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| · Año 11 · Número 130 · Octubre 14, 2005 · |
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Durante los últimos meses el debate sobre la caída de la competitividad nacional ha sido intenso. Desde el Presidente de la República hacia abajo, todos tenemos una opinión al respecto. Los medios escritos y electrónicos se han encargado de traernos los reportes de las agencias internacionales que reducen la calificación del país y también las eternas discusiones sobre la validez de dichos reportes. Al margen de cualquier polémica, la realidad es que la competitividad de una empresa difícilmente puede ser alta en un entorno nacional no competitivo. Esta es la razón fundamental para que estemos viendo eventos tales como la instalación de una petroquímica de PEMEX en los Estados Unidos, la salida de plantas de Alfa a Estados Unidos y a la antigua Europa Oriental y los movimientos de Grupo Carso en América Latina.
¿Qué le pasa a nuestro país?, ¿Estamos sufriendo las consecuencias de factores externos solamente?, ¿Podemos hacer algo al respecto? Los economistas, nacionales y extranjeros se han dedicado a estudiar este fenómeno y tienen muchas y muy diversas ideas al respecto. Se habla de que la obsesión por el control de la inflación es tal que ha impedido el crecimiento del país. Se dice que no ha existido el liderazgo para obtener los consensos necesarios que permitan las reformas estructurales. Se mencionan los factores externos tales como la deuda de los Estados Unidos, etc. No intentaré, apreciado lector, entrar en la polémica sobre las razones macroeconómicas para la caída de la competitividad de México. Mi intención al escribir este artículo es que reflexionemos sobre el papel que cada uno de nosotros, ciudadanos responsables y empresarios comprometidos con nuestro país, podemos desempeñar en el esfuerzo nacional para revertir esta peligrosa tendencia. Para llevar a cualquier grupo humano a una situación de competitividad es necesario tener una estrategia competitiva y ejecutarla perfectamente. Esto es, definir una serie de factores que nos distingan de los demás por ofrecer lo mismo a mejor precio o algo más por el mismo precio o, idealmente, algo más por un menor precio. Además, una vez definido el que es necesario ejecutar el plan con maestría. Como decía Michael Dell: “Las ideas son un commodity, lo que cuenta es la ejecución”.
Y es en esta última parte donde pienso que los mexicanos hemos fallado, como nación y como individuos. Hemos sido maestros en idear planes y programas que nos lleven a ser mejores que la competencia pero a la hora de ejecutar esos planes nos quedamos muy cortos. Caminamos cuando nuestros competidores van en avión supersónico. Para muestra basta un botón: El TLCAN fue uno de los más exitosos tratados nunca firmados por tres países. A México le brindó la oportunidad de atacar al mercado más grande del mundo con mínimas barreras por diez años y posicionarse en éste. ¿Y qué sucedió?, que mientras tuvimos la protección fuimos el segundo exportador hacia EEUU pero en el momento en que ésta se redujo nos desbancó China en un año. Lo que pasa a nivel país no es más que reflejo de nosotros, los ciudadanos. Pasamos demasiado tiempo en discusiones estériles acerca de la mejor forma de hacer las cosas y cuando por fin logramos el acuerdo se queda en eso, acuerdo. Nada sucede. ¿Acaso no te es familiar esta situación? Según Michael Porter, uno de los más respetados expertos en competitividad, existen siete elementos clave para la ejecución: 1. Entender a la organización y su gente. Porter desarrolla cada uno de los puntos anteriores con un enfoque de empresa pero es posible extenderlos al manejo nacional. Evidentemente todos ellos son importantes pero, en mi opinión, tres de ellos son fundamentales al analizar nuestros problemas para llevar a cabo lo que planeamos. Estos son: Somos poco realistas. Las metas que fijamos con frecuencia son confusas y utópicas y no sabemos hacer seguimiento. El realismo no es una de las virtudes del mexicano. Somos extraordinariamente optimistas y en algunos casos hasta suicidas. Recuerdo mis experiencias con contratistas: llegaba a visitarlos porque me deberían de embarcar esa noche, encontraba el trabajo apenas iniciando y el dueño me decía: No te preocupes, sí lo sacamos. No podemos enfrentar a una situación crítica como nuestra falta de competitividad si nos mantenemos en negación. Me decía un colega hace unos días: “Para que el cambio se dé, se necesita una crisis” y yo preguntaría, ¿Qué necesidad tenemos de entrar en estado de coma si existen vacunas? Los japoneses han dominado la técnica de siempre estar buscando la mejora, aún y cuando sean los mejores. ¿No podremos ser así? La segunda de nuestras grandes carencias es la falta de habilidad para fijar metas claras y alcanzables. Cuando el hoy Presidente Fox era candidato, prometió un grupo de mejoras que cualquier ciudadano, con un mínimo de información, sabía que no se podían lograr. Sin embargo, las creímos, y si alguien se atrevía a disentir era tachado de enemigo de la democracia. Hoy acusamos al ejecutivo de no haber cumplido cuando sabíamos bien que sus promesas no se podían cumplir. Y esto que sucedió con el cambio democrático sucede todos los días. El joven que no estudió durante el semestre y quiere aprender todo el curso la noche anterior, el empresario que no ha vendido nada en el mes pero está convencido de llegar al presupuesto el último día, el funcionario que hace muy poco durante el sexenio y quiere cambiar al país los últimos tres meses. Y por último, cuando al fin somos capaces de aceptar nuestros problemas y fijar objetivos alcanzables, nos ponemos en acción, arrancamos el proceso y nos olvidamos de éste. El seguimiento pareciera ser una mala palabra en nuestro léxico. ¿Qué hacer para cambiar esta situación? Creo que la respuesta, una vez más, está en la educación. Educación nuestra, educación de nuestra gente, educación de nuestros hijos, educación de nuestros servidores públicos, de nuestros líderes empresariales, educación en general. Ya es tiempo de que sepamos exigir que lo que se dice se cumpla y de que aceptemos el compromiso de que lo que decimos lo hacemos. Exijamos a todos nuestros candidatos y funcionarios el hacer promesas viables y cumplirlas. Exijamos a nuestros líderes de organismos empresariales cumplir sus obligaciones y no utilizar los organismos como plataforma de desarrollo político partidista. Exijamos a nuestros maestros enseñar y, sobre todo, exijámonos a nosotros mismos más que a los demás: conocernos, fijarnos metas claras y viables y asegurar su cumplimiento. Hasta el próximo número de Líder Empresarial.
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