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| · Año 11 · Número 128 · Agosto 2005 · |
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Nos acercamos a un fin de sexenio. Y por primera vez en nuestra historia, la elección de nuestro presidente estará realmente indefinida hasta el último momento. Las sucesiones presidenciales en México han sido siempre un factor que genera gran tensión especulativa en los mercados financieros. Por otro lado, el peso mexicano se encuentra en una etapa de gran fortaleza. Logrando cotizaciones cercanas al $10.50. Precios que no se tocaban en 2 años.
Pudiera parecer una paradoja, que en un momento de tanta especulación, el peso se encuentre tan fortalecido. Una de las principales razones por las cuales el peso está tan fuerte el día de hoy, es por la gran sobre-tasa que ofrecen las tasas de interés mexicanas. El nivel de riesgo de México en la actualidad, es de los más bajos de su historia. Lo cual debería situar las tasas mexicanas unos 2 puntos por debajo de su actual valor. No obstante, al pagar dicha sobre-tasa, el atractivo de las inversiones gubernamentales a los ojos de los extranjeros es alto. Esto implica que día a día ingresa dinero extranjero al país para invertir en papel gubernamental y así aprovechar las altas tasas de interés. Este dinero son principalmente dólares, los cuales se acomodan dentro del mercado nacional de cambios. El efecto es una sobreoferta de dólares que causa que baje su precio, por el hecho de que hay muchos en el mercado. Esta estrategia, de manejar tasas altas tiene el objetivo de “blindar” nuestra economía contra una crisis de fin de sexenio. Incrementando nuestras reservas, fortaleciendo la moneda y en general prepararse lo mejor posible contra especulaciones negativas. En caso que el proceso electoral presente problemas que asusten a los mercados, se cuenta con recursos suficientes para frenar un ataque a nuestra moneda y economía, o al menos eso se estima. Pero como dice el dicho: “No existen los desayunos gratis”. Esta estrategia tiene también sus desventajas. Algunas de ellas, realmente peligrosas.
Un efecto negativo al corto plazo es el siguiente: Una moneda fuerte, hace poco competitivos los productos nacionales. Los productos que exportamos, se pagan en divisas. Éstas valen menos porque el peso se encuentra fuerte. El exportador recibe menos pesos por sus divisas. Además, se está llegando al extremo de que los productores nacionales deben “reetiquetar” su precio en dólares, ya que el dinero que reciben, una vez convertidos a pesos, no cubren sus costos, por lo tanto, no es competitivo y como consecuencia de ello pierde al cliente. (No por nada China se negaba a revaluar su moneda). Al hacer más valiosa una moneda, impacta directamente en la competitividad de los productos que se producen dentro de un país. Este efecto se ve fielmente reflejado en nuestra balanza comercial. Estamos importando más de lo que exportamos. Siguiendo con los dichos, el riesgo mayor que se corre es que caigamos en los extremos “ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”. Si las autoridades pierden de vista la importancia de la competitividad y se ocupan exclusivamente de blindar la economía nos convertiremos en tortugas; contaremos con una coraza sumamente efectiva, pero perderemos mucho de lo que habíamos logrado en materia de competitividad. En el otro extremo, si no nos preparamos para un evento clave como el cambio de poder, los mercados internacionales, que no tienen sentimientos, acabarán con nuestra moneda, y nuestras finanzas serán pasto de la especulación internacional. Actualmente, desde mi punto de vista estamos en los límites de una sobreprotección. Y para muchos exportadores, este límite lo cruzamos cuando el dólar bajo de 11 pesos. Incluso hay quien opina que el santo del dicho anterior ya agarró lumbre y está difícil de apagar.
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