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| · Año 11 · Número 133 · Enero 14, 2006 · |
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Hace unas semanas tuve la oportunidad de visitar China. A pesar de que no fue este mi primer viaje a esa región del mundo, mi curiosidad era muy grande puesto que la última vez que había estado allá fue en 1993 y todas mis lecturas indicaban que los cambios de la última década han sido mayores. Mi expectativa fue más que cumplida: Nada me había preparado para lo que encontré. La China de hoy es un país totalmente distinto al de los 90’s y ciertamente muy diferente a la tierra que sólo compite con bajo costo de mano de obra. Es increíble lo equivocada que puede estar nuestra conceptualización. La competitividad de China es producto de mucho, pero mucho más, que bajo costo de mano de obra. Iniciemos por infraestructura: A donde la vista se dirige se ve construcción. Las carreteras son excelentes y a pesar de ser de cuota su costo por kilómetro es un 50 % del nuestro. El internet de alta velocidad está presente en todas las empresas que visité (algunas muy pequeñas) y en todos los hoteles, en la mayoría de ellos sin costo adicional. El teléfono funciona. El tren de Hong Kong a Shenzen (puerto de entrada a la China Continental) es comparable a cualquier tren europeo y cuesta el equivalente a 70 pesos, en primera, por sesenta kilómetros. Los aeropuertos son verdaderamente impresionantes (el de Ningbo que recibe 6 vuelos diarios, es del tamaño del de Guadalajara pero recién construido y muy moderno). Las computadoras, palms, celulares y laptops se ven por doquier. Las avenidas son de varios carriles y con semáforos inteligentes. Una de las ciudades que visitamos tiene una gran zona recién construida y prácticamente deshabitada. La respuesta que recibimos de nuestro anfitrión cuando cuestionamos la falta de habitantes fue: “Las ciudades se construyen primero y luego se atraen las empresas” ¡Que seguridad tienen en su capacidad de atracción de inversión!
Por supuesto que existen muchos puntos oscuros: Se observa una contaminación importante, la limpieza deja mucho que desear, tanto en el exterior como dentro de las fábricas, se ve trabajo de menores, hay zonas realmente paupérrimas y la vigilancia de la policía (o militar) sigue siendo una constante. Existen áreas en donde la maquinaria es de última generación pero también otras con equipo muy antiguo. Hay fabricas con condiciones de trabajo que harían que cualquier inspector de la Secretaría del Trabajo sufriera un infarto, pero también visitamos una, de propiedad China, que no envidiaría nada a una fábrica Japonesa. Sin embargo, todo lo anterior no fue lo que me causó la mayor impresión. El cambio que realmente me impactó es el de la actitud de las personas y ese es el que deseo realmente compartir contigo, estimado lector. En mis viajes anteriores, al principio de la década de los 90´s, mi trato era básicamente con funcionarios gubernamentales que realizaban las adquisiciones. La mayoría era de una edad superior al medio siglo y su actitud era muy simple: “mi posición tiene prerrogativas y los demás deben de halagarme”. Las cosas se movían lentamente y cuando el negocio se cerraba tardábamos semanas en ejecutarlo. El espíritu emprendedor no existía y los asuntos se arreglaban a base a las relaciones que uno, o su representante, tuviera en el Ministerio correspondiente. Las invitaciones a grupos numerosos para venir a México, todos los gastos pagados, eran un requisito. Por el contrario, los empresarios con los que tratamos en este viaje son individuos en los treintas o cuarentas. Extremadamente agresivos en sus negociaciones te dan una cotización al instante. Son educados y conocen su negocio. Entienden suficiente inglés para saber lo que uno está hablando aunque siguen usando su incapacidad de hablarlo como excusa para tener un momento más de meditar la respuesta. Tratan a compradores de todo el mundo y no se dejan ilusionar fácilmente. Conocen de regulaciones internacionales y saben cumplir, por ejemplo, las estrictas normas europeas para artículos de bebé. Y si analizamos a los colaboradores del empresario encontraremos la juventud y la agresividad como una constante. También encontraremos un nivel de educación alto y un manejo de las técnicas de venta que sorprende. La puntualidad y el cumplimiento de sus ofrecimientos, por lo menos en lo que se refiere a cotizaciones y documentos, son la norma.
Es aquí, estimado lector, en donde creo que se inicia el éxito de la China del siglo XXI. Nos encontramos frente a una clase empresarial hambrienta, educada y con una gran capacidad de trabajo. Pareciera ser que los años de represión se acumularon en ellos y hoy están soltando todo esa energía en el trabajo. Las fábricas trabajan 29 días al mes, doce horas diarias y los empresarios y administrativos más que eso. Son adaptables a los horarios de los clientes extranjeros y a sus requerimientos. No se detienen ante los obstáculos y van por todo. Las diferencias en ingresos entre los diferentes niveles organizacionales no son grandes y todo mundo trabaja en equipo. La clase gobernante tiene claro que el objetivo es crecer hasta llegar a ser el país número uno del mundo. Invierten en la educación y en la infraestructura bajo la premisa de que si las condiciones están la inversión se dará. Reducen los impuestos a las empresas que les interesan y no agobian con más gravámenes a las que generan empleo. Si una región desea desarrollarse busca distinguirse de las demás mediante mejor infraestructura y menores impuestos. Es esta la China de hoy. El Dragón estaba dormido y ha despertado sin misericordia para la competencia. A este país nos enfrentamos en nuestras exportaciones y mercado interno y al mismo tiempo representa nuestra gran oportunidad para el desarrollo de nuevos mercados. Lamentablemente, si no aceptamos la magnitud del reto y seguimos actuando de la forma que lo hemos hecho, el panorama no es halagüeño. Y no se trata de culpar a un solo sector. Todos tenemos una responsabilidad en el desarrollo del México del siglo XXI. Gobierno, empresas, universidades y sector educativo necesitamos cambiar nuestra forma de planear y ejecutar. Los años del esfuerzo individual y los intereses de grupo ya se fueron. Se requiere un esfuerzo nacional en pro de un verdadero cambio cultural. Pensar que nuestra sociedad se podrá dar el lujo de trabajar menos en el futuro es utópico y, en gran medida irresponsable. Los empresarios y gobernantes necesitamos un nuevo espíritu, el espíritu Chino. Hasta el próximo número de Líder Empresarial.
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