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| · Año 10 · Número 118 · Octubre 2004 · |
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En los últimos años, la mayoría de los indicadores internacionales muestran que México ha perdido competitividad. Cuando se revisan las series estadísticas de tres décadas a la fecha, países como España o Corea, que en los años setenta tenían niveles de ingreso per cápita entre tres y cinco veces menores a los de México, hoy reportan una situación exactamente inversa; China ha desplazado a México como potencia comercial y turística en apenas medio lustro e Irlanda, que en décadas anteriores sufrió hambrunas y fue un fuerte expulsor de mano de obra, ocupa ahora uno de los tres primeros lugares en los informes de competitividad y es el nuevo milagro europeo. ¿Qué le pasó a México? ¿Son suficientes las explicaciones consistentes en que la responsabilidad es del antiguo régimen político? ¿Es creíble, como alega cotidianamente el gobierno Fox, que la culpa es del Congreso porque no le aprueba las reformas? ¿O es de los norteamericanos y de los chinos? ¿O que la solución es volver a las fracasadas políticas de la economía cerrada? Por más que los líderes empresariales y políticos insistan en esas causas, el análisis cuidadoso de la información económica dice que las cosas no van exactamente por allí. Veamos. Uno de los retrocesos más importantes ha sido en el crecimiento del empleo y de la economía del país. La economía mexicana lleva 3 años de estancamiento y el desempleo crece a pesar de que la migración de mexicanos a los Estados Unidos está en ascenso. La retórica del gobierno y de muchos empresarios insiste en que el estancamiento se debe a los problemas del exterior y que el villano es la recesión en los Estados Unidos. Pero, como se pregunta Pedro Aspe, ¿es así, o es simple populismo? ¿De verdad son nuestros vecinos del norte los causantes exclusivos de nuestro estancamiento? Revisemos los datos. En 2001, 2002 y 2003 la economía norteamericana creció en 0.5%, 2.2% y 3.1% en términos reales y con un PIB per cápita acumulado de 4.9%, mientras que nosotros caímos en -1%. Si bien la recesión de 2001 en Estados Unidos tuvo un efecto significativo sobre la desaceleración del PIB mexicano, a partir de esa fecha el PIB de Estados Unidos se ha recuperado de manera significativa, mientras el mexicano ha permanecido estancado. En otras partes del mundo, como China, el PIB per cápita creció 6.5% en 2001, 7.25% en 2002 y más del 9% en 2003, y en Chile su producto por habitante creció en 1.5% anual durante los últimos tres años, mientras que en México disminuyó. ¿Por qué otros países como China y Chile –que también exportan mucho a Estados Unidos- se han recuperado mucho más rápido? Buena parte de la respuesta se encuentra, por un lado, en la caída en el crecimiento de la productividad de la mano de obra en México y, por otra, en la interrupción de las reformas estructurales a consecuencia de la mala gestión política del gobierno y los partidos. Cuando se observan los incrementos sostenidos en la productividad en la economía de Estados Unidos, se entiende porqué los mercados abiertos, transparentes y competitivos generan disminución de los precios, incrementos en la variedad y en la calidad de los productos y un impulso a la innovación, lo cual tiene, en suma, un efecto directo sobre la productividad. Ahora bien, las reformas emprendidas en México desde finales de los años 80 y hasta 1994, permitieron que la productividad fuera creciendo, de tasas muy bajas, 1.4% en 1986, hasta alcanzar tasas de alrededor del 8% anual a mediados de los noventa. Sin embargo, a partir de esa fecha, los gobiernos de Zedillo y Fox interrumpieron prácticamente todas las otras nuevas reformas requeridas, mientras que nuestros principales socios comerciales y competidores avanzaron rápidamente en ese camino. ¿Qué hacer? El primer factor tiene que ver con la calidad del gobierno. Transcurrida la alternancia, es suicida para un país aceptar que, por inexperiencia o por impotencia, los gobiernos sean tan malos –como el actual-, y haya que esperar otros 70 años a que aprendan a ser buenos. Al contrario. Los nuevos gobiernos que surgen en este contexto se enfrentarán con la exigencia de hacer un "mejor gobierno", esto es, un cuerpo de proveedores de bienes públicos más eficaz, más eficiente y más transparente. Dadas las tendencias, los nuevos gobernantes –en México, en Aguascalientes y en todas partes- deberán concentrarse en las áreas realmente cruciales para aumentar la competitividad. En síntesis, ahora más que nunca, es indispensable contar con recursos humanos de excelencia para la administración pública. Si en el 2006 es electo un gobierno autoritario, populista e incompetente, los problemas mexicanos se profundizarán gravemente. Segunda reflexión: la economía ficción, la mano de obra barata, los incentivos fiscales, la buena voluntad del gobierno o los subsidios, ya no son factores de atractividad. Por lo tanto, cualquier respuesta imaginativa y viable al incremento de la competitividad tiene que ver con la formación de capital humano a través de la educación y la capacitación; con el aprovechamiento y la creación de ventajas competitivas; con la modernización del marco regulatorio que incentive la inversión; con la construcción de infraestructura moderna y de clase mundial; con fuentes de acceso a la innovación tecnológica, y con un ambiente de certidumbre jurídica y de seguridad física. Veamos algunos de esos aspectos con más detalle. 