DE INTERÉS

¿Qué puede hacer el próximo alcalde de Aguascalientes?

 

Mtro. Otto Granados Roldán
Director Asociado. Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades, ITESM, Campus Aguascalientes
otto.granados@itesm.mx

El próximo 5 de agosto los aguascalentenses tendrán que votar, de nueva cuenta, a once alcaldes y a 27 diputados locales. Las elecciones intermedias suelen no llamar demasiado la atención, a menos que haya condiciones extraordinarias que propicien una alta participación, y si bien es cierto que el tema de la inseguridad –como lo examiné en un número anterior de esta revista- ha incentivado una mucho mayor preocupación en la ciudadanía como lo reflejan las encuestas, no parece ser todavía –y quizá equívocamente-un motor suficiente que arroje una abundante asistencia a la urnas.

Lo interesante, sin embargo es que, al menos desde hace tres sexenios, los resultados de este tipo de elección no han favorecido al partido gobernante en turno. En 1989 el PRI casi pierde la alcaldía de la capital y la irritación panista llegó hasta el presidente de la República durante una gira de éste por el estado; en 1995 el PRI resultó derrotado en 4 municipios y quedó en minoría en el congreso local, y en 2001 el PAN perdió casi todas las presidencias municipales y una buena parte del poder legislativo. Las razones son poco claras pero podrían condensarse en una hipótesis: los electores quieren mandarle un mensaje a los gobernantes de que esperan de ellos una rectificación de aquellas cosas que no les gustan. 2007 podría quizá repetir el precedente.

Si quien resulte electo para el caso de la ciudad de Aguascalientes hace el intento de proceder con una mínima lucidez y profesionalismo y no cae en el error de suponer que es el hombre más popular y querido y por tanto puede hacer lo que quiera, debiera observar algunas reglas que den cierta efectividad a su gestión. Estas son algunas de ellas.

1. Evitar el populismo

En toda campaña los candidatos ven mil cosas, reciben infinidad de peticiones y escuchan cientos de discursos lacrimógenos con demandas que, en buena parte, son meros caprichos de la comunidad. Y si se gana la elección se sienten tentados a darle respuesta a esa variedad de cosas, sin importar lo descabellado que sean, como una forma de pagarle a la gente su voto. En general, este es un procedimiento equivocado y peor aún si se cae en lo que, con propiedad, don Jesús Reyes Heroles llamaba “gobierno corcho” es decir, aquél que, por querer conciliar a todos, acaba por no gobernar. Esto, desde luego, es una trampa: en una democracia representativa se vota por un candidato, un partido y un programa, y el votante espera que, en lo fundamental, el ejercicio de gobierno sea coherente con lo que se ofreció.

2. Integrar un equipo profesional

En especial los del PAN son altamente propensos a llenar sus equipos con cómplices, familiares y aliados de otras épocas en las lides partidistas. Este es un serio error porque se termina por ensamblar un equipo inútil, que le cuesta mucho al estado y a la ciudad, desgasta políticamente a los gobernantes y, al final, los saldos son penosos. Todos los expertos en gobierno coinciden en que el factor decisivo para integrar una administración consiste en seleccionar a quienes tienen soluciones concretas a problemas concretos. El nuevo alcalde, pues, debe articular su equipo con base en criterios claros de eficacia, lealtad y aceptación del programa de gobierno elegido.

3. Priorizar, priorizar y priorizar

Todos los candidatos electos tienen pretensiones totalizadoras, algunas absurdas y otras francamente surgidas de alguna alucinación química. La cuestión es que no hay gobiernos que sean buenos para todo, el período no es eterno y los recursos no son ilimitados. Por lo tanto, cualquier nuevo gobierno tiene que priorizar sus tres, cuatro o cinco políticas públicas sobre las que va a girar la acción del gobierno a lo largo del trienio y estas deben concentrarse hacia dos objetivos clave: crecimiento económico y cohesión social. Está clarísimo que la prioridad de la ciudad de Aguascalientes es neutralizar y estabilizar, al menos, el serio problema de la inseguridad y colaborar con el gobierno estatal en la generación de las mejores condiciones para que la economía del estado crezca y genere empleos sostenibles y productivos. Las florecitas vendrán por añadidura.

4. Ser y parecer

En unas memorias formidables, Francois Miterrand decía que hay que actuar con sentido del deber, con noción de la historia y con visión de estado. Es, desde luego, mucho pedirle a los políticos locales de ahora todo eso, pero podríamos conformarnos con una sola cosa: el alcalde, aún siendo un cargo de nivel medio, es y debe parecer eso: alcalde. No es un gobernador, no es un secretario estatal, no es funcionario federal, no es un legislador, no es un artista. Es un funcionario encargado de hacer que la ciudad sea eficiente, limpia, segura y, en la medida de lo posible, moderna y amigable. Nada más pero nada menos tampoco.

5. Evitar la tiranía de las encuestas

Cuenta un encuestador mexicano que cuando alguien le dice que no cree en las encuestas él responde: “Yo tampoco. Creo en el negocio de las encuestas”. En estos tiempos, es enternecedor ver a políticos que parecían chicos duros palidecer cuando les muestran los sondeos del día y preguntar, casi suplicantes: “Y ahora ¿qué hacemos?”. Es un error. C omo recurso psicológico para incrementar la autoestima personal, quebrarse la cabeza por los niveles de popularidad es poco práctico. Fox tenía un muy apreciable porcentaje de aprobación, pero nunca logró superar esa imagen casi crónica de derrota. Y como incentivo político son muy relativas pues, como no hay reelección, el político no obtiene ganancias tangibles de lo que las encuestas dicen.

6. Dejarse de frivolidades y ponerse a trabajar

La mayoría de los gobernantes no solo se sienten soñados sino que suponen que, como tales, su obligación principal es bajar del olimpo para supuestamente congeniar con sectores ciudadanos a los que, a la vuelta de los años, jamás volverán a ver. Eso, que en principio suena bien, es un uso ineficiente del tiempo. Atender todos los bautizos, misas, responsos, matrimonios, cumpleaños, competencias deportivas, honores a la bandera y colectas de la Cruz Roja , distrae de manera crucial de un tiempo que es escaso y que hay que dedicar a estudiar los problemas, comprender la dinámica social y política, anticiparse a las contingencias, tomar decisiones y ejecutarlas, evaluar cómo van las cosas, negociar con el estado y el congreso, y confirmar o cambiar el camino seguido. Todo eso, además, demanda concentración y capacidad, en especial si son bienes muy modestos, como sucede en estos tiempos.

¿Habrá alguno de los actuales candidatos que entienda estas reglas? Es difícil predecirlo pero, por si acaso, siga el consejo de algún humorista norteamericano: los políticos son como los pañales: hay que cambiarlos con frecuencia y siempre por la misma razón.