· Año 11 · Número 125 · Mayo 2005 ·
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Dr. Jorge Molina Larrondo
Director General de JML Strategic,
Market & Government Advice

jorgemolina@att.net.mx

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Para recuperar el rol estratégico que México tuvo en el hemisferio se requiere definir una política comercial congruente hacia una de las regiones emergentes más dinámicas en el mundo.

A partir de la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), la influencia y liderazgo de México ante el resto de América Latina se ha mermado considerablemente debido a la imagen que adquirió desde entonces como un país alineado con los intereses estadounidenses. La falta de una política congruente hacia Sudamérica ha fomentado el distanciamiento y las fricciones innecesarias tanto con los países de esta región como con la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), al mismo tiempo que se han generado vacíos que han fortalecido especialmente a Brasil y desperdiciado oportunidades para diversos sectores de la economía mexicana. Sin embargo, lo más preocupante ha sido la poca atención que se ha prestado a la transformación del mercado sudamericano.

Hasta 1991, la influencia mexicana en Sudamérica era evidente, en particular por su defensa sin compromisos a los principios de no intervención y autodeterminación en cada nación. Ello generó un marcado distanciamiento de los Estados Unidos, de su política intervencionista y el reconocimiento de la comunidad internacional. Esto permitió la intervención del gobierno mexicano en diversas circunstancias como intermediario entre los Estados Unidos y Latinoamérica.

Sin embargo, a partir de la entrada en vigor del TLCAN, el gobierno del Presidente Carlos Salinas consideró que los beneficios que se derivarían del tratado compensarían los costos políticos que México enfrentaría con otros países. Por ejemplo, cuando Brasil demandó a México en 1993, fue la nación más favorecida en el marco de la ALADI – conformada en la actualidad por Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, México, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela – y el otorgamiento de las condiciones negociadas con Estados Unidos en el TLCAN, la reacción inicial del gobierno mexicano fue amenazar con retirarse de ALADI si Brasil insistía en su petición.

Desde entonces, Sudamérica ha superado todas las crisis que ha enfrentado, tanto políticas como económicas, hasta convertirse hoy en día en una de las regiones más dinámicas entre los mercados emergentes. Incluso, el que fuera Secretario de Estado del primer periodo de gobierno del Presidente George Bush, el Gral. Colin Powell, describió a Sudamérica a finales del 2004 como una “super-potencia agrícola a la que habrá de tomarse muy en serio en el futuro,” en base al grado de desarrollo y potencial agroindustrial de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay.

Hoy día, el liderazgo que ejerce Brasil en la región es un factor clave para el éxito y alcance de las negociaciones comerciales de la Ronda Doha y del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), así como para el futuro de la relación comercial de Sudamérica con la Unión Europea, China e India. El reciente fallo de la Organización Mundial del Comercio (OMC) a favor de Brasil – el principal productor en el mundo de pollo, jugo de naranja, azúcar, café y tabaco – en el caso donde éste impugnó los subsidios estadounidenses a los productores de algodón fortaleció aún más su influencia e importancia internacional.

Asimismo, los diez países de la región han realizado desde el 2003 avances significativos en los procesos de integración, entre los que destacan el acuerdo comercial entre la Comunidad Andina – Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela – y el MERCOSUR – Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay – y la ratificación para la creación de un área de libre comercio en el marco de la ALADI, así como la renovación de los principios rectores tanto del MERCOSUR como de la Comunidad Andina.

La transformación del mercado sudamericano será aún más profunda como resultado de las negociaciones con Estados Unidos y la Unión Europea y el acercamiento con China. Las negociaciones de Estados Unidos con la Comunidad Andina vendrán a establecer el régimen comercial que sustituirá al programa de preferencias arancelarias vigente y requerirán de nuevos programas de política comercial que sustituyan a los vigentes, como el Plan Vallejo de Colombia, que ofrecen protección – y subsidios – a diversos sectores de la economía. Asimismo, los contratos firmados con China para venderle materias primas han despertado el interés en el cuidado del medio ambiente.

Para el 2005, el gobierno mexicano tiene agendada la adhesión de Ecuador, Panamá y posiblemente de Perú al G-3, el TLC entre México, Colombia y Venezuela, que entró en vigor desde el 1 de enero de 1995. A pesar de los problemas entre Colombia y Venezuela, que llevaron a excluir de la negociación un número importante de productos, dicho TLC cuenta con disciplinas acordadas para el acceso a mercados, reglas de origen, procedimientos aduaneros, obstáculos técnicos al comercio, medidas sanitarias y fitosanitarias, servicios e inversión.

Los casos de Ecuador y Perú son más sencillos que el de Panamá, tanto por las concesiones que reciben en el marco del Pacto Andino, como por los antecedentes de los Acuerdos de Complementación Económica firmados por México con esos dos países en el marco de la ALADI. Además, la conclusión de esta incorporación permitiría concluir un proceso de negociación que se ha prolongado por una década.

