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| · Año 10 · Número 117 · Septiembre 2004 · |
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Terminó la Convención Nacional Hacendaria. Hemos dado seguimiento a dicha convención desde esta columna y, ahora nos preguntamos, ¿un éxito o un fracaso? Veamos algunas de las conclusiones interesantes a las que se han llegado: El 98% de los acuerdos fueron conseguidos por consenso, esto quiere decir que todo mundo estuvo de acuerdo... por lo que no habría, en teoría, posibilidad de no ser aprobados por el Congreso de la Unión. La Convención marca cuatro reformas estructurales, que si bien no están perfectamente delimitadas (esto será trabajo de los legisladores) sí sienta un precedente importante en el camino correcto. El primer rubro sería la modificación del régimen de pensiones. El segundo la reforma fiscal, que incluiría impuestos al consumo y ecológicos, Impuesto Sobre la Renta (ISR), régimen de Petróleos Mexicanos (PEMEX). El tercer rubro sería una Reforma Presupuestal y el cuarto una Reforma Federalista, con lo que se permitiría una mejor distribución de los recursos en los tres niveles de gobierno. Hay también una propuesta muy interesante dentro de la Reforma Fiscal que sería reducir el impuesto federal al consumo (IVA) del 15% al 12%; el restante 3% sería cobrado por Estados y Municipios. En alguna ocasión en esta columna hablamos del costo político que esto representa para los gobernadores. En pocas palabras, es muy fácil pedir dinero a la Federación, pero no tan sencillo tomar el toro por los cuernos y pasar la charola a los contribuyentes del propio estado... el costo político es obvio, aunque los beneficios económicos también lo serían. La Convención Nacional Hacendaria tiene conