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José Luis Díaz
Plató 54
Con la colaboración de Miguel Ángel de Alba
luisdiazfoto@hotmail.com
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Con la vocación de servir en las venas, la maestra Aguilar fue directora del DIF en cuatro administraciones estatales; participó en el área educativa, actividades recreativas y culturales y actualmente, se desarrolla en la Fundación Vamos México y en el Centro de Estudios Vicente Fox como representante del área de atención ciudadana… “Creo que mi misión ha sido venir a tratar de dibujarle una sonrisa a alguien”, consigna.
¿Cuándo y en dónde nace?
En León, en 1939. Mis papás fueron José Aguilar Macías y María Gómez; fuimos cinco hermanos, Eduardo, Enrique, Mario (†), José Luis (†) y yo, así que por ser la más chiquilla y la única mujer me tocaron las jaladas de trenza y las correteadas... He sido afortunada, porque Dios puso siempre cerca de mí a muchas personas lindísimas; tengo muchas amigas con las cuales me junto frecuentemente, porque en los barrios se daba mucho la convivencia, que se pierde en las colonias. Yo nací en esta casa, en el centro de la ciudad, que tenía otras características; después nos fuimos a la colonia Panorama, donde vivimos 30 años; al regresar de Guanajuato al cumplir mi ciclo, remodelé la finca y abrí la puerta del ayer para entrar al presente.
¿Cómo era el ambiente familiar en su casa?
Muy alegre; soy musical por donde quiera que me veas. Desde pequeña me gustaba la música y recuerdo que las primeras melodías que tarareaba eran “Noche y día”, “Begin to begin”, porque era lo que mis hermanos escuchaban, pues eran muy alegres, muy fiesteros. En esa alegría, en esa fiesta viví, al grado que no concibo mi vida sin la música. Escuchaba a Cri-Crí en un viejo radio todos los domingos y entre semana escuchaba la balada americana; a mi papá le gustaba la música clásica, la zarzuela, e íbamos a México al teatro. Todo eso te va despertando la emoción, la alegría, el amor por el teatro, por la música. La música me llevó a muchas otras cosas posteriores.
¿Cómo alimenta usted la amistad?
La amistad es una religión en la que crees, en la que vives y en la que tienes que aportar; si no la cultivas, si no crees en ella, muere muy pronto. Soy muy afortunada, porque este grupo de diez o doce amigas nos reunimos desde el barrio, la escuela, desde la primaria... ese es un tesoro, porque un amigo siempre te enriquece, te da más de lo que aportas.

Su trayectoria como directora del DIF en cuatro diferentes administraciones, permitió a Martha Aguilar tener una de las más grandes satisfacciones: ayudar a los más desprotegidos.
¿Cómo fue su niñez?
Parte de mi niñez y adolescencia fue en el Instituto América, fundado por la madre María de Santa Imelda Gómez, hermana de mi madre; el Instituto América es un semillero de muchas personalidades de la ciudad y yo fui a dar a los cuatro años, feliz, encantada, enamorada de la escuela. Ahí permanecí toda mi vida: kinder, primaria, secundaria, profesional, seguí de maestra...
Llevaba mi carrera feliz, dando clases, estudiando, cuando surgió una invitación -en la campaña de Luis H. Ducoing- para hablar de las necesidades del teatro Doblado. ¡Quién sabe qué tanto dije! pero al mes me invitaron a formar parte del Ayuntamiento como regidora, en la administración del doctor José Arturo Lozano Madrazo. Me fui desprendiendo poco a poco del magisterio hasta llegar a un camino que nunca imaginé, porque toda mi ilusión, mi inquietud y mi emoción era hacia lo cultural, al grado que me hubiera gustado estar en una casa de la cultura, pero es algo extraordinario poder incidir en la vida de una persona a través del trabajo social.
De todos modos mi vocación siguió: escribiendo, presentando varias obras de teatro y doña Margarita Longoria de Llaguno –una mujer preciosa, maravillosa- me invita al Baile del Cotillón, con los rotarios. Yo tenía referencias del baile, porque en la calle 5 de mayo, en casa de los Maldonado, se hacían los ensayos y me asomaba... fuera de eso no sabía nada. Llegué al Cotillón en 1967 y me tocaron los primeros 15 años del baile.
¿Qué recuerda del Cotillón?
Llegué sin saber qué era una cuadrilla, para atrás o para adelante, pero me encontré con unas señoras preciosas: Pola Isusi, secretaria del club, y Doña Margarita Longoria de Llaguno, así como a todas las que habían bailado el Cotillón, quienes me fueron enseñando. Tuve la fortuna de conocer a toda la sociedad leonesa que pasó por ahí en los 19 años que estuve. Dejé todo eso muy emocionada para irme a Guanajuato por invitación de la señora Gloria Fabela de Corrales Ayala, a coordinar el Voluntariado del DIF estatal; a los dos años me nombró subdirectora y después directora. Entonces dejé las clases, el Cotillón, un programa en la televisión, mis colaboraciones en El Sol de León y en Noticias. Corté todas mis actividades para ir a probar nuevos aires, con un puesto sumamente modesto.
