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Rodolfo Franco
Analista Político
laverdaddelcentro@yahoo.com
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La constante preocupación que muestra el sector empresarial por el impactante fenómeno de la globalización de los mercados, pudiera estar mal fundada y orientada, provocándole la pérdida de energía, atención y concentración que su empresa le demanda.
La tendencia de los mercados a extenderse y alcanzar dimensiones mundiales no es un fenómeno nuevo, ni necesariamente dañino, antes bien puede ser aprovechado; solo basta voltear la mirada a nuestro entorno para obtener ejemplos que sí resultan positivos, pues sin estos las sociedades no hubieran logrado desarrollarse, veamos:
La rueda, es un invento que proviene de la antigua Mesopotamia y data del año 3,200 antes de Cristo, desarrollada en 1846 por el inglés Thomas Hancock y perfeccionada en el año 1888 mediante goma inflada por el escocés John Boyd Dunlop. No existe a la fecha un sustituto de tan indispensable invento y no por ello hemos perdido competitividad.

Los trazos de los incipientes caminos se basaban en la orientación de las estrellas y posición del sol, luego fueron auxiliados por la brújula inventada en China en el año 1,090. Ahora existen herramientas más poderosas como el GPS, que utiliza la misma lógica de la brújula.
La necesaria pólvora junto con las armas de fuego llegó con los españoles. La pólvora fue inventada en la China del año 1,200, basada en una mezcla de salitre, azufre y carbón, mientras que las armas surgieron en el siglo XIV en Europa. Ambos inventos, ahora indispensables instrumentos de control, sometimiento y dominio, se comercializan y utilizan en todo el mundo.
Los libros, cuadernos, archivos y expedientes, existen gracias al papel y la imprenta; el primero de los inventos atribuible a los chinos en el año 105 cuando el eunuco Cai Lun, mezcló redes de peces, corteza de árboles y trapos para crear el primer papel, mientras que en Alemania hacia el año 1,451 Johann Gutenberg desarrolló la imprenta de tipos móviles de metal.
Las locomotoras que detonaron la economía de Aguascalientes a finales del siglo XIX son producto de la inventiva del ingeniero británico Richard Trevithick, allá por el año de 1803 cuando ensambló una máquina impulsada por la fuerza del vapor, accionando los pistones que transmitían movimiento a las enormes y pesadas ruedas de acero; su locomotora se apoyaba en el invento del año de 1777, producto de la inventiva del ingeniero escocés James Watt, creador del concepto de la caldera generadora de vapor y su posterior transformación en energía de movimiento.
Las paralelas sobre las que rodaba el ferrocarril y las estructuras de acero de los talleres ferroviarios, por citar tan solo dos ejemplos, dependen de la fundición de hierro que ya se practicaba en el imperio Hitita (actual Asia Menor, regiones montañosas de Armenia y norte de Siria), pero que cobró auge en la Edad de Hierro, 600 años antes cristo en Europa Occidental.
Y qué decir de las vitales y necesarias comunicaciones, ahora revolucionadas en cuestión de días. Éstas se iniciaron en el primer tercio del siglo XIX con el Telégrafo, creación del norteamericano Samuel Finley Breese Morse en el año 1838 que apenas enviaba diez palabras por minuto. Tiempo después en 1876 el escocés y nacionalizado norteamericano Alexander Graham Bell a través de sus clases de fisiología vocal inventaría el teléfono, mientras que la telefonía celular surgió hacia el año de 1973 cuando Martín Cooper, gerente de Motorola realizó la primera comunicación.
A los anteriores inventos de comunicación le sucedería la radio en 1895, cuando el italiano Guglielmo Marconi logró lanzar las ondas hertzianas de una habitación a otra.
Respecto a la televisión -pese a diferentes intentos-, data del año de 1924 con su primera exhibición en Londres, posteriormente 1927 y es legalmente reconocida en el año de 1938. Y sobre el principal instrumento de comunicación de la era moderna, la Internet, fue desarrollada en el año de 1972 en Norteamérica por la empresa Arpanet.
En materia de salud las cosas no son diferentes. Actualmente no podríamos imaginar una cirugía sin la utilización de la anestesia, desarrollada inicialmente por el químico Humpry Davy en el año 1799 como “gas hilarante”. Dos años más tarde Horace Wells utilizó el éter y finalmente el ginecólogo James Simpson en el año 1847 utilizó el cloroformo de forma habitual; en 1853 Charles Gabriel Pravaz utilizó la jeringa como instrumento de aplicación de fármacos, en 1865 Joseph Lister aplicó los primeros antisépticos durante intervenciones quirúrgicas, en 1897 el alemán Félix Hoffman preparó la primera mezcla con ácido salicílico (aspirina), en 1921 los fisiólogos Charles Best y Frederick Banting desarrollaron a partir del páncreas de animales la hormona denominada insulina y el escocés Alexander Fleming en el año 1928 descubrió la penicilina. Más recientemente (1956) el estadounidense Gregory Pincus desarrolló la famosa píldora para prevenir el embarazo, así hasta llegar a nuestros días con el descubrimiento del mapa del genoma humano gracias a la empresa Celera Genomics integrada por científicos de 128 países.
Pero tal vez la joya de la corona del siglo XX sea la computadora, ahora herramienta integrante de casi toda actividad productiva. Surgida en 1947 en la universidad de Pensilvania, contenía 18 mil bulbos, pesaba 30 toneladas y ocupaba un área de 140 m2.
La lista podría continuar, pero si observamos herramientas tan cotidianas, todas corresponden a la inventiva y comercialización de diversos rincones del mundo, tal como acontecía con los famosos buques que provenían allende los mares, mejor conocidos como la Nao de China que traían seda, marfil, maderas preciosas y especias entre otras cosas, desde el puerto de Manila en Filipinas hasta el puerto de Veracruz.
Luego entonces, ¿por qué espantarnos de la globalización si siempre hemos vivido de ella y con ella?