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Otto Granados Roldán
Director Asociado. Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades,
ITESM, Campus Aguascalientes
otto.granados@itesm.mx
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Durante los últimos 25 años México ha sido uno de los alumnos más aventajados en la aplicación de las reformas económicas en América Latina –muchas de ellas contenidas en el llamado Consenso de Washington— que condujeron a finalizar con una larga época de inflaciones altas, devaluaciones, altas tasas de interés, proteccionismo comercial y bajo crecimiento económico. Si bien es cierto que ese conjunto de medidas tuvo un efecto muy positivo en la estabilización de las economías, su impacto sobre el propio crecimiento o la elevación de los niveles de equidad social no produjo resultados espectaculares e incluso, en algunos casos, éstos fueron francamente mediocres. La evidencia disponible prueba que, en una alta proporción, la parte negativa fue una consecuencia de que los problemas estructurales existentes antes de las reformas no fueron corregidos oportunamente o bien, porque algunas de las medidas modernizadoras fueron aplicadas de manera parcial o muy lenta.
El discurso de los empresarios y políticos populistas y tradicionales, fundado básicamente en aquello que arroje demagogia o dividendos electorales y no en la evidencia empírica y rigurosa de cómo funciona la economía, suelen aprovechar algunas de esas ineficiencias para proponer, con una dosis de adicción al suicidio digna de mejores causas, que se “cambie el modelo”, que se “cierre” el comercio o que se “reactive” el mercado interno, como si tales acciones estuvieran a capricho de las autoridades financieras mexicanas en una era de intensa globalización. Esos disparates han resurgido estos días, a propósito de la previsible recesión de la economía norteamericana y la volatilidad de los mercados bursátiles y conviene por ello situar las cosas en una dimensión política y técnicamente correcta.
Desde el último trimestre del año se vino anticipando que 2008 sería un año difícil para la economía norteamericana y, desde luego, para México. En este pronóstico –basado principalmente en el tremendo déficit presupuestal norteamericano y en la crisis hipotecaria- existen dos expresiones que es necesario identificar para comprender racionalmente el problema. Una tiene que ver con el hecho de que en buena medida, el funcionamiento de las bolsas de valores o, mejor dicho, de los inversionistas bursátiles, tiende a sostener un comportamiento psicológico que acentúa el pánico en las decisiones de los mercados. Lo que estos días ocurre es el efecto de una larga temporada de ganancias exageradas que, en su día, fueron definidas por Alan Greenspan como “exuberancia irracional” y, por tanto, el mercado, que al final suele ser sabio, está haciendo una corrección para que las aguas vuelvan a un cauce más o menos racional. La otra parte es lo que ocurre con el sector real de la economía -es decir, la producción, las ventas, los empleos, los ladrillos, las máquinas, etc.- y es ésta la fotografía que México debiera examinar con mucho más cuidado para medir el impacto interno y lo que debieran hacer los agentes económicos y tomadores de decisiones políticas.
Lo primero es aceptar que nuestra economía ha estado estrechamente vinculada a la economía norteamericana, al menos desde las últimas décadas del siglo XIX y hasta ahora, y este es un fenómeno que difícilmente se modificará en los próximos cincuenta años por más que la retórica insista en una diversificación tan deseable como lejana. Por ende, si la economía más grande del mundo y la que más importa para nosotros enfrenta una probabilidad de 60% de entrar en recesión, esa economía bajará sus niveles de producción, de consumo, de empleo o de importaciones de otros países, México incluido.
Al ocurrir ese efecto, las exportaciones mexicanas también disminuirán y con ello, la producción, el empleo y el consumo ligado o derivado de este sector de la economía. De hecho, ya está sucediendo. Por ejemplo, las ventas en supermercados muestran cierta desaceleración, las exportaciones de automóviles fabricados en México disminuyeron casi 5% en 2007 y podrían descender más todavía; las remesas que mandan los trabajadores mexicanos, en especial los empleados en el sector de la construcción, se empiezan a resentir, y las autoridades mexicanas y los analistas ya disminuyeron el pronóstico de crecimiento para México, de 3.5 por ciento a 2.7 o 2.8 en el mejor de los casos para este año.
Pues bien, esta historia no es nueva como tampoco es nuevo que los resortes que movemos para reaccionar a estas situaciones suelen ser tardíos y equivocados. Por lo tanto, es una inmejorable oportunidad para que los actores políticos y económicos sean serios y rigurosos, examinen con mucho detalle cómo está la economía internacional, y actúen en consecuencia en el terreno correcto y en el momento oportuno, dejando de lado lo obvio: culpar a EEUU, el modelo, la apertura o el liberalismo. En otras palabras: ¿qué hacer en una coyuntura singular y compleja? Hay que moverse con tino en dos vertientes, ninguna de las cuales, por cierto, depende de variables externas.
La primera es clara: ningún país crece si no aumenta su inversión cada año. Para lograr al menos 1.5% de crecimiento económico adicional, hay que invertir 5 puntos del PIB. Por consecuencia, no hay más que dos caminos para hacerlo: elevar los ingresos públicos mediante una reforma fiscal verdadera y seria a fin de que el gobierno gaste más en sectores productivos –innovación tecnológica, investigación y desarrollo- y atraer mucho más inversión privada en las áreas estratégicas donde ahora es urgente: energía e infraestructura. ¿Depende esto del señor Bernanke o de los europeos o de la NYSE? No, depende de que los legisladores mexicanos dejen de rehuir lo esencial, de eludir su responsabilidad, y hagan las reformas que faciliten ese objetivo.
Y la segunda: no hay mercados eficientes si no se asegura una libre competencia de los agentes ni flexibilidad laboral. Los datos duros indican que los esquemas cuasi monopólicos presionan terriblemente al alza los costos de las empresas y las dejan en una situación de desventaja respecto de sus principales socios comerciales. Por ende, es indispensable hacer las reformas estructurales clave como la energética, la laboral, la generalización del IVA y la eliminación de los regímenes especiales, la de plena apertura en telefonía fija y celular o la educativa, puesto que solo acometiendo este objetivo que es, hay que insistir, un asunto de política doméstica, lograremos tener mejores defensas frente a la turbulencia internacional y los ciclos económicos.
Es urgente exigirle a partidos, gobernantes y legisladores que asuman en un año como este, donde no hay elecciones importantes, una responsabilidad mayor, más decisión y más audacia para dar el paso hacia la apertura en algunos de esos sectores mencionados, dejando atrás la mascarada del nacionalismo arcaico y el lenguaje populista. Mientras eso no ocurra, todos vamos a resentir el coletazo económico y, otra vez, tendremos un sexenio perdido.