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| · Año 11 · Número 133 · Enero 14, 2006 · |
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La sociedad en la primera década del tercer milenio, se encuentra inmersa en una vorágine de cambio sin precedentes, donde las organizaciones sin importar la posición en la estructura, requieren de gente preparada, que posea el coraje, la pasión, pero sobre todo la capacidad de adaptarse a un entorno exigente y revolucionado Un hecho sin precedentes en los últimos años del siglo XX, ha sido el aumento tan acelerado en los requisitos para obtener un empleo, tanto en aspectos de aptitudes como en actitudes. Lo sorprendente de este fenómeno, es que ha pasado casi inadvertido, por ejemplo, para contratar a una secretaria en la década de los 80 era suficiente con que tuviera buena ortografía, supiera taquigrafía y mecanografía, además, de utilizar el esténcil y contestar el teléfono. Con el paso de los años, estas cinco habilidades ya no fueron suficientes ya que además, se le pidió a la secretaria que hablara inglés, que manejara conceptos básicos de contabilidad y que utilizara con eficacia el fax. No obstante, en los primeros años del siglo XXI, además de las habilidades mencionadas, se requiere que maneje la computadora, la Internet, la agenda electrónica, conceptos básicos de calidad, y por si fuera poco, el buen manejo de las relaciones interpersonales con fuerte orientación al servicio.
Este ejemplo tan sencillo, nos permite visualizar cómo en un espacio de tiempo tan corto, -menos de veinte años-, los puestos de trabajo se han transformado drásticamente una y otra vez, exigiendo del perfil no solo aspectos tangibles como las aptitudes, sino también las actitudes y los valores tan demeritados en la actualidad. Es bajo este contexto, que la función directiva se hace mucho más compleja, y se demanda un nuevo perfil de liderazgo en las organizaciones modernas, ya que las habilidades y los estilos de dirección del siglo XX, son obsoletos ante las nuevas generaciones de “la era del conocimiento”. Sin duda alguna, el reto que enfrentan las empresas y las organizaciones en general en los albores del tercer milenio, es desarrollar aquellas competencias profesionales que les facilite a sus empleados integrarse y adaptarse con oportunidad al entorno global, además, favorecer nuevas capacidades que les permita manejar con eficacia el choque generacional que presenta la aldea global. Desaprender y aprender permanentemente a lo largo de la vida, poseer un conjunto de habilidades técnicas, y manejar con eficacia las relaciones interpersonales, son algunas, de las competencias profesionales que resaltan en el estilo de liderazgo de la nueva generación. Sin embargo, una de las contribuciones más importantes para transformar pertinentemente los estilos de liderazgo de las nuevas generaciones, se logrará cuando las instituciones de educación, en todos sus niveles, integren estas calificaciones en sus programas de formación, con la finalidad de desarrollar formal e intencionalmente las actitudes, aptitudes y los valores que la sociedad moderna necesita urgentemente.
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