· Año 11 · Número 123 · Marzo 2005 ·
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Mtro. Otto Granados Roldán
Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades, ITESM Campus Aguascalientes
otto.granados@itesm.mx

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En la cultura política de los gobiernos priístas, cuando la sucesión presidencial era razonablemente predecible, los gobernadores de los estados tenían el cuidado de, al menos públicamente, no mostrar sus preferencias sobre todo porque, por un lado, solían equivocarse y con ello poner en riesgo sus carreras políticas y, por otro, podían comprometer al estado y exponerlo a un eventual castigo presidencial traducido en la falta de simpatía, interés o apoyo del centro respecto de la entidad.

Pero, con la alternancia democrática, los gobernadores actuales se han ido al extremo contrario y se asumen a sí mismos como los grandes factores de una decisión que, en realidad, está ya en manos de las burocracias centrales partidistas y de los millones de electores que irán a las urnas en el 2006. Por lo tanto, tienden a caer en el espejismo de que ellos son ahora los protagonistas principales que van a influir como dedo divino en la nominación y descuidar al estado por la seducción que siempre tiene andar en el teatro de la política y, más concretamente, en la tramoya que está detrás. Ejemplos sobran.

En la vecina Zacatecas, una entidad que está en los peores lugares en prácticamente todos los indicadores sociales y políticos del país, la gobernadora Amalia García no ha aterrizado aún en el Palacio de Gobierno, no se ha familiarizado con los problemas estructurales de la empobrecida entidad ni parece tener un plan estratégico o, al menos, una mera visión de lo que debiera hacer en los asuntos fundamentales del estado como el desarrollo agropecuario, el crecimiento de la economía o el mejoramiento de la educación. En sustitución, sigue pensando que es la dirigente nacional del PRD, haciendo política partidista y deslizando un disparate tras otro en cuanto seminario, foro, conferencia, simposio, taller o congreso sobre la agónica reforma del estado se organiza en la ciudad de México o en el extranjero. Esa es una evidencia realmente digna de estudio no solo porque encabeza un estado tan rezagado sino también porque, como ella misma y sus corifeos se encargan de presumir: es mujer y es de izquierda. La conclusión es que, más bien, podría haber una explicación psicológica subyacente que es no tener la menor idea de cómo se gobierna un estado y es preferible huir de la realidad.

Toda proporción guardada, será interesante observar cómo se conduce, en esta coyuntura tan singular, el nuevo gobernador de Aguascalientes. Surgido básicamente de las ligas medianas del empresariado local, su desempeño ha sido inversamente proporcional: mientras por un lado parece desear tener una cierta visibilidad en la escenografía política del DF y en la de su partido, por otro se ha vuelto una discreta figura en el ámbito local, el cual, por lo demás, está siendo ocupado con astucia, al menos en el terreno mediático, por el alcalde de la capital.

De continuar estas tendencias, el estado podría entrar en una dinámica triplemente inconveniente. En primer lugar, por el desgaste político que puede ocasionar la competencia salvaje entre ambas esferas de autoridad y el temprano despertar de las ambiciones personales; en segundo, por el riesgo que se corre entrando a jugar en una pista que al gobernador y a la mayoría de los políticos locales panistas les es desconocida y, finalmente, lo más importante, porque el estancamiento económico, social, cultura y educativo en que se encuentra el estado se puede volver crónico degenerativo. Vayamos por partes.

A los ojos de la ciudadanía, en sentido estricto, los servicios y competencias municipales son de mayor relevancia que los que presta el estado, y esto es perfectamente normal y explicable. Los ciudadanos saben bien que, aunque el ejecutivo estatal es una figura central, en la vida cotidiana lo que espera la gente es tener buena seguridad, calles limpias, jardines verdes, alumbrado público y agua eficientes, y otras cosas más que son facultad municipal. En cambio, al gobierno estatal le toca la pesada carga de hacer cosas que cuestan mucho y se ven poco –como administrar los impuestos, manejar la educación o la salud, y facilitar condiciones para que la economía se desarrolle. Esta dualidad produce una competencia inevitable que los medios se encargan de profundizar, entre otras cosas porque así subastan el gasto publicitario oficial al mejor postor, porque ambas esferas de gobierno quieren sacar las ocho columnas todos los días, porque no falta periodista que no tenga interés en una licencia de funcionamiento de cualquier local comercial, y porque no hay ciudadano que no quiera que le rebajen el predial o le den una licencia de construcción sin pedirle mordida.

Por tanto, la actividad del alcalde es mucho más ágil, se puede mover con más flexibilidad y menos complicaciones, y esto hace que, rápidamente, empiece a tejer la ilusión del futuro que le espera si su desempeño es bien percibido por el electorado. En cambio, por más esfuerzos que haga –si alguno-, al gobernador le resultará más difícil traducir sus logros en cosas valoradas por la ciudadanía, de manera directa, porque sus responsabilidades son mucho menos concretas y tangibles en el corto plazo. La conclusión es que la colisión es casi inevitable.

El segundo problema es que nuestros políticos panistas locales quieren correr en las pistas nacionales pero, en realidad, son poco menos que figuras decorativas. Véase, por ejemplo, la peregrinación de diplomáticos a la ciudad, que no dejarán absolutamente nada porque sencillamente la dinámica de las inversiones y las fuerzas del mercado son cosas que no les pasan por la cabeza a los embajadores tradicionales. O bien la concurrencia a actos irrelevantes del DIF en la ciudad de México, que poco importan a cualquiera, o las visitas interminables a los funcionarios federales de primer nivel, cuando muchas de las cosas en realidad se resuelven con funcionarios de tercer nivel –que tienen el poder de la firma- o incluso a nivel de las delegaciones en el estado. Pero claro, para los provincianos siempre es grato y deslumbrante ir a la capital.

Y el tercer problema es que aún no se sabe exactamente hacia dónde va el estado o, más bien, qué tipo de estado les gustaría dejar a las actuales autoridades en el año 2010. Este es el asunto más crítico. Mientras entidades como Nuevo León, Chihuahua o Querétaro se consolidan poderosamente como polos estratégicos de la manufactura de alto valor agregado, de generación de conocimiento o de vinculación educación-empresa, en Aguascalientes se piensa que la modernización de la infraestructura ferial, la construcción de una pista para carreras automovilísticas o la contratación de un viejo futbolista, son las prioridades para colocar al estado a la vanguardia del desarrollo, la competitividad y la productividad. No, ese no es el camino y se corre el riesgo de que, una vez más, el actual sea un sexenio perdido. El problema es que, como decía Lewis Carroll, quien se detiene, en realidad, retrocede. Si alguna vez nuestra aspiración era parecernos a Monterrey, tal vez ahora debamos pedirle a la virgen santísima que nos proteja y conformarnos con no caer a los dramáticos niveles de Zacatecas, Nayarit o Durango.

 

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