 |
Héctor Kiev
Periodista, comentarista, guionista y actor
hectorkiev@yahoo.com
|
“Fíjate bien a quien odias. Podrían ser las similitudes contigo lo que menos te agrada de él”.
May Seetdges
Son fanfarrones. Sí, es cierto.
Casi tanto como la mayoría de los “hijos del Campestre o Pulgas Pandas”. También son ruidosos.
No tanto como nuestros “vaqueros” que a bordo de sus pick ups nos “invitan” de su música al lado de nuestro carro o bien, a las tres de la mañana llevándonos serenata con el acompañamiento del vibrar de los cristales de nuestras ventanas, pero es cierto: son ruidosos.
¿Gandayas? No se diga. Vienen de una ciudad en donde la política es: “A fregar porque atrás vienen fregando”.
Pocos, eso sí, tan gandayas como se han visto los legisladores locales al repartirse nueve millones que no eran de ellos. Pero ni duda cabe de que son gandayas… y oportunistas y muchas cosas más. Nada que nos deba extrañar, ya que aquí tenemos muchos elementos que contienen los mismos ingredientes, pero... los de aquí son de aquí. En cambio los…CHILANGOS… HORROR.
¿Serán todos los dones anteriormente señalados lo que hace que nos caigan mal? porque en ese caso deberíamos caernos mal todos.
El tráfico es asqueroso. La cortesía no existe, la caballerosidad hace un buen rato que en Aguascalientes perdió todo sentido. Cualquiera se pasa los altos, cualquiera se estaciona en doble fila y “Que se aguanten; yo llegué primero”.
Cuando pregunto el por qué en todos estos años que dejé de disfrutar Aguascalientes se puso la cosa de esta manera, todo mundo dice que es culpa de “los chilangos”. En el Distrito Federal, cuando alguien está saliendo de la cochera de su casa, de la estación de gasolina o de un cajón de estacionamiento, cualquiera se detiene y cede el paso.
¿Aquí? Por favor. Hay que esperar a que alguien se descuide para poder entrar en circulación o bien, que alguien, con placas de otros estados, se detenga y ceda el paso. En la capital, al que usted le pida permiso de entrar en el carril o dar la vuelta, lo va a ver adoptar una actitud de caballero.
Aquí se hacen disimulados o cuando usted creyó que su ruego sería atendido, le echan la “lámina” encima.
“Todo eso lo trajeron los CHILANGOS, me dicen y yo me pregunto: ¿Tan mal posicionados estaban los valores en nuestra mentalidad que se echaron a perder ante el mal ejemplo de LOS CHILANGOS?
Allá, en la tierra de “los patanes”, jamás he visto a una mujer sacar el dedo por la ventanilla del carro al tiempo que se hace el ademán de mentar la madre. En cambio aquí es taaan común. Un amigo persiguió a una señora de éstas y en el siguiente semáforo la alcanzó y buscó en el léxico popular las palabras más vulgares, altisonantes y asquerosas para tratar a la señora “dedera”. Cuando los castos oídos de la mujer le dolían y las niñas de sus ojos estaban a punto de perder su virginidad ante la sarta de obscenidades, dijo ella con la voz quebrada: “No olvide que está hablando con una dama”. “Una dama –dijo él-, no hace esos ademanes”.
No nos ganan los CHILANGOS a groseros, vulgares, patanes u otras lindezas. Entonces, ¿Por qué nos caen mal?
Un señor, ex propietario de una papelería que tuvo que cerrar ante la competencia de una papelería propiedad de un CHILANGO, me comentó: “Son unos avorazados; quieren todo”.
Resulta que, por poner un ejemplo la costumbre provinciana de cerrar para comer y tomar la siesta y abrir después de las cuatro, está propiciando este tipo de quejas: “Son unos avorazados; lo quieren todo”.
Para poner un ejemplo, conviene recordar la época en que los niños entran a la escuela. En esta época de divorcios, separaciones, largadas a Estados Unidos y liberación femenina, la madre por lo regular tiene que hacerse cargo de las listas de útiles escolares. Ella trabaja y sale a las dos de la tarde, justo a la hora en que el señor que tenía la papelería cerraba para que él y sus empleados salieran a comer.
Cuando ella regresaba a trabajar, el señor todavía no abría. Afortunadamente (para la señora), vino un CHILANGO que puso una papelería a media cuadra de la del señor que sale a su casa a comer. ¿Y qué cree? El CHILANGO vino a trabajar. Abre a las nueve y cierra a las nueve y no se queda entre lápiz y lápiz platicando con los clientes de dolencias y los últimos sucesos fúnebres de la familia. No conoce a nadie y no viene ni a perder el tiempo ni a quitárselo a nadie.
“Es que ni para tragar lo hace como la gente –dijo el ex dueño de papelería-, si cuando pasaba yo por allí lo veía comiendo tortas o un chile relleno de la cocina económica”.
Aguascalientes es un paraíso. Sobre todo para los que saben y quieren trabajar. Cuando se construyó el centro comercial de “Carrefour”, las ausencias los lunes eran enormes. Pocos de los trabajadores contratados en Aguascalientes no faltaron por lo menos dos o tres veces. Se diría que las familias aguascalentenses son las más enfermizas del país, porque cuando no se caía el niño y se descalabraba, la señora había amanecido con torzón o bien, mataban a la suegra por tercera vez.
Hubo necesidad de contratar gente en México para terminar la obra a tiempo y oiga… un lugar en donde todo está hecho, pero todo servicio es tan fácil de mejorar porque el mecánico, el sastre, el plomero, el albañil, el carpintero, el proyectista, el camarógrafo, el editor, el ingeniero, el electricista, el licenciado, los diputados, los que faltan de mencionar y todo mundo entrega el trabajo a medias y tarde, cualquiera se queda. Máxime que a quien sabe trabajar se le paga mejor aquí que en México.
Cierto. Son también oportunistas. Pero es que hay oportunidades que no se deben desaprovechar. Y quedarse a vivir en Aguascalientes, en donde hay todo para el que QUIERE trabajar, es una de ellas. Aunque terminen odiándolos, diciéndoles patanes, ruidosos, gandayas o lo que sea.
Oiga, por algo tenemos dos diputados federales que no son de aquí, hemos tenido gobernadores y un montón de presidentes municipales que tampoco son de aquí. ¿Por qué?
Bueno, seguramente tomar la siesta y estar pendientes de los bautizos y primeras comuniones del último sobrino hijo del primo que no conocemos, no es la práctica más adecuada para entrar en el progreso. Y buscar culpables, menos.