· Año 11 · Número 126 · Junio 2005 ·
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Ing. Salvador Rodríguez Aldrete
Director General de Asesores Patrimoniales
CAS del Bajío, S.C.

srodriguez@sryamex.com

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Esta colaboración inicia una serie sobre la economía del conocimiento. Un tema que en lo personal me apasiona y que considero de vital importancia para el desarrollo de nuestro país y en particular de nuestro estado. Ya en el número de diciembre del año pasado comenté acerca de “Educación y economía del conocimiento”. Hoy cubriré algunos de los orígenes del concepto y en artículos subsecuentes las implicaciones de este nuevo entorno para los ciudadanos comunes en general y para los empresarios en particular. Confío que será atractivo para los lectores de Líder Empresarial.

Muchos de nosotros nos hemos planteado la pregunta ¿Cuánto vale mi empresa? y probablemente no hemos encontrado una respuesta precisa.

Si le preguntamos al contador, seguramente nos responderá que la diferencia entre activos y pasivos. Si la pregunta la planteamos a un analista financiero, quizá nos diga que el valor de los flujos libres de efectivo para los próximos años descontados a una tasa de retorno que sea aceptable para nuestro capital.

Cuando cuestionamos un poco más resulta que no podemos ponernos de acuerdo en el valor de los activos, si son depreciados y revaluados o a valor de mercado. Tampoco el análisis de ingeniería económica es claro ya que la tasa de descuento no es un valor generalmente aceptado. Entonces: ¿Cuánto vale mi empresa?

La realidad es que una empresa tiene un valor que depende, en un gran porcentaje, de intangibles. Imaginémonos por un momento que compramos una compañía en operación a valor contable, tomamos posesión y nuestra primera actividad es despedir a todos los técnicos, los vendedores y a todo el personal de cobranza y administración. ¿Obtendremos algún valor por nuestra inversión?

Es obvio que bajo esta situación y hasta que no podamos reconstruir la organización, los activos por los que pagamos estarán ociosos. Es este un caso muy drástico y poco probable. Pero no es necesario que el evento sea tan brutal para que perdamos valor. Entonces: ¿Dónde estaba el valor?

Algunos de nosotros, ciudadanos en plenitud como nos llaman ahora, recordaremos el concepto contable del “crédito comercial” que agrupaba un valor estimado por los intangibles de una empresa. Hoy en día sólo se refleja en los estados financieros cuando se “compra a un tercero y se paga por él y exclusivamente por lo que corresponde a marcas y/o nombres comerciales”.

Para intentar responder a los dilemas anteriores, los académicos han trabajado en varios esquemas. Por ejemplo, en la década de los 80’s se desarrolló la “teoría de capacidades” que en términos sencillos establece que “la rentabilidad de las organizaciones es función de sus recursos y capacidades en un momento determinado en el tiempo y sus beneficios dependen de las características del entorno y de las capacidades de las que dispone”.

Y resulta que las capacidades son, en gran medida, resultado de intangibles tales como la “habilidad de la organización para responder a cambios repentinos” o “la velocidad de transmisión del objetivo a cumplir de la cabeza hacia los niveles primarios de la empresa”. Es decir, de lo que los miembros de la organización sepan, puedan y quieran realizar. En otras palabras, lo que mueve la competitividad y rentabilidad de la empresa son las personas. Y el valor de ellas no se refleja en los estados de resultados. Entonces: ¿Cuánto vale mi empresa?

La pregunta anterior llevó a la generación del concepto de “capital intelectual”. El Capital Intelectual lo podemos definir como: “El conjunto de Activos Intangibles de una organización que, pese a no estar reflejados en los estados contables tradicionales, en la actualidad genera valor o tiene potencial de generarlo en el futuro” (Euroforum, 1998). Sin embargo, el dilema continúa: ¿Cómo lo mido?

Si crees, estimado lector, que hasta este punto ya es bastante complejidad, lamentablemente tengo malas noticias. Resulta que a partir de la revolución en las telecomunicaciones y la informática se ha generado un nuevo tipo de modelo económico que está substituyendo, a velocidad impresionante, la estructura con la que tú y yo crecimos que es la de la economía industrial. Esta nueva economía, bautizada por los estudiosos como “La economía del Conocimiento” (o KM por el término en inglés Knowledge Economy), ya es hoy una forma de vida para sociedades como la Finlandesa o regiones del mundo como la zona de Boston y el norte de California en Estados Unidos. Y en esta nueva estructura económica el activo más valioso es, precisamente, el conocimiento.

Y entonces: ¿Cuánto valen las empresas? O en un sentido más amplio: ¿Cuánto valen las economías de los países?

¿Qué es más valioso, el ser grande y con mucha infraestructura o el ser pequeño y rápido?

¿Por qué los inversionistas pagan una gran cantidad de dinero por empresas cuyos activos fijos son deleznables?

¿Cómo atrae un país inversiones? ¿Con base en su disponibilidad de recursos naturales y mano de obra o con base en las capacidades de su gente y la infraestructura de telecomunicaciones, vivienda, servicios, etc.?

¿Podremos seguir siendo competitivos sin generar y usar conocimiento?

¿Cómo deben ser las ciudades dentro de la economía del conocimiento?
Son todas las anteriores y muchas otras que podemos plantear, preguntas válidas para nuestro futuro, como personas, como empresarios, como empresas, como comunidad y como país. Trataremos de abordarlas a través de esta serie de colaboraciones en la Revista Líder Empresarial.

Iniciemos tratando de establecer el concepto básico y sus repercusiones: ¿Qué es economía del conocimiento?

Existen varias definiciones. En lo personal pienso que una muy clara es aquella que establece: “Economía basada en el conocimiento es aquella en la que la producción y uso de conocimiento son los factores preponderantes en la generación de riqueza”.

Nota por favor, estimado lector, que hablamos de “factor preponderante”. En ningún momento decimos que la producción de tangibles no exista o no sea parte de la economía. Finalmente es un asunto de precio y margen. En esta nueva economía, el margen alto será para aquel que intercambie conocimiento. Las empresas y los países que continúen produciendo tangibles tendrán su lugar, sólo que el valor de sus bienes, y por ende su posibilidad de bienestar económico, serán cada vez menores.

¿Es la economía del conocimiento algo que sucederá en el futuro? La respuesta es un enfático NO. Es algo con lo que hoy convivimos y que muchos países han adoptado (la incorporación a ella) como su principal estrategia de crecimiento.

China, un país al que muchos en México catalogamos como un competidor que depende únicamente de su mano de obra a bajísimo costo y sus prácticas desleales en el comercio internacional, tiene un contenido cercano al 50% del valor de sus exportaciones en productos de media a alta tecnología y lo que es aún más impactante, es el primer país en número de estudiantes de postgrado en áreas técnicas que se encuentran en el extranjero. Evidentemente China no está pensando en seguir dependiendo de las exportaciones textiles para continuar su crecimiento.

En México hemos iniciado esfuerzos muy aislados al respecto. Quizá el más organizado es el de Ciudad del Conocimiento que arrancó el Gobierno de Nuevo León en colaboración con las Universidades locales. Sin embargo, pareciera que, en palabras de Mauricio Schettino, el columnista del Universal... “Todavía estamos discutiendo si salimos de la economía agrícola y nos montamos a la economía industrial”. El problema con esta actitud es que, como con muchas otras cosas, cuando nos decidamos a abordar el tren la vía ya no va existir.

Me parece que el Estado de Aguascalientes, por su dimensión, nivel educativo y espíritu de colaboración gobierno-academia-empresa, pudiera convertirse en un caso de éxito para desarrollar una región o área del conocimiento cuyo valor sea superior a otras regiones, con empresas que, con muy pocos activos tangibles, tengan una gran cantidad de valor económico derivado de la generación de conocimiento. El sueño sería que los estados financieros de nuestras empresas mostraran mínimos activos fijos pero una altísima capitalización de mercado.

¿Tendremos el valor de emprender este proceso? Nuestros hijos serán los beneficiados o quienes sufrirán las consecuencias.

Continuaré en el próximo número...

 

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