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| · Año 11 · Número 126 · Junio 2005 · |
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Desde finales de los años ochenta y, sobre todo, durante la década de los noventa, Aguascalientes se distinguió en el panorama nacional por ser un estado en el cual el crecimiento económico y la atracción de inversión nacional y extranjera florecieron con relativa rapidez. Para ello contaron varios factores entre los que sobresalieron la incorporación de empresas que, al llegar a la entidad, introdujeron vientos refrescantes en la anticuada cultura de negocios tradicional en el estado y la definición de una política pública diseñada por los gobiernos estatales que aprovecharon, por un lado, el esfuerzo de modernización que lideró en especial el gobierno de Carlos Salinas y la gradual integración de México al comercio y la economía internacional. Sin embargo, al igual que ocurrió en el país, el surgimiento de nuevos competidores y la falta de reformas estructurales que le imprimieran nuevos bríos a la economía e impulsaran una segunda etapa del TLC con Estados Unidos y Canadá, afectó seriamente el ritmo que llevaban tanto México como Aguascalientes y, en los hechos, el estado se estancó. Las evidencias sobran. La revista Expansión, por ejemplo, que publica periódicamente indicadores de las empresas y los empresarios más importantes de México, desde hace tiempo no registra ninguno que sea originario o resida en la entidad. Consulta Mitofsky divulgó la tercera semana de mayo una encuesta sobre las ciudades preferidas en México para vivir o hacer negocios y en ninguno de los índices que incluye aparece Aguascalientes entre los primeros cinco estados. Ambas referencias son una señal de alarma para el gobierno, las empresas y los sindicatos, y, en general, para todos los agentes de los que depende la economía del estado, y es urgente una definición clara del tipo de política de desarrollo económico que el actual gobierno piensa seguir. Sin embargo, si bien es cierto que ésta es la premisa inicial, también lo es que no es la única y ni siquiera, objetivamente, la más importante. Pongamos las cosas en su contexto real. Durante décadas, los empresarios hidrocálidos –como la gran mayoría en el país- se acostumbraron a crecer y ganar dinero en el escenario de una economía cerrada, premoderna, protegida y ficticia. Los empresarios de los años sesenta, setenta y prácticamente los ochenta que lograron cierto éxito, fueron en buena medida porque hacían negocios en una economía que no era, estrictamente, una verdadera economía de mercado, sino otra caracterizada por escasa competencia, consumidores cautivos, nula inversión en capital humano o tecnológico, una estructura de costos totalmente distorsionada –pues evadían paladinamente los distintos pagos al sector público, desde el fisco al IMSS- y un contubernio cotidiano entre empresarios y políticos expresado en la forma de subsidios, contratos amañados o permisos varios que no reflejaba la situación real de la operación de las empresas. Así las cosas, algunas familias hicieron dinero e impulsaron un cierto crecimiento en el estado, pero fincado en bases por completo ficticias que, cuando vino la apertura y una mayor competencia, debilitaron seriamente el modelo que Aguascalientes había seguido hasta entonces. De no haber sido por la llegada de empresas nacionales y extranjeras, que trajeron mayor dinamismo y aires renovadores, Aguascalientes no habría gozado de los frutos del crecimiento registrado en la década de los noventa. En la práctica, y con excepciones contadas, los relativamente grandes capitales locales de hace cuatro o cinco décadas desaparecieron en el marasmo de las deudas bancarias, las suspensiones de pagos, la pérdida de competitividad o el cierre de las empresas. Con estos antecedentes y con una buena interpretación de la realidad económica nacional e internacional, las nuevas generaciones de empresarios en Aguascalientes debieran aprender muy bien la lección para no cometer los mismos errores del pasado reciente. Dicho de otra forma: aún con la mejor política de desarrollo económico ejecutada por el mejor gobierno, si no hay una clase empresarial innovadora, moderna, audaz, agresiva y preparada, Aguascalientes no retomará el crecimiento sostenido y seguirá rezagándose a nivel nacional. Por tanto, no es el gobierno sino los propios empresarios los que deben hacer su propio “aggiornamento”. ¿Por dónde empezar?
