· Año 11 · Número 121 · Enero 2005 ·
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Lic. Mario de J. Espinosa Casarín
Asesor Financiero
mariusvampire@hotmail.com

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El pasado mes de diciembre cumplimos diez años de la crisis del 94. Parece que fue ayer, y sin embargo, después de esa crisis de proporciones enormes para nuestro país, todavía nos pone a algunos nerviosos. A diez años, el peso se encuentra más o menos un 200% con menor valor respecto al dólar del que tenía antes de diciembre del 94, pero la economía mexicana es mucho más sólida y confiable.

Ahora la democracia es un hecho, y esa democracia que muchos no terminamos por entender nos ha llevado a un parlamentarismo muy a la mexicana. Sinceramente a mí me parece curioso. Considere el lector que durante más de 70 años el presidente de la república era un ser todopoderoso en este país. Para tratar de acallar a la oposición, el jefe de la nación poco a poco fue dando concesiones al poder legislativo, que no eran realmente aplicables porque la oposición jamás tendría mayoría, y las bancadas del partido en el poder eran ciegos esbirros del poder ejecutivo. Sin embargo, ahora que la oposición tiene la mayoría, México se encuentra, definitivamente, detenido y atascado en sus procesos de reformas que tanta falta hacen, y muy probablemente seguirá así.

Pero por paradójico que parezca, la estrategia sistemática de la oposición es evitar que el país tenga un verdadero progreso, porque todos sabemos que el grueso de la población todavía piensa que todo lo bueno o malo que sucede es por obra y gracia de nuestro presidente. Entonces, la lógica de los opositores del gobierno es poner todas las piedras posibles en el camino para evitar avanzar y de esa manera que la percepción del pueblo sea que el actual presidente es un inepto.

Lo más triste de todo esto es que la meta final de estas estrategias es lograr llegar mejor situados a la contienda presidencial siguiente, en este caso, la del 2006. O sea que a pesar de que sabemos que el presidente se encuentra en muchos casos prácticos por debajo de la autoridad del poder legislativo (en contradicción con la teoría republicana de Rouseau), la Silla Presidencial sigue siendo el premio gordo. Y todo para que, una vez ganada la silla, en estos tiempos de “legalidad” y democracia, el presidente nuevamente se vea detenido por la oposición, y, no lo dudo, que el actual partido gobernante se convierta a su vez en un ciego y sistemático opositor de quien, en su momento, gane la presidencia. Entonces, ¿de qué sirve ganar la presidencia?

La punta del iceberg es la pelea de vecindad por el presupuesto de egresos de este año que comenzamos. Con dos posturas francamente encontradas, pudiera parecer que ambas partes pretenden que el país tenga un pésimo año 2005, y que tengan todos los elementos para poder convencer al pueblo de que esta debacle es culpa del bando contrario. No sé por qué esta situación me recuerda a los tlaxcaltecas y mexicas del siglo XVI, con una falta absoluta de visión de futuro y mucho menos de un verdadero sentimiento de nación. Hace cinco siglos esto era entendible, la pregunta es ¿Cuánto tiempo hace falta para que entendamos que México es más importante que el partido LIBERAL o CONSERVADOR, que CENTRALISTAS o FEDERALISTAS, que PRI, PAN, PRD o demás partidos?

Pues bien, este año que comienza no será fácil. Las pugnas políticas afectan en menor o mayor medida la vida económica de cualquier país. Vicente Fox garantiza estabilidad económica para el 2005, y creo que tiene razón. La economía es sólida y fuerte. El presidente explicó que “son dos los motivos que sustentan estas acciones. El primero, es que existe una atribución constitucional, reconocida históricamente al Poder Ejecutivo para hacer observaciones al Presupuesto de Egresos aprobado por la Cámara de Diputados. Por primera vez en la historia, los diputados han optado por desconocerla”. El segundo motivo es que “el presupuesto aprobado por la Cámara de Diputados viola disposiciones constitucionales, al invadir funciones propias del Ejecutivo”.

Esperemos el desenlace de esta historia en nuestra próxima edición.

Me despido deseándoles un mercado de logros a la alza, con posiciones largas en expectativas personales y no muchos sobresaltos.

Hasta el próximo número.

 

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