· Año 11 · Número 122 · Febrero 2005 ·
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L.A.E. Ma. Guadalupe González Madrigal
Presidenta de Mujeres Empresarias Mexicanas, A.C.
memac_lm@yahoo.com.mx

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La incursión de las mujeres en la vida empresarial no es una casualidad; responde en mucho a la necesidad personal y económica que la mujer tiene en determinada etapa de su vida.

Según el censo del 2000, el 50.4% de la población total mexicana son mujeres, las cuales conforman el 35% de la Población Económicamente Activa; en áreas urbanas su participación alcanza el 41.24% según cifras proyectadas a octubre del 2004.

Como realizadora de trabajos preponderantemente “domésticos”, se incorpora fácilmente a la actividad informal, en virtud de tener que combinar las obligaciones de casa con una labor que le dé ingresos; es en este sector donde participa al parejo del hombre en un 50%.

En el sector formal, la participación de la mujer es principalmente como asalariada, llegando al 60% del total de mujeres ocupadas en ese sector. De las que trabajan por su cuenta, son el 22.5% y el 12.9% trabaja en empresas familiares donde no se les paga, por ser parte de la familia.

En la economía formal, la participación de la mujer se distribuye principalmente en los servicios y el comercio, con un 40.8% y un 24.2%, respectivamente. En el sector industrial alcanza el 21.7% y en un 7.2% se integra al sector agropecuario.

Inicialmente las mujeres comenzaron a ocuparse fuera del hogar como alternativa para llevar un ingreso adicional al presupuesto familiar, pero también descubrieron que lo económico no era todo lo que podían obtener. El desarrollo de sus capacidades intelectuales y para relacionarse en el medio profesional les abrieron otro panorama, que marcó un cambio en los motivos de la mujer para incorporarse al medio laboral y profesional.

Ante la perspectiva de volver a dedicarse únicamente a las labores del hogar, la mujer ajustó sus horarios para poder cumplir con las exigencias de la vida laboral-profesional y de familia, llenándose de responsabilidad y estrés en alto grado. Actualmente enfrenta el reto más grande para lograr un equilibrio entre su vida profesional y familiar; y aún cuando pudiera pensarse que es un reto exclusivamente de las mujeres, es igual de importante para los hombres, ya que de la capacidad de ambos para adaptarse al cambio y de la participación del hombre en el cuidado de los hijos y las obligaciones del hogar, dependerá en mucho la conservación de la célula familiar, tal como la concebimos.

Ante esta problemática, la mujer encuentra una posibilidad muy atractiva en la actividad empresarial, ya que es un área donde puede desarrollar su propio talento, creatividad e iniciativa, combinando su preparación profesional con su conocimiento de ciertos mercados, productos o servicios, marcando su propio paso.

El desempeño empresarial le permite seleccionar su horario, de tal forma que jerarquiza sus responsabilidades diarias y estructura las actividades a realizar con base a ello. Una empresa propia permite adaptar los espacios para el cuidado de los hijos menores, y para las tareas cotidianas que no son empresariales.

En su mayoría, las mujeres que han hecho empresa comenzaron en el comercio o en actividades productivas derivadas de sus oficios domésticos, como la comida, el vestido y la repostería; convirtiéndose en fabricantes de ropa y blancos, restaurantes, cocinas económicas, pastelerías y panaderías.

Paralelamente, los servicios que pudieron ir proporcionando, como el hospedaje, la limpieza, el cuidado de niños y prácticas de belleza, los profesionalizaron y convirtieron en hoteles, servicios de limpieza doméstica e industrial, guarderías, escuelas y clínicas cosmetológicas, y cuando hubo títulos universitarios surgieron las doctoras, odontólogas, abogadas, contadoras, administradoras, químicas, y más recientemente, ingenieras, programadoras, mecánicas y un sinfín de profesiones como carreras universitarias y técnicas existan.

Hay muchas mujeres que por diversas circunstancias se han visto al frente de una empresa sin estar preparadas para ello; pero ante la presión de responder a compromisos preestablecidos han sabido salir adelante, guiándose en primer término por su intuición, adaptando modelos familiares conocidos, y en algunos casos valiéndose de profesionales que las ayuden a dirigir eficazmente una empresa.

Esta transición no es sencilla; sin embargo, la perseverancia, la responsabilidad y la necesidad de salir adelante, las han impulsado para descubrir talentos no potenciados que afloran en su proceso de definición de liderazgo.

Las mujeres que han iniciado una empresa, han ido desarrollando también un estilo de liderazgo propio, adaptando políticas según experiencias en otras empresas o directamente de la familia, que es el órgano rector primario de nuestra forma de actuar.

Así pues, la mujer está desarrollando un estilo de liderazgo propio, que puede o no copiar de ejemplos masculinos, pero adicionando su toque femenino, que tiende mucho más a la humanización del entorno en que se mueve.

Como tal, la mujer agrega a su liderazgo la sensibilidad que ha desarrollado en un grado más alto que el hombre por los patrones culturales que tenemos; la pasión y entrega a una causa que hace suya; la percepción detallada del entorno; el estilo persuasivo que ha desarrollado como medio para lograr las cosas; la disposición a escuchar y la amplia comprensión de la naturaleza humana.

Hemos visto ejemplos de que el liderazgo femenino en las empresas conserva los recursos humanos, dándoles trato de familia, con convencimiento, persuasión y disciplina, logrando una mejor respuesta de las personas hacia la causa común que es la empresa.

La mujer empresaria tiene entonces el reto de crear y mantener condiciones de trabajo con visión de género, es decir, empresas donde se permita a las mujeres y los hombres cumplir con una actividad laboral-profesional y al mismo tiempo hacerse cargo de sus hijos y de su casa; con un liderazgo que podríamos llamar “feminizado”, en que las mujeres entendamos lo que otras mujeres necesitan para mantener el equilibrio en su vida diaria.

Nos corresponde a nosotras facilitar el camino a otras mujeres que han decidido dar el paso e integrarse a la vida empresarial, para que sentemos bases en el sector productivo que permitan que desarrollemos nuestras capacidades, al mismo tiempo que mantenemos una vida familiar y profesional equilibrada, aprovechando nuestros talentos y participando armoniosamente en la sociedad.

 

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