La primera lección es que deben aprender a ser empresarios de verdad. Parece una verdad de Perogrullo pero aún existen empresarios –y no pocos- que siguen pensando que es el gobierno el que debe hacer la tarea que a ellos les corresponde. Les gustaría que de pronto se cerraran de nuevo las fronteras a los textiles, las frutas, los juguetes o cualquier otro producto y que se impusieran aranceles desorbitados a toda importación que les signifique competencia. No, el tema no es por allí. Un empresario real sabe muy bien que ahora hay una economía crecientemente abierta, que su competencia ya no es León o San Luis Potosí, sino Chile, Taiwán o Polonia, que tiene que jugar en un mercado libre y que si le va a bien o no será gracias a su talento, su disciplina y su creatividad. Los tiempos en que las cosas se arreglaban con un telefonazo a un “enchufe” bien colocado en el gobierno federal pasaron ya, por fortuna, a la historia. Si un empresario no es competitivo pues entonces deberá resignarse a hacer cualquier otra cosa, menos esa. En China, por ejemplo, de cada millón de estudiantes que aspiran a ingresar a las universidades, entra solamente menos del diez por ciento; el resto se va a trabajar como operarios o a estudiar carreras técnicas o medias. Es decir, sencillamente, por mal que se oiga, no tienen el CPU o la capacidad intelectual necesarias para estudiar una carrera profesional. Razonando por analogía, no todos los empresarios pueden ser exitosos y adinerados, y ya es bastante con que encuentren una forma digna de vivir y acorde con sus capacidades. Así de simple. La segunda consideración es que los negocios son cosa seria y no basta con las ocurrencias ni la suerte. A veces esas cualidades sirven, pero la dedicación, el talento, la planeación, el orden, la intuición y la creatividad son indispensables ahora para hacer buenos negocios. En suma: hay que profesionalizar la empresa. Con frecuencia, los empresarios no tienen idea exacta, por ejemplo, de cuáles son sus costos de producción, entre otras cosas porque compran insumos en el mercado informal o el contrabando, porque no están en el mercado laboral formal o porque eluden todo el tiempo sus obligaciones fiscales, salariales o las prestaciones sociales. Por ende, mientras no asuman que la economía real empieza por ellos, siempre encontrarán justificaciones para culpar a otros de sus fracasos. La tercera clave es entender que el nombre del juego se llama “consumidores”. En un mercado libre y agresivo, los principales agentes no son los propios empresarios ni el gobierno ni la Santísima Trinidad, sino el cliente, el consumidor. En un mundo abierto y globalizado, el consumidor tiene ahora un poder inédito y tiene la capacidad para decidir sus opciones de compra como le viene en gana. Hay una extensa literatura que ha investigado puntualmente las motivaciones psicológicas del consumidor (algunas incluso han ganado el premio Nobel) y las empresas ya no mandan, sino manda el consumidor. En el pasado, cuando había dos o tres supermercados en Aguascalientes, unas cuantas marcas de automóviles y media docena de camisas, las cosas eran más o menos fáciles y predecibles. Pero hoy Wal Mart ofrece 50 mil productos distintos bajo un mismo techo, hay unas 250 o 300 marcas y modelos de vehículos, y docenas de variedades en la industria de la confección; tan solo la rama de cosméticos para hombre está creciendo 38% anualmente, lo que muestra con total claridad lo que las empresas tienen que hacer para sobrevivir y ganar mercado. Esa es una realidad que el gobierno no puede cambiar ni las regulaciones ni los subsidios, sino solamente la preferencia de los consumidores y la sagacidad de las empresas. El cuarto aspecto es la inversión física y en capital humano y tecnológico. Si los empresarios piensan que sus hijos, sobrinos o yernos son los más indicados para dirigir el negocio, están perdidos. A veces salen buenos, trabajadores y eficientes, pero si no es el caso les cuesta menos becarlos que tenerlos dentro de la empresa; los estudios muestran que las empresas familiares que se mantienen en la vieja tradición cerrada desaparecen a la tercera o, máximo, cuarta generación. Hoy es crucial la calidad y la preparación del capital humano que reúna una empresa y la cantidad de innovación y conocimiento que éste produzca. Lo mismo ocurre con la infraestructura física y tecnológica. Los viejos galerones, las condiciones sanitarias infrahumanas, la falta de comedores o de buena iluminación, el servicio eléctrico insuficiente y un largo etcétera, que por mucho tiempo fueron el denominador común de varias empresas locales, son impensables en la actualidad. Si los empresarios piensan competir en el siglo XXI con las condiciones del XIX están perdidos y no los salva ni el FOBAPROA. Ahora tienen que invertir en recursos humanos, en talento, en educación y capacitación permanentes. Y, claro está, pagar bien por esos recursos. Y una quinta reflexión tiene que ver con las condiciones crediticias del país. Los empresarios se quejan de que el dinero es todavía caro en México y tienen algo de razón. Pero después del desastre del FOBAPROA y del abuso que empresas como GUTSA hicieron de los recursos del contribuyente, es normal que la banca se haya vuelto más rigurosa en la colocación del dinero. Pero aquí entran dos áreas de oportunidad. Una es aprovechar la nueva legislación del mercado de valores para que las empresas medianas, como las que abundan en Aguascalientes, estén en condiciones de levantar recursos frescos para su expansión, haciendo pública una parte de su capital, y otra es transparentar sus mecanismos de administración y de toma de decisiones; en otras palabras, poner el orden los libros, lo cual es saludable para la empresa, para los accionistas y para el mercado. No todo está perdido en Dinamarca, por supuesto. Hay algunos ejemplos exitosos como La Huerta, Crisa-Línea Italia, JM Romo y algunas otras más que están haciendo las cosas de manera distinta. Pero si la mayoría de las empresas de Aguascalientes desean algún día ser verdaderamente importantes a nivel nacional e internacional, tienen que profesionalizar sus operaciones, entender muy bien el mundo económico actual, trabajar mucho, contratar talento, innovar y competir agresivamente dentro y fuera del estado y del país. De otra suerte, Aguascalientes seguirá siendo la modesta tierra de la gente buena, el cielo claro y la feria, pero no un estado fuerte, importante o realmente próspero.
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