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| · Año 11 · Número 128 · Agosto 2005 · |
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Se nos acaba de anunciar por parte del Banco Mundial que la economía mexicana perdió dos lugares en materia de competitividad en relación a los demás países. Existen varias instituciones que hacen mediciones de la competitividad a nivel global y usan diferentes variables, por lo tanto, aparecemos en diferentes posiciones según el organismo.
Sin entrar en debates de cuál es la medición o las variables correctas a utilizar, lo que sí apreciamos, es que México a pesar de ser uno de los países con más tratados de libre comercio firmados y la segunda nación emergente con más inversión extranjera, los beneficios de la globalización no la hemos visto reflejada en mejores niveles de vida, y por el contrario nuestra competitividad está deteriorándose. Para ubicar qué nos ayuda a ser más competitivos como país, podemos mencionar aspectos tan importantes: ambiente de negocios, costo y calidad de la mano de obra, impartición de justicia, eficiencia del gobierno, estabilidad en lo social, político y financiero, los costos de los energéticos, transporte y comunicación. ¿Por qué perdemos competitividad a nivel mundial si las cifras macroeconómicas son tan positivas y alentadoras? Pareciera que la economía no aterriza en los bolsillos de los consumidores y por consiguiente en los mostradores de los negocios. Esto es porque estamos viviendo una época de estricta restricción monetaria que sí se ve reflejado en los datos macroeconómicos. Pero hay problemas que enfrenta la Iniciativa Privada que provocan pérdida de competitividad, retos como los rezagos en el sector productivo, ausencia de una política de desarrollo interno, complejidad en nuestro Régimen Fiscal y Jurídico, y la falta de las reformas estructurales. Incluso un indicador que debería ser netamente positivo afecta, por contradictorio que esto parezca, la fortaleza del peso mostrada en los últimos meses, el cual ha sido una de las principales variables que ha frenado por ejemplo, al sector manufacturero. La generación de empleos, junto con la desaceleración de las exportaciones de bienes y servicios, serán los indicadores que van a resentir los efectos del llamado “superpeso”.
Las políticas emprendidas por Banco de México y algunos factores externos, han ayudado a apreciar el peso, mejorar la calificación del riesgo país y que las estimaciones de la inflación bajen. Me refiero a los pagos adelantados de la deuda externa, el alza en las tasas de intereses durante el primer semestre del año, y principalmente a la gran entrada de recursos al país por diferentes medios, venta de petróleo al exterior, remesas familiares e inversión extranjera en portafolios de inversión. Ahora esperemos que los temas urgentes de la agenda nacional sean atendidos, se lleguen a acuerdos y tengamos las reformas estructurales en materia energética, laboral, fiscal y sistema de pensiones que merecemos. Con esto y un mejor y más eficiente gobierno, el cual cuente con una política de desarrollo económico interno congruente y generadora de empleos, con una impartición de justicia basada en las instituciones y no en las personas, más inversión extranjera fija y no especulativa, simplificación en trámites y un padrón más amplio de contribuyentes fiscales, tendremos una economía doméstica más fuerte y empresas mejor preparadas para competir en el ámbito internacional y así dejar atrás la alta dependencia de las exportaciones del petróleo.
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