 |
Mtro. Otto Granados Roldán
Director Asociado. Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades, ITESM, Campus Aguascalientes
otto.granados@itesm.mx
|
La historia del desarrollo en el mundo y la revisión de los casos de éxito en las décadas recientes coinciden en demostrar que, en el contexto de una economía de mercado eficiente, los factores que explican el progreso suelen incluir, entre otros, un genuino estado de derecho, instituciones públicas sólidas, una política apropiada de educación, investigación e innovación tecnológica, un ambiente regulatorio abierto y amigable, una visión global y, por supuesto, una clase empresarial moderna, creativa y productiva. Cuando esos factores trabajan con razonable sinergia y de manera consistente, muy en especial la empresa privada, las posibilidades de asegurar un desarrollo sostenible de largo plazo son, lógicamente, más altas. Esta es quizá, una de las asignaturas pendientes en el caso de Aguascalientes.
Hacia principios de los años sesenta, una académica de Harvard que, con el apoyo de la Fundación Ford estaba preparando una pequeña tesina sobre Aguascalientes, concluía que las desventajosas condiciones del sector agrícola y la declinación de los ferrocarriles –las dos actividades centrales en la economía local de la época—conducirían al estado a un inevitable colapso. De acuerdo con las cifras de crecimiento, la mayor parte de los años sesenta y setenta fueron, en términos generales, dos décadas perdidas, y no es sino hasta la segunda mitad de los años ochenta, primero con la llegada del INEGI y posteriormente con la avalancha de inversión nacional y extranjera, que la economía local se diversificó y se reorientó en definitiva hacia los sectores secundario y terciario.
Estas condiciones, sumadas a la política nacional de sustitución de importaciones que operó desde el sexenio de Miguel Alemán (1946-52) hasta el de Gustavo Díaz Ordaz (1964-70) así como la estructura económica cerrada del país y las cotidianas complicidades entre los gobiernos estatales de la época y algunos comerciantes locales, facilitaron el surgimiento de una decena de nombres y familias que empezaron a tener éxito económico, pero que, en la práctica, inhibieron la formación de una auténtica clase empresarial propiamente aguascalentense –moderna y visionaria- la cuál fue sustituida, en términos de su peso en el producto interno bruto del estado y su poder real, por la inversión foránea.

Para cuando México ingresa, en 1986, al GATT (antecedente de la Organización Mundial del Comercio), abre su economía, se integra al comercio internacional y en los noventa, suscribe una extensa batería de acuerdos de libre comercio, ya la fisonomía empresarial estatal había cambiado para siempre con la desaparición de buena parte de los hombres de negocios más exitosos de los sesenta y setenta, entre otras razones porque su profunda dependencia de los favores políticos, los créditos baratos, las licencias de importación, los aranceles altos, las exenciones fiscales o el mercado cautivo, fueron factores que nunca los incentivaron a aprender a competir en una economía abierta.
Es este, también, el momento en que empiezan a interesarse en la participación electoral, fundamentalmente porque era una vía muy atractiva para seguir protegiendo, desde la comodidad del poder, sus intereses económicos. No es una casualidad que algunos de los que eligieron la política, fueran también los que, unos cuantos años antes, más problemas enfrentaban con los bancos, con el fisco o con la ley, y que usaban, como ocurre hasta la fecha, los membretes empresariales para obtener favores, invitaciones o promoción personal. En suma, el panorama en pleno siglo XXI muestra que son apenas alrededor de una decena los grupos estrictamente hidrocálidos -por ejemplo, en los sectores de mobiliario y equipo para oficinas y tiendas departamentales, en la construcción, el comercio especializado, la agroindustria, el transporte y unos pocos más- los que sí lograron transitar y situarse en mejor posición competitiva.
Tal panorama ofrece, centralmente, una de las desventajas de Aguascalientes vis á vis el crecimiento de otros estados como Nuevo León, Chihuahua, Querétaro o Coahuila, por citar solo unos casos. El problema puede plantearse de la siguiente forma: una cosa es que operen cientos de empresarios en muy diversas ramas de la economía y otra, completamente distinta, es que se tenga una verdadera clase empresarial, entendida ésta como un sector o grupo cohesionado, que tiene una visión común y compartida del desarrollo del estado, que diseña y ejecuta una serie de políticas de clase o sector, que entiende la preservación de sus intereses como “parte” de los intereses del estado y que, al final del día, constituya por sí misma una “marca” estatal o nacional que haga la diferencia en un contexto determinado.
Entre otras causas, ello explica que algunos indicadores de la actividad empresarial local no comparen favorablemente cuando se les examina a la luz de los datos nacionales. Por ejemplo, ninguna empresa aguascalentense cotiza en la Bolsa Mexicana de Valores y ninguna aparece entre las 500 más grandes e importantes de la revista Expansión. Pero no solo eso, en el reciente estudio del ITESM (La economía basada en el conocimiento, 2005) los sitios que ocupa el estado en renglones que dependen principalmente de las empresas no son exactamente los mejores: en establecimientos con ISO-9000 estamos en el número 24; en inversión extranjera directa (IED) como porcentaje del PIB, en el 18; en empresas con IED, en el 21; en empresas proveedoras de Internet con cobertura estatal, en el 18; y en patentes solicitadas por inventores residentes en Aguascalientes, en el 19. Ningún empresario hidrocálido preside alguno de los grandes organismos gremiales a nivel nacional y, con la excepción de dos empresas de mobiliario para oficinas y maquinaria agrícola, muy rara vez aparecen en medios de circulación nacional, como sucede, cada vez con más frecuencia, con los de otros estados, incluso en campos ajenos a la economía, como son la educación o la cultura.
Si solo fuera una cuestión de visibilidad, pasa. Pero el problema grave es que todo ello muestra que, en efecto, Aguascalientes no tiene una auténtica clase empresarial estructurada, audaz, visionaria, que se convierta en uno de los motores principales de esta nueva etapa, tan desafiante y compleja, del desarrollo nacional, y esta es una desventaja real.
Al igual que ocurre en el mundo, en donde la única forma de conservar el lugar que se tiene es corriendo el doble o corriendo el triple si se quiere avanzar, Aguascalientes debe decidir si su modelo es el del México desarrollado, que está aumentando su participación en el PIB nacional y en el ingreso per cápita de sus habitantes, y para ello necesita empresarios mucho más informados, más creativos, más imaginativos y más preparados, que trabajen con mayor autonomía, entrega y resultados. Los tiempos del populismo gubernamental y la economía ficción, por fortuna, son solo historia. Ahora, la madurez empresarial es la única llave para su propio éxito.