· Año 11 · Número 132 · Diciembre 14, 2005 ·
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Mtro. Otto Granados Roldán
Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades, ITESM Campus Aguascalientes
otto.granados@itesm.mx

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Más allá de la crisis diplomática entre los gobiernos de México y Venezuela, lo verdaderamente alarmante del escándalo es que a estas alturas del partido México y América Latina se estén planteando todavía dilemas respecto de políticas públicas que debieran haber alcanzado ya un grado de consenso mucho más elevado que hace una o dos décadas.

En efecto, la realización de la cuarta Cumbre de las Américas ha devuelto la atención hacia los viejos traumas de identidad cultural y de concepción que aquejan a América Latina (AL). Para el caso mexicano, las enfurecidas reacciones contra el desempeño de Fox y Bush y las críticas al libre comercio confirman, en efecto, que medios de comunicación, partidos y políticos han regresado a las andadas de la irracionalidad.

Desde que los antiguos modelos estatistas entraron en crisis y los países empezaron a hacer sus reformas económicas, América Latina no ha podido encontrar la fórmula para espantar sus fantasmas culturales y políticos y, mientras el mundo avanza a gran velocidad, México y sus vecinos parecen empantanados mordiéndose la cola.

El primer problema, elemental en un mundo globalizado e interdependiente, es cómo manejar sus relaciones con Estados Unidos. Al margen de las tensiones del pasado, América Latina sigue pensando, con excepción de ciertas élites en Brasil, Chile y México, que el antiamericanismo es el mejor método para hacer crecer las economías o mejorar los términos de la relación con Washington. En realidad, esa beligerancia no ha servido –ni servirá- para ninguna de esas metas.

Por un lado, el desinterés de EEUU no es nuevo. Si en algún momento lo tuvo relativamente, como parte de sus “intereses vitales” o como “patio trasero”, es claro que AL no está ahora en las prioridades políticas de Washington –centradas más bien en los temas de la seguridad y el terrorismo, la UE, Asia y Medio Oriente- sino solo en temas muy concretos como los acuerdos comerciales con Centroamérica y República Dominicana, el ALCA y el llamado “diálogo estratégico” con Brasil, sin duda el interlocutor más relevante de EEUU en la zona por ahora. Por tanto, si de los intereses nacionales se trata, su defensa pasa, inevitablemente, por encontrar otras vías de entendimiento efectivo, realista y pragmático con los Estados Unidos. Y estas no son el griterío febril de las calles ni los discursos para la gleba.

Pero por el otro lado, el motor de ese antiamericanismo renovado es que se trata, en realidad, de una argucia con claras finalidades políticas internas. Es decir, en la medida en que la economía crece muy poco, que la percepción de las reformas económicas es muy crítica y que ha surgido incluso un desencanto con la democracia, dichos elementos han sido aprovechados para exacerbar los sentimientos contra el imperio –demonizándolo como el causante de todos los males- y cohesionar a las masas en torno a un nacionalismo confuso y estéril.

En segundo lugar: sin argumentos sostenibles para descalificar las reformas económicas, algunos líderes latinoamericanos han encontrado muy redituable desenterrar el populismo de otras décadas, retornar a la retórica inflamada y convertirlo en una veta electoralmente útil.

El surgimiento de demagogos democráticamente electos como Hugo Chávez en Venezuela, Néstor Kirchner en Argentina y, quizá en el futuro, Evo Morales en Bolivia y López Obrador en México, ha generado una atmósfera de tal enrarecimiento intelectual y parálisis política que ha impedido ejecutar las reformas de segunda generación indispensables para impulsar el crecimiento, la productividad y la competitividad.

Como es evidente, además, mientras menos mercado y libertad económica exista, el estado paternalista e irresponsable tendrá mucho más margen –sobre todo si dispone de recursos adicionales como los derivados de los precios altos del petróleo en los casos de Venezuela y de México- para hacer de la intervención pública indiscriminada, el derroche presupuestal y los subsidios universales el antídoto que erradique todos los males del liberalismo económico, y, más aún, el señuelo para el clientelismo político.