¿Qué le hizo ir a Guanajuato?
La inquietud de tener la oportunidad; cuando te dan la oportunidad, hay que aprovecharla; de otro modo no vas a saber si tienes capacidad. Fue hasta los dos últimos años de la administración de la señora de Corrales Ayala cuando tuve la oportunidad, porque Eduardo Knapp, quien era el director del DIF, se fue de candidato a presidente municipal de Guanajuato; ascendí y me quedé.
Llegó el ingeniero Carlos Medina a la gubernatura y me pidió seguir hasta que llegara su esposa Martha (quien estaba al cuidado de su hijita). Cuando llegó hicimos “química” y ahí me quedé.
Recuerdo que un día fui con Medina Plascencia a decirle que si me iba a quedar que me diera “línea”...
- ¿Línea telefónica?
- No, indicaciones...
- Vengo a ser gobernador de todos los guanajuatenses y me interesan los resultados, no las filiaciones políticas.
Fue la primera lección que tuve realmente de democracia y desde ese momento dejé atrás todo lo político y mantenerme al margen de situaciones políticas para atender a toda la gente, en todos los municipios.

Ahora apoyando a la fundación “Vamos México” desde el área de atención ciudadana,
continúa desarrollando su espíritu altruista.
¿En qué momento surgieron las “Cricks”?
Cuando estaba en el Instituto América como maestra de literatura una actividad era la lectura en grupo y comencé a pensar en montar pequeñas obras de teatro, pero no había piezas para mujeres. Empecé a escribir y a dirigir mis propias obras de teatro y la respuesta fue maravillosa: presenté como siete u ocho en el auditorio del Instituto América.
Un día recibí una llamada de Luz Marcela Vera, quien acababa de regresar de Irlanda; me dijo que venía a trabajar en beneficio de los niños de León, en una escuela que tenía y me invitó a trabajar: ¿Por qué no sacas tu teatro escolar? Formamos un grupo de chicas extraordinarias como Lucía Battaglia, Angélica Bernal, Luz Marcela Vera, Lupita Andrade, las Moncada, Alejandra Pérez, Olga Andrade, Adriana Castelazo, sus hermanas... y me puse a escribir una obra nueva, policíaca, pero no sabía cómo terminarla, ya con el teatro rentado y todo.
Luz Marcela me llevó a una habitación del Real de Minas, salió y al poco tiempo llamó por teléfono para decirme que estaba encerrada y que no iba a dejarme salir hasta que tuviera el final de la obra.
Fue un éxito que no se imaginan: la estrenamos en la discoteca del Real de Minas, luego en el teatro del Seguro Social y finalmente en el teatro Manuel Doblado. Eran los años 70 y todas eran adolescentes; comenzaron a casarse y pensé que era el fin de “Las Cricks”, pero no... la última obra que presentamos fue hace cuatro o cinco años, cuando estaba en la Dirección de Educación del Municipio de León, para dotar de lentes a estudiantes.
Es un grupo extraordinario; seguimos y tengo una deuda que espero cumplir este año. Pero no sólo hacían teatro: entonces no se usaban las botargas y nos “pirateamos” personajes Disney: mi hermano Enrique y yo armábamos las cabezas en papel maché; unas amigas hacían los trajes y nos alquilábamos para fiestas infantiles; con el dinero hacíamos fiestas o posadas en el asilo de San Antonio. Recibíamos invitaciones de todo el estado. Recuerdo que los petroleros de Salamanca mandaron un camión por las chicas y el Pato Donald se metió a nadar en una alberca. La finalidad era que las chiquillas se dieran cuenta que había algo más allá del glamour, del medio en que vivían.

Por su destacado trabajo, ha sido considerada para estar presente
en diversos foros y dar difusión a su labor.
¿Qué es lo más bonito de su vida?
Que nunca he sido aburrida; no he sabido qué es el aburrimiento. Siempre me la he pasado trabajando mucho, pero de maravilla.
¿Cuál es su misión?
Creo que ha sido venir a tratar de dibujarle una sonrisa a alguien. Al ayudar a un discapacitado, al rescatar a un niño de la desnutrición, pintas una carita feliz. El mejor premio es escuchar que la gente se ría, en el teatro. Nunca he podido escribir en serio; lo he hecho de una manera sana, divertida, sin dobles sentidos.
¿De dónde le viene la vocación de servicio?
El Instituto América fue mi formador, me dio la estructura moral para alcanzar lo que he logrado. No soy lo buena que debería ser, pero entendí que no podía quedarme dentro de mí y que fui hecha para salir, para encontrarme con el otro. La Normal fue otra etapa extraordinaria para poder incidir y el encuentro con los jóvenes, el llevarlos a la ventana para que se asomen a ver que hay un mundo maravilloso afuera. La alegría de saber que puedo dibujarle esa sonrisa a alguien... ¡ese es el motor!
¿Nunca se casó?
No, aunque fui muy noviera. Es una vocación casarte o no y poca gente tiene la seguridad de decidir qué quiere hacer. Si me hubiera casado iría en el chorroseavo divorcio, por mi inquietud. En mi época casarte era para estar en tu casa y yo quería seguir estudiando, seguir en el teatro, en la danza...
¿Se siente plenamente feliz?
No hay alguien que lo sea. La felicidad es estar bien contigo, con el que está cerca, estar bien en todos los aspectos. Somos seres humanos hechos para tener sed: siempre tenemos sed de algo y estamos buscando dónde saciarla. Hay que ver que ese espacio que tienes, que no se llena, no te coma. Creo que no existe el ser pleno, pero soy una persona que vive contenta, alegre; que a pesar de la edad me gusta lo que hago, porque trabajando me siento bien, no me siento vieja.
¿Es una persona religiosa?
Si ser religioso significa ir al templo a rezar, no lo soy; si significa creer en el ser humano y en sus capacidades, sí. Creo en la religión a través de la vida, de mi hermano; soy católica ferviente, pero no llevo la práctica como debiera.
¿A quién admira?
A ti José Luis, porque eres creativo, positivo; a la persona que sale a luchar todos los días; a la gente que se levanta de su adversidad, a quien tuvo un fracaso y se levantó. Tienes la oportunidad de admirar y retroalimentarte con personas todos los días. Todas las noches rezo y recuerdo mis momentos amargos y felices; los amargos, tu te los buscaste; los más felices, cuando alguien te sonrió o tuvo un gesto contigo. A través de esa religión, de ese análisis, llego a la conclusión de que los días tristes son aquellos que pasaron sin darte la oportunidad de hacer algo por los demás, que saciara un poco mi sed. Admiro a la madre Teresa de Calcuta, a Walt Disney, a Cri-Crí, a Su Santidad Juan Pablo II.
¿Cómo pueden los lectores encontrar lo positivo?
En el momento en que cada día abres los ojos ya es positivo, porque la vida es un riesgo constante. Positivo es levantarse y decir: “estoy vivo”, tengo todo lo que Dios me dio... Y es que todos esperamos que lo positivo sea macro: hemos perdido la capacidad de asombro y dejamos de ver las cosas simples. Si esperas ganar la lotería, que te asciendan en el trabajo, eso te va a frustrar, porque nunca vas a alcanzar el objetivo pero si dices “soy un ser pleno, con capacidades y puedo hacer lo que quiera este día”, va a ser un día positivo. Es una fórmula: si te levantas derrotado, vas predispuesto al agobio de las situaciones, de las penas.
Cuando se pierde la capacidad de asombro, con todos los milagros que tenemos, perdiste la alegría de vivir, porque ya todo es mecánico, rutinario; cuando te asombra encontrar a una persona, una música, un paisaje, disfrutas de la vida. Alguien dirá que esas son tonterías, simplezas y sí, la vida está llena de cosas simples. Esto me ha servido para desempeñarme con mucha pasión.
¿Cuál ha sido su mayor satisfacción?
Haber servido. Dentro de mis limitaciones, fui capaz de dar algo. Y sigo dándome.
¿Siente que ha perdido valor la palabra “servidor público”?
No sólo está gastada, sino que ya no se usa de esa manera pero hay excelentes servidores públicos, si no ¿qué sería de nuestro país? Fui directora del DIF con cuatro gobernadores; fue una experiencia muy rica porque pude dar continuidad al trabajo. Vicente Fox cambió mi visión de trabajo, llenándola de calidad.
Después vine con Luis Ernesto Ayala a la Dirección de Educación Municipal y me reencontré con los rotarios, a quienes tanto admiro y respeto con una gratitud enorme y formamos un grupo para hacer bibliotecas: la de Loma Bonita. fueron tres años preciosísimos. Ya no quería regresar al DIF, pero llegó Ricardo Alaniz y me dijo que no iba a dejar que mi experiencia se llenara de telarañas y me tocó conocer a una mujer maravillosa: Reyna de Alaniz.
Ahora que estaba pensando en un año sabático, me llega la invitación para hacerme cargo del área de atención ciudadana con el proyecto de los señores Fox, en la Fundación “Vamos México” y en el “Centro de Estudios Vicente Fox”. En esta etapa he podido ayudar, junto con los Señores Vicente y Martha Fox a muchísima gente.
¿Cómo quisiera ser recordada?
Cuando yo parta de astronauta quiero música; que en mi funeral pongan toda la música que me gustaba; no quiero a nadie de negro... Que me recuerden como una mujer alegre, rodeada de música, de amigos, de afectos.