· Año 10 · Número 117 · Septiembre 2004 ·
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Iñaki Gamma
chona70@hotmail.com

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No obstante los consabidos conflictos postelectorales, la claridad de los números y estadísticas que arrojó el ejercicio electoral de este año, puede ser el punto de partida más cercano a la objetividad para analizarlo en su justa proporción.

La relativa baja participación ciudadana en este proceso supone una serie de lecturas tan variadas como las ópticas desde que se le observe, pero que teóricamente obedece a una misma preocupación: el abstencionismo y desinterés.

En sí misma, la decisión de declinar el empleo del instrumento democrático más claro que tiene el ciudadano, puede entenderse como una manifestación popular, mayormente de hastío sobre el método político de representación colectiva.

No obstante que el uso (o desuso) libre del voto concede al individuo el derecho de equivocarse o estar en desacuerdo con quienes llaman a los procesos electorales, habría que separar los actores involucrados en los mismos.

Candidatos

En los años recientes, las figuras y personalidades que presumiblemente dan rostro a las plataformas políticas de los partidos, parecen haber rebasado las ideologías de los mismos y han apostado más por el arrastre o simpatía de sus abanderados que por la argumentación de sus propuestas.

Esta práctica permite a los candidatos presumir que su fisonomía puede ser suficiente para conquistar los puestos de elección basados en un sofisticado y oneroso aparato de publicidad que por sus limitaciones técnicas impide el fomento de la reflexión o divulgación suficiente de las ofertas políticas.

De esta forma se ha reproducido una práctica fincada en el mercado del voto, es decir, fundada en el principio de oferta-demanda y compra-venta, que parece no haber sido el más afortunado ni valedero, aún para quienes virtualmente resultaron triunfantes en la contienda.

Lo anterior parece demostrar que el poder económico es la llave de entrada a mayores y mejores espacios de divulgación de su “producto” y por ende, susceptible de ser aceptado por la mayoría.

Partidos políticos

Las estructuras partidistas hicieron gala de los recursos financieros a su mano, así como técnicos, humanos y hasta artesanales para fomentar las campañas de sus abanderados, otorgándole al pasado proceso electoral un extremoso tono de derroche y dispar austeridad.

Por lo que se pudo observar, el papel de los partidos políticos, que huyeron sistemáticamente a los debates serios, se redujo a imprimir su color en pancartas, folletos, espectaculares y demás artificios divulgables que sus aspirantes fueron capaces de fabricar, más allá de ofrecer un calidoscopio de ideas, argumentos o reflexiones sobre temáticas públicas vigentes y urgentes para los aguascalentenses.

Sector privado

Demostrando de nuevo su peso dentro del conglomerado social, los Líderes Empresariales pusieron de manifiesto su capacidad de organización, participando activamente como observadores electorales pero en la previa, fueron tomados en cuenta como referentes del rumbo que debe tomar la actividad productiva en el Estado.

De igual forma la historia política reciente, da cuenta que han logrado incrustarse en los puestos de representación y una vez instalados en instancias de poder, han incorporado nuevos esquemas de operación política, faceta que en su momento analizaremos en subsecuentes ocasiones.

Toca ahora ajustar la lucha de intereses legítimos al ejercicio legal y honesto de la Autoridad en sus diversos órdenes y Poderes institucionales, respondiendo desde su papel generador de actividad económica, de empleo y oportunidades de crecimiento que cualquier sociedad moderna merece.

Ciudadanía

Impredecible, como siempre, este reactivo (más que espectador) de la contienda se valió de una alternativa de expresión pública llevando al triunfo a quienes supone serán capaces de traducir en actos y efectos la solución de una serie de necesidades que desea satisfacer por conducto de los nuevos depositarios del poder; por otro lado, anulando la posibilidad que nadie pudiera usufructuar su voluntad y por último ausentándose de las urnas, conducta que en sí misma no da cuenta de nada.

Es decir, esta última decisión revela únicamente que sólo 52 de cada 100 aguascalentenses emitieron su voto; se trata pues, de un dato duro, no por lo que pueda suponerse motivó la inasistencia de ciudadanos en las urnas, sino por lo que llanamente significa.

Por tanto, no existe un método fidedigno a partir de estos resultados, de adivinar, suponer o inferir qué motivó a esos 48 de cada 100 ciudadanos para no expresar el sentido de su voto; lo otro, son meras suposiciones.

Conclusiones

Conforme a la anterior descripción es posible arribar a una rotunda conclusión: Aguascalientes demanda sentidamente un cambio de cultura política, fundamentada en la claridad de ideas, seriedad en el desempeño y vías de participación pública ampliadas.

Si entendemos que es poco probable que desde los hogares se hagan llegar a las oficinas gubernamentales los atentos oficios ciudadanos, describiendo carencias, necesidades, preocupaciones o requerimientos de quienes invariablemente motivan o dan sentido a la representación social y la gestión pública, lo anterior significa una tarea permanente de los diversos órdenes de gobierno (Federal, Estatal y/o Municipal) e instancias de los Poderes que conforman el Estado, para identificar metodológicamente los campos de oportunidad en los que se puede instrumentar acciones, programas o estrategias satisfactorias.

Implica también, la necesidad de revisar y recomponer los modelos, estrategias y aplicación de recursos de difusión pública con los que en los últimos años se viene desempeñando la contienda político electoral. Requiere establecer con suficiencia un nuevo orden jurídico e institucional que sujete a los diversos actores a una dinámica más equitativa, clara, comprometida y redituable en términos de profesionalismo de la gestión social.

En pocas palabras, hay que volver al ciudadano razonable, con capacidad de discernimiento, dispuesto a la participación social y capaz de ser elemento activo de la vida pública. Habríamos de atender entonces al llamado de la imaginación social como el agente de los cambios históricos que tanto anhelamos.

 

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