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Mtro. Otto Granados Roldán
Director Asociado Departamento de Ciencias Sociales
y Humanidades, ITESM, Campus Aguascalientes
otto.granados@itesm.mx
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Cuando algunos empresarios, banqueros, manejadores
de fondos o inversionistas reconocen la probabilidad
de que el candidato del PRD, López Obrador,
sea el próximo presidente de México,
suelen decir, con una mezcla de resignación,
incertidumbre y miedo, que no ocurrirá nada
extraordinario, que la estabilidad macroeconómica
está garantizada, que los Estados Unidos se
mantendrán muy vigilantes, que el Congreso
estará en manos de las oposiciones o que la
autonomía del Banco de México es suficiente
para evitar desastres. Aunque cada uno esos supuestos
tiene algo de cierto, nadie puede asegurar hoy, ni
menos a partir del primero de diciembre próximo,
que la estabilidad y el crecimiento vendrán
por arte de magia en los años por venir. La
historia demuestra que, en general, los agentes económicos
conocen poco de política y menos aún
de la psicología del poder que explica las
conductas de los gobernantes en un contexto determinado.
Veamos las cosas con serenidad y en perspectiva.
Por vez primera en muchos años, en las elecciones
de julio se estará votando, aun cuando las
campañas se han caracterizado por la chabacanería
y la superficialidad, por dos modelos de entender
y manejar la política económica.
Uno, representado por el aspirante del PRD, significa
claramente la vieja pretensión de las generaciones
de priístas de los años sesenta y setenta
que se vieron desplazados por los economistas y politólogos
educados en el extranjero, de regresar a la tradición
del nacionalismo excluyente, con una fuerte intervención
del estado, una economía cerrada, una fobia
a lo externo y una completa irresponsabilidad presupuestal.
Los partidarios de esta corriente –y los empresarios
y analistas medrosos- argumentan que todo ello es
muy improbable porque México es ahora una economía
integrada al mundo y existe un Banco Central autónomo.
Estas opiniones no resisten el mínimo análisis,
por varias razones.
La primera es que, hasta ahora, no hay ningún
anclaje institucional o legal que impida al Ejecutivo
conducir la política económica como
mejor le parezca, lo que quiere decir que bien puede
mover el déficit fiscal dos o tres puntos hacia
arriba, aumentar el gasto público en programas
improductivos, proponer la modificación del
estatuto del Banco de México o inducir la remoción
de su gobernador, intentar reabrir algunos capítulos
del TLC (como el relacionado con la desgravación
final del maíz y del frijol prevista para 2008),
elevar desordenadamente los salarios de los empleados
públicos y, sin ton ni son, bajar los precios
de los bienes y servicios públicos, creando
un nuevo agujero fiscal.
Ninguna de estas hipótesis es remota en la
medida en que el propio López Obrador ya las
ha anunciado o al menos insinuado, y no parece haber
poder alguno que lo haya convencido de lo contrario.
Es evidente, además, que, si gana, AMLO tendrá
un fuerte incentivo a actuar de esta manera pues no
solo se verá comprometido por las promesas,
sino porque se concibe a si mismo como el símbolo
más acabado del regreso al llamado régimen
de la Revolución o, lo que es lo mismo, el
viejo México cuyas políticas terminaron,
al menos en lo formal, a principios de los años
ochenta.
Pero, en segundo lugar, aún cuando nada de
eso pasara, ya la parálisis y el estancamiento
son en sí mismos la peor noticia para la economía
del país. México tiene varios riesgos
enfrente: China y la India, la pérdida de competitividad
global, el agotamiento a medio plazo del bono demográfico,
la crisis de las pensiones, el rezago educativo, la
falta de inversión en infraestructura y un
sinfín de debilidades estructurales y externalidades.
Para volver a crecer a tasas cercanas al 6% por un
período de al menos 15 años, es decir,
una generación, se requiere un conjunto de
reformas en esas áreas y el problema es que
todas ellas demandan un alto nivel de exigencia conceptual
y de competencia política, y en ninguna de
éstas AMLO ha mostrado mayor interés
ni eficacia. Por añadidura, su hipotética
ejecución generará tensión y
conflictos, y en estricta lógica política
AMLO no solo no tiene ninguna necesidad de asumir
ese desgaste sino que, tanto él como su entorno
partidista, considerarían esas medidas como
una traición a su electorado y un error táctico
de cara a las elecciones intermedias del 2009, de
las que esperan obtener una cómoda mayoría
parlamentaria.
Y la tercera razón, la más decisiva
para un gobernante, es que AMLO, sencillamente, no
comparte ideológicamente casi ninguna de las
lecciones que hoy explican el crecimiento, el desarrollo
y la competitividad de países exitosos como
España, Chile, Irlanda o los países
asiáticos. Decía Montaigne que los hechos
son el espejo de nuestras vidas y, a juzgar desde
ese mirador, la biografía intelectual y política
de AMLO y sus resultados al frente del gobierno de
la ciudad de México no son, bajo ningún
indicador, un modelo de eficacia ni de competencia.
La otra opción en la contienda presidencial
es la que, con diferencias importantes, encarnan los
candidatos del PRI y del PAN, si bien la alternativa
real, en función de las encuestas divulgadas
hasta el primero de abril, es esta última.
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Felipe Calderón tiene varias ventajas y una
desventaja sustancial. La primera es que, en especial
en la última década, tras una meteórica
carrera de partido, se tomó tiempo para asomarse
al mundo, adquirir una preparación académica
y tratar de entender cómo funcionan las políticas
públicas. La segunda es que, tanto por convicción
personal como por razones de ideología partidista,
tendría que moverse dentro de las reglas que
imponen la libertad económica y el mercado.
La tercera es que no tiene margen para imponer cambios
bruscos ni golpes de timón en la conducción
económica, en especial porque esta ha sido,
de hecho, el logro más rescatable de la primera
presidencia panista y no habría razón
alguna para que destruirlo. Y la cuarta es que conoce
ya más o menos bien, sin demasiado éxito
por cierto, las complejidades y laberintos de la negociación
política particularmente por su fallida experiencia
en la reforma energética.
La gran desventaja que tiene es que no está
claro cuál es, exactamente, la estructura de
su temperamento político ni si tiene las dotes
psicológicas apropiadas para desarrollar, desde
la tensión cotidiana del ejercicio de gobierno,
un liderazgo eficaz. A juzgar por su campaña,
pareciera que no es esta una de sus principales fortalezas.
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En el caso de Madrazo, paradójicamente, tendería
a gobernar con un cierto pragmatismo que, en materia
de política económica, quiere decir
prudencia y dejar, básicamente porque es una
disciplina que no comprende con rigor ni método,
que los profesionales, técnicos y el servicio
civil de las dependencias hacendarias y del banco
central operaran, como ha ocurrido hasta ahora, la
conducción de la economía. En su contra,
sin embargo, navegan dos cosas: una es que parece
ser el político menos confiable del país
(lo que resta severamente la credibilidad de su compromiso
con las reformas) y la otra es que su gobierno en
Tabasco no es de los mejor calificados: en el estudio
mas reciente de competitividad elaborado por investigadores
del Tec de Monterrey (2005), Tabasco aparece en el
lugar número 21.
En suma, como suele ocurrir frecuentemente en política,
la gran interrogante no es escoger entre lo bueno
y lo malo, sino entre lo malo y lo peor. ¿Por
quien votar? Ese es el dilema al que cada ciudadano
habrá de enfrentarse el próximo dos
de julio y su decisión marcará el destino
del país en las próximas décadas.