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| · Año 11 · Número 129 · Septiembre 15, 2005 · |
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La competencia es inevitable, está en todo y en todas partes; hoy en día prácticamente no existen espacios de vida o de negocio donde no haya competidores dispuestos a rivalizar con nosotros por alcanzar aquello que logramos y a su vez, donde cada uno de nosotros no estemos dispuestos a rivalizar contra los demás con tal de obtener lo que otros consiguen. Se trata de un fenómeno de acción colectiva donde nuestra acción e interés individual por alcanzar determinados resultados, nos lleva al mismo tiempo a representar el obstáculo de los otros por lograr sus propios resultados. Tal es el caso de la situación que experimentamos cuando en medio del tráfico nos olvidamos que lo que buscamos es al mismo tiempo buscado por otros; y el obstáculo que representan los otros automóviles para nuestro fin, es el mismo que representa nuestro automóvil para los demás. En general, esto es así por que vivimos en un mundo en donde los seres vivos debemos competir para sobrevivir, donde cada ser vivo debe rivalizar contra otros para alcanzar los recursos que le permitan asegurar su propia existencia. Sin embargo, hay una gran diferencia entre el resto de los seres vivos y los seres humanos, para nosotros éste ya no es un mundo de escasez, un mundo que sólo nos admite la sola sobrevivencia, sino un mundo lleno de riqueza de la que podemos disfrutar si aprendemos cómo lograrlo. Esto es así, piénselo de nuevo: Si pudiéramos contabilizar el costo o la inversión que representa para la humanidad el haber alcanzado los avances tecnológicos con que contamos, y que nos permiten disfrutar de infinidad de productos, como los automóviles, nuestras casas, calles, ropa, relojes, televisiones, teléfonos, zapatos, alimentos, medicinas, etc. y que en realidad, para acceder a ellos sólo nos corresponde pagar la parte del costo de producción actual dividida entre los muchos consumidores a través del mecanismo de mercado, podemos darnos cuenta y tomar conciencia de la enorme riqueza a la que podemos tener acceso, y todo esto sin contar el valor que pudiera tener además gozar de buena salud, disfrutar de la familia, sentirnos identificados y orgullosos con nuestra patria o simplemente, apreciar el color o el canto de un pájaro que por casualidad o no, tengamos la oportunidad de ver y escuchar, el color del cielo, las nubes, etc.
¡Qué bonito! ¿no? Pero si se trata de un mundo con tal cantidad de riqueza, ¿Por qué no todos la disfrutamos? Existen dos razones. La primera razón es interna, sucede en nuestras propias mentes cuando perdemos la capacidad de asombro y todo se nos hace conocido, rutinario e incluso aburrido, nos enfermamos de una pobreza mental contagiosa que nos hace pensar que no hay lana, que no hay trabajo, que ya nos pegó la crisis o que el gobierno no sirve, éstas y tantas otras justificaciones que sólo nos sirven para evadir nuestra propia responsabilidad, el compromiso que tenemos con nosotros mismos, con nuestras familias y país, de salir de nuestra propia mediocridad, de nuestra propia falta de lana o de trabajo, de ayudar a otros a salir de sus crisis o de hacer exigible la parte de los resultados de gobierno que realmente queremos. La segunda razón es externa, la explicación por la que no todos podemos disfrutar de tanta riqueza, en particular por la creada por el ser humano, es aquella que explica el por qué todavía haya tanta gente que trabaja sólo para sobrevivir, para pasar el día. Y es que el sistema que distribuye la riqueza, es un sistema frío y sin juicio, incluso en ocasiones hasta puede ser calificado como injusto, se trata del sistema de la competencia que distribuye la riqueza premiando al que gana y castigando al que pierde, así de sencillo, así de fácil.
La riqueza está ahí para todos aquellos que logremos crear un espacio de oportunidad, que sepamos construir a lo largo de nuestras vidas un conjunto de circunstancias favorables a nosotros mismos que nos permitan sacar provecho de nuestras capacidades, talento y capital, para entonces emplear y fortalecer el poder de negociación en cada uno de los intercambios que realicemos, ya sea que se traten de intercambios de tipo emocional o económico. Debemos recordar que todo es fácil sabiendo cómo, que si algo nos parece difícil o imposible es simplemente por que no tenemos la práctica suficiente o no sabemos cómo hacerlo. En ocasiones parecemos rebotar con la misma pared porque pensamos que nuestro método de prueba y error nos va permitir cambiar el rumbo cuando sea necesario, nada más alejado de la realidad. La peor forma de avanzar es perder el tiempo y creer que debemos ser el ratón de laboratorio de todo, en lugar de observar a los demás, imitar, diferenciar y asimilar para nuestro propio bien. Para ganar en la competencia y alcanzar nuestra propia definición de éxito, debemos crear una visión positiva de nuestro propio futuro y competir con estrategia, construir una visión de largo plazo compuesta por metas concretas y congruentes con lo que deseamos de la vida; y aplicar, no sólo diseñar, las estrategias efectivas que fortalezcan nuestro poder de negociación y debiliten el poder de negociación de los competidores. Recuerde: la competencia es inevitable, pero lo importante es competir para ganar.
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