La tercera complicación en el enfoque de la irracionalidad política de algunos políticos latinoamericanos es que pretende esconder el polvo debajo de la alfombra para no afrontar la realidad de la región. Todos los informes internacionales demuestran que buena parte de la crisis estructural de América Latina deriva de problemas internos como la falta de una institucionalidad eficaz, el imperio de la ilegalidad, la escasez de suficiente capital ético, social y humano, el déficit de gobernabilidad, los excesos del estado, la poca calidad de los gobiernos, una ciudadanía de baja intensidad y una visión profundamente aldeana de los cambios en el mundo. Examinadas con objetividad, ninguna de estas enfermedades tiene que ver, en sentido estricto, con la política exterior norteamericana hacia la región o con la apertura comercial.

Véase el caso concreto del comercio internacional. En la lógica demencial, líderes como Morales, Chávez y Kirchner o partidos mexicanos como el PRI y el PRD, insisten en la letanía de que mientras haya asimetría no puede haber comercio libre. Pero las cosas son exactamente al revés: es el comercio libre y la mayor integración internacional lo que está influyendo positivamente en la creación de los círculos virtuosos del crecimiento. En otras palabras, si lo que están proponiendo los nuevos profetas es que nuestros países vuelvan al proteccionismo y la economía cerrada pues sencillamente tendrán que cambiar de planeta. Los informes más recientes de la Organización Mundial del Comercio muestran que el crecimiento de las exportaciones e importaciones se ha acelerado en los últimos dos años y que la relación comercio mundial/PIB aumentó de 20% en 1990 a más del 30% en la actualidad.

Ahora bien, a contra corriente de los populistas redivivos y de las opiniones apresuradas de economistas no expertos en temas de comercio internacional (como el caso del Nobel, Joseph E. Stiglitz), el ejemplo de México con el TLCAN, medido bajo casi cualquier indicador, evidencia que fue una decisión correcta y que sigue siendo, hasta la fecha, uno de los instrumentos más importantes y exitosos para el desarrollo productivo mexicano.

Pongámoslo en contexto: si los dos objetivos del TLCAN fueron aumentar la capacidad exportadora y atraer más inversión extranjera directa, ambos se alcanzaron con creces.

En los últimos diez años, México se convirtió en la octava potencia comercial mundial y primera en América Latina; participa con el 44% en las exportaciones y 49% en las importaciones totales de la región; cuadruplicó sus exportaciones de 52 mil millones de dólares a casi 190 mil mdd; el sector exportador aumentó hasta ocupar el 30% del PIB, y la mitad del crecimiento del PIB y del empleo provino de las actividades vinculadas con el comercio exterior. Por el lado de la IED, México llegó al 4º lugar como país receptor entre los países en desarrollo y en la última década captó más de 143 mil millones de dólares. El Banco Mundial ha probado, con suficiente rigor analítico, que, sin TLCAN, las exportaciones globales de México habrían sido 25% menores, la inversión extranjera directa 40% más baja, el ingreso por habitante entre 4 y 5% menor, y México no habría superado rápidamente la crisis de 1994-95.

Es verdad que, a nivel global, el tema de los subsidios agrícolas, sobre todo en la Unión Europea (que son el 34% del ingreso agrícola y constituyen el doble de los que se dan en EEUU), ha complicado una mayor liberalización comercial, y que, en México, varios de los rezagos estructurales aún subsisten, pero los datos duros indican que éstos no han sido consecuencia directa del TLCAN sino por otras causas: la falta de nuevas reformas, la pérdida de competitividad, la baja productividad, una apertura comercial mayor en el mundo, o la emergencia de nuevos y poderosos competidores como China o la India. Esos son los problemas reales y específicos.

Si América Latina quiere salir del atolladero, recuperar el crecimiento, consolidar sus democracias, elevar la competitividad y proporcionar mejores niveles de vida a sus habitantes, tiene que evitar a los tiranuelos y demagogos y elegir gobiernos competentes, fortalecer la calidad de su ciudadanía y su educación, modernizar sus economías y abrirse más al mundo. En suma, nada nuevo: hacer la tarea y poner orden en casa.

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