1. Infraestructura de clase mundial. Buenas vías de comunicación y medios de transporte, disponibilidad de agua y energía de calidad, a precios competitivos y ecológicamente sustentables, telecomunicaciones eficientes y tecnologías digitales de rápido acceso, y una amplia infraestructura social, son condiciones necesarias para mejorar la competitividad. Si bien el estado debe destinar mayores recursos para algunos de estos renglones (por eso la reforma fiscal es urgente), la participación privada es clave y deben empujarse las reformas estructurales que la faciliten. 2. Educación. Es ya un avance pensar en introducir la evaluación, los concursos de oposición para los cargos directivos escolares, la computación o el inglés en la educación básica, pero es urgente transformar radicalmente la educación superior, para orientarla a las necesidades de las nuevas demandas del desarrollo, así como multiplicar las opciones de educación técnico-profesional (bajo modelos tecnológicos como los usados en Francia y Alemania, con carreras cortas y flexibles) y de capacitación laboral. Cada vez es más claro que los activos más valiosos para un país y un estado radican en los activos intangibles que acumule una economía: conocimientos, destrezas especializadas, capacidad de cambio, habilidades y competencias, es decir, capital intelectual y humano. Y es en esa dirección hacia la cual debe orientarse una genuina reforma de la educación. 3. Entorno regulatorio. Las regulaciones son necesarias para ordenar los excesos del mercado y permitir que el Estado cumpla con determinados objetivos de política pública. Pero la clave está en que las regulaciones sean buenas y eficientes. Hasta hace muy poco el universo de regulaciones federales era de casi 6,800 normas, leyes, decretos o reglamentos contenidas en más de 5,500 páginas, y los días de trámites y papeleo ante diferentes esferas de gobierno para abrir un negocio oscilaba entre 42 y 142 días en la república. Agréguense las de nivel estatal y municipal. Es Kafka en persona. Todas las esferas de gobierno deben emprender una acción rápida, efectiva y medible, con plazos muy concretos, para abatir los excesos regulatorios y usar las nuevas tecnologías para hacer más sencilla la vida empresarial. 4. Innovación y el desarrollo tecnológico. Según el Índice de Avance Tecnológico de Naciones Unidas, México aparece en el lugar número 32 entre 72 países estudiados. Esta calificación, que en principio parece alta, se debe a que el 66% de las exportaciones mexicanas son productos de tecnología alta y media, pero en realidad esconde limitaciones serias. Por ejemplo, México es el país con la más baja penetración telefónica pues mientras el 64 por ciento de las viviendas ocupadas por el 10 por ciento más rico de la población cuenta con teléfono, tan solo el 12% del decil más pobre dispone de este servicio. Otro ejemplo: la matrícula escolar de nivel superior en ciencias, matemáticas e ingeniería es en México de solo 5 por ciento, en contraste con el 12 por ciento de Argentina y Chile, y el 23 por ciento en Corea. Esto tiene, naturalmente, un impacto negativo en la capacidad de innovación: mientras en el país solo se concedió una patente por cada millón de habitantes en 1998, en Argentina se concedieron 8, en España 42 y en Corea 779 en el mismo año. Aunque buena parte de nuestras exportaciones son de tecnologías media y alta, en realidad no son fabricadas sino solamente ensambladas en México con componentes importados, lo que explica que, por ejemplo, del total de exportaciones de la industria electrónica, que son de alrededor de 10 mil millones de dólares al año, los insumos nacionales sean solo de entre el 5 y el 20% del contenido total de dichas exportaciones. Este es un aspecto crítico si queremos detonar una política nacional industrial fuerte: tener un programa de ciencia y tecnología que se enfoque en cuatro aspectos: capacidad de innovación, difusión de nuevas tecnologías, difusión de invenciones antiguas y desarrollo de habilidades técnicas y científicas. 5. Finalmente, aun con todo lo anterior, no hay entorno económico ni político viable que no descanse sobre un marco sólido de certidumbre jurídica, seguridad física y confianza social. Esta es condición indispensable para alcanzar un desarrollo sostenido y elevar nuestros niveles de competitividad internacional. Si México y los mexicanos no atienden la importancia de respetar la ley y vivir en un estado de derecho, seguirá produciéndose un fenómeno psicológico que alimente la frustración ciudadana, la desconfianza en las instituciones, el desencanto con la democracia y la sensación de que las cosas en México, simple y sencillamente, no tienen remedio. De ser así, habrá un daño sumamente grave para un país. Mientras no exista un verdadero respeto al estado de derecho, México no será un país democrático, moderno, justo y competitivo.
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