Asimismo, México tiene el incentivo de realizar esta negociación en el 2005 en tanto que la Comunidad Andina – a excepción de Venezuela – está negociando con Estados Unidos un TLC que esperan concluir en el primer semestre de este año. La adhesión de Ecuador y Perú permitiría revisar el G-3 y darle congruencia una vez que concluyan las negociaciones entre esos países.

Por su parte, el TLC con Bolivia, que comenzó el 1 de enero de 1995, casi no es tomado en cuenta por los exportadores mexicanos. Su negociación se derivó en buena medida de la intención del gobierno boliviano de enviar una señal de distanciamiento e independencia a la influencia brasileña sobre este país. Sin embargo, el comercio entre México y Bolivia representa el 0.02% del comercio total mexicano.

En el caso de Chile, luego de la entrada en vigor del TLCAN y de otros TLC´s fue necesario actualizar el tratado negociado en 1992, el que entró en vigor el 1 de agosto de 1999. Chile ha aprovechado este instrumento más que los productores mexicanos, los que siguen enfrentando diversos problemas ante las autoridades de ese país tratando de acceder a ese mercado. Sin embargo, el monto del comercio total entre México y Chile es ligeramente inferior al comercio entre México con Colombia y Venezuela.

El TLC entre Chile y Estados Unidos que inició el 1 de enero de 2004, ha eliminado los aranceles a más del 80% de las exportaciones estadounidenses y ha permitido la apertura chilena del sector de servicios, en tanto que el sector agroindustrial de Chile ha resultado particularmente beneficiado. Las exportaciones de frutas y hortalizas frescas de Chile a Estados Unidos tuvieron un crecimiento récord del sector agropecuario chileno en el 2004.

Por su parte, el TLC con Uruguay entró en vigor el 15 de julio de 2004 en buena medida como resultado de la insistencia del gobierno uruguayo, quien busca mercados alternativos a sus exportaciones ante los problemas de ingreso al mercado brasileño y los constantes vaivenes de la economía argentina. Se esperaba que las negociaciones concluyeran en el 2002, pero hubo necesidad de solucionar diversos problemas relacionados con algunas de las principales exportaciones uruguayas, carne de bovino, azúcar y productos lácteos.

Luego de que México solicitó al MERCOSUR convertirse en miembro asociado, resta definir en términos comerciales el significado de dicha membresía. En tanto que la petición mexicana representó un acercamiento muy importante hacia Sudamérica en términos políticos, las condiciones que rigen al MERCOSUR representan conflictos muy importantes con los compromisos mexicanos con Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea. Incluso, algunos diplomáticos han comentado, pidiendo no ser identificados, que en el acta de la reunión donde el Canciller Derbez requirió de manera oficial el ingreso de México no se especifica este tema.

Uno de los retos principales de ALADI es la actualización del Acuerdo de Montevideo de 1980. De la misma manera que la OMC logró incorporar temas que no eran tratados de manera adecuada por el GATT, ALADI requiere generar un marco que comprenda toda la agenda de comercio internacional que forma parte de un TLC. Para ello, se requiere lograr un balance muy delicado entre los intereses de los tres grandes grupos que conforman el organismo, las economías más desarrolladas, los países medianos y los menos desarrollados, sin que los acuerdos sirvan como un medio para legitimizar la agenda política de ninguno de ellos, sea un país grande como Brasil o uno más pequeño como Cuba.

Por debajo del Secretario General, existen tres Secretarios Adjuntos que representan los intereses de los tres grupos de países que conforman la Asociación. Luego de que por muchos años la Secretaría General de ALADI no contó con un solo funcionario mexicano, México presentó en febrero del 2005 un candidato a una de las Secretarías Adjuntas por primera vez en más de una década, esperando jugar un rol más activo, en particular ante la enorme influencia de Brasil en este organismo. Se espera que el gobierno apoyará el ingreso de otros funcionarios al staff de la Secretaría General a lo largo de los próximos meses.

Sin embargo, la verdadera influencia que pueda ejercer México en ALADI y en Sudamérica dependerá de la política regional que acuerde el gobierno, en gran medida de la cooperación entre las Secretarías de Economía y Relaciones Exteriores. Por ejemplo, el representante mexicano ante ALADI es el Embajador ante la república del Uruguay, pero quien realiza el trabajo técnico y la mayoría de las gestiones – buscando no politizarlas – es el representante de la Secretaría de Economía en ese país.

A partir de las complicaciones que produjo el interés de la Cancillería mexicana en el 2003 por mantener las decisiones en materia de comercio internacional, resulta indispensable una mejor comunicación entre ambas Secretarías, sobre todo en lo que toca a la definición de la política hacia Argentina y Brasil. No es posible que la Cancillería siga realizando gestiones comerciales que son incongruentes con otros compromisos y resulta urgente el crear escenarios que permitan a México interactuar con Brasil en igualdad de circunstancias.

 

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