DE INTERÉS

El gobierno Calderón: ¿fin de la luna de miel?

 

Otto Granados Roldán
Director Asociado. Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades, ITESM, Campus Aguascalientes
otto.granados@itesm.mx

Si alguna vez lo hubo, lo más probable es que el período de gracia que suele dársele a los nuevos gobernantes en México ha llegado a su fin en estos días. El presidente Calderón puede ahora, con una perspectiva mucho más sosegada, informada y completa, hacer un balance riguroso y objetivo de su gobierno, tomar las decisiones que deba, retomar la iniciativa integral de las políticas públicas y prepararse para unos años movidos, complejos y ásperos.

Por una parte, los activos. No es un logro menor que, tras el accidentado proceso electoral y sus secuelas, un año después la estabilidad política y de las instituciones funcionen de manera más o menos normal. Si bien es cierto que hay numerosos conflictos locales, marchas y presiones de todo tipo, no existe la tensión social colectiva del verano de 2006 ni mucho menos, una crisis o una serie de ellas de verdadero alcance nacional. Calderón tomó posesión –quizá no con la mejor estética pero lo hizo-; integró su gabinete; se desplaza cotidianamente; los otros dos poderes trabajan con normalidad, al igual que los gobiernos estatales; no hay conflictos poselectorales, y nadie puede aportar evidencia seria (no ideológica o partidista) de que la política en México sea un terremoto imparable.

El segundo activo es que, mal que bien, en los primeros meses el presidente ha parecido, en efecto, presidente. Tras los desfiguros y la esquizofrenia de Vicente Fox, Calderón decidió tomar dos decisiones en ese sentido. Una, emprender una cruzada mediático-policíaca en relación con la delincuencia organizada y la seguridad pública que dieran la sensación de que había mando, y la otra es que, por razones delicadas pero muy entendibles, ha privilegiado su autoridad constitucional sobre una de las zonas de seguridad más complejas del Estado -los militares-, entre otras cosas porque ello tiene siempre un valor emblemático pero también porque le es conveniente una alianza táctica. Que el renglón más apreciado en las encuestas sea precisamente éste, sugiere que, en principio, fue la medida correcta.

La tercera ganancia es que, como ya se ha vuelto hábito, la economía, en especial la macro, permanece en buenas manos y los indicadores son razonablemente estables. Aun cuando la competitividad y el crecimiento siguen siendo muy mediocres, para la vieja tradición de convulsiones y crisis en la historia económica, que no haya marejadas ya es ventaja.

Y el último factor positivo es que ha tejido, al menos hasta ahora, una interlocución con partidos, gobernadores y legisladores fluida y parcialmente eficaz, de lo que la Ley del ISSSTE es quizá el ejemplo. Por lo que se sabe, Calderón dirigió personalmente la estrategia, delineó 30 o 40 pasos concretos que había que dar en las semanas previas a la discusión legislativa, ensambló los acuerdos adecuados y la reforma se produjo. Con todo y los ditirambos verbales, hay una relación apropiada con el PRI y el resto de los partidos pequeños; FCH se está beneficiando de la disolvencia interna del PRD y todo apunta a que, a más tardar en el primer semestre del año próximo, se habrá completado la operación guillotina del actual presidente del PAN para dar paso, por ende, al control de Calderón sobre sus propias huestes.

Vistos hacia atrás, todos esos logros son reales y valiosos. Pero mirando hacia el futuro de corto y mediano plazo todos ellos parecen haber entrado en la fase de rendimientos decrecientes. Veamos las cosas en perspectiva.

La prioridad política más urgente de Calderón es ganar la elección intermedia del 2009; para ello necesita dos cosas. Una es controlar el proceso de nominación de los candidatos de su partido -lo que parece viable— pero lo otro es más complejo y consiste en que, dentro de dos años, el electorado perciba una mejoría real y concreta en sus niveles de empleo, de bienestar material y, en suma, de calidad de vida. Y aquí empiezan los atorones.

  1. La estabilidad macroeconómica no es ya un fin último sino apenas una de las condiciones necesarias -importante, en efecto- para pasar a la etapa más urgente que es crecer, ser más competitivos e incrementar la productividad. Y no se ve por ningún lado una estrategia contundente de política pública en esa dirección. Los pronósticos de crecimiento para este año han sido ajustados a la baja y se espera apenas un 3.1%; el informe sobre competitividad global del 10 de mayo pasado del Institute for Management of Development bajó en dos lugares a México –del 45 al 47-; el gobierno ha fracasado en “vender” la reforma fiscal -la cuál, de suyo, no era ya una reforma como tal- a los actores políticos, empresariales y mediáticos, y la muy previsible “oleada antimonopólica”, para ajustar los abusos y la dominancia de Telmex y otros jugadores, tomará al gobierno descolocado y no se ve por dónde podría meter orden al respecto. Los desafíos, cada vez más estridentes y amenazantes de Carlos Slim, hacen suponer que para cuando FCH decida actuar, los monopolios se habrán preparado tan bien que el gobierno podría ser jurídica, política y mediáticamente derrotado.

  2. La segunda cuestión es que la estrategia contra la delincuencia se agotó al parecer. El primer problema es que el uso excesivo de fuerzas militares en acciones que, teóricamente, corresponden a autoridades civiles, debilita a los gobiernos locales, produce una tensión inevitable entre distintas corporaciones, aumenta la desconfianza de los ciudadanos en sus propias policías y no resuelve el problema de fondo que es el complejo aparato logístico, paramilitar, tecnológico y financiero que sostiene a la delincuencia organizada. Y el segundo es que, de acuerdo con la experiencia internacional, ante un ilícito muy distinto, es improbable que funcionen los métodos propios de una guerra convencional. Diversos organismos internacionales reconocen que, a pesar de todos los esfuerzos que se hacen y el dinero que se gasta en acciones espectaculares, apenas 13% de los embarques de heroína y 28% de los de cocaína son interceptados con éxito. Por tanto, el peregrinaje militar es solo un paliativo temporal frente a un problema de dimensiones inéditas.

  3. El tercer pasivo es que los adversarios ya parecen estar en franca rebelión. Dos ejemplos. El jefe del gobierno capitalino parece haber ya considerado que le resulta políticamente rentable entrar en conflicto verbal y público con el presidente porque lo afianza a los ojos de una facción del PRD, le permite usufructuar lo que queda del lopezobradorismo y le da circo a una población –la del DF- extravagante y paranoica por definición, y siempre deseosa de pleito. El otro caso es el de Elba Gordillo; el desplante escenográfico y verbal con que abrió fuego al declararle la guerra a la titular de la SEP -después de que, como es ya usual, le habían sacado a los gobiernos federal y estatales aumentos salariales por completo escandalosos e injustificados- no es solo muestra de la demencia crónico-degenerativa de la maestra sino un abierto reto en función de que el gobierno estuviese preparando el derrocamiento de la líder magisterial.

  4. Y el cuarto y último tiene que ver con su propio equipo. Está claro que hay, de hecho, varios gabinetes: el de Los Pinos, el de los técnicos, el de los panistas y el resto. Pero se cuentan con los dedos de una mano los que en verdad han probado eficacia concreta. Los dos ejemplos más alarmantes y graves tienen que ver con las áreas de seguridad y política interior.

Así las cosas, es ahora cuando empieza el verdadero sexenio y, con él, la parte más difícil de un gobierno. Si a ello se añade un contexto internacional tan cambiante con Asia y China, en especial dominando espacios crecientes en el comercio exterior; con Estados Unidos en pleno declive de Bush, el fracaso en Irak y las elecciones presidenciales; con Europa ocupada en el relanzamiento de su tratado constitucional, y con una América Latina dividida y contrastada, tampoco es de fuera de donde vendrán vientos favorables. Los próximos cinco años y cinco meses serán para Calderón todo, pero no un día de campo.