las importaciones que hacemos de aquel país, incluidos los servicios, tenemos que, cada día, comerciamos más de mil millones de dólares. Es decir, en un día los dos países compran y venden productos y servicios por un monto equivalente al presupuesto de todo un año del gobierno del estado de Aguascalientes.
- Desde que entró en vigor el TLC, las ventas mexicanas a EEUU han aumentado 396%, y las de allá para acá 223%.
- 9 de cada 10 turistas extranjeros que vienen a México, proceden de EEUU.
- El comercio agrícola entre los dos países, por su parte, aumentó de 1994 a la fecha 260%, y las exportaciones mexicanas en especial lo hicieron 265% hasta alcanzar una cifra de más de 10 mil mdd.
- Más del 80% de las exportaciones agrícolas mexicanas van para Estados Unidos.
- Más del 50% de la IED en México es generada por empresas norteamericanas.
- El año pasado llegaron a México 23 mil mdd en remesas de paisanos que viven y trabajan en EEUU. Solo para tener una dimensión correcta, las remesas significan, según el Banco de México, el 3.3% del producto interno bruto de Aguascalientes, es decir, probablemente más de lo que representa el impacto económico de la feria de abril.
Esta abrumadora catarata de cifras y datos duros son la mejor evidencia de que la relación con EEUU está ya desagregada a muy distintos niveles, que en ella participan numerosos agentes económicos relativamente aislados de la dinámica política e institucional y que en lo esencial no cambiará con independencia de quien gane los comicios de noviembre próximo.
Más aún: en paralelo a la dinámica comercial, el resto de la relación está ensamblada por una intensa gama de asuntos bilaterales, complejos y cambiantes, que van desde los conflictos transfronterizos por la migración, la basura o los recursos naturales hasta la cooperación en materia de narcotráfico y otros ilícitos, la Iniciativa Mérida, el comercio petrolero, la cooperación ambiental y tecnológica, los estudiantes mexicanos que se educan allá, y un largo etcétera de otros temas en la agenda que usualmente no aparecen en los medios.
En suma, es ya tan intrincada y heterogénea la relación que lo previsible no es menos sino más integración con EEUU y, en lugar de seguir en el diván del psicoanalista hablando de los complejos históricos de nuestra percepción de esta relación, es urgente que entendamos mucho mejor, casi tan bien como se supone que se estudia en las escuelas la historia nacional, la naturaleza de lo que significa esta vecindad: en términos estratégicos es la relación central para México.
Ya es hora de ser bastante más maduros y aprovechar mejor las ventajas de convivir con el que, al menos hasta bien entrado el siglo XXI, seguirá siendo el país más poderoso e importante del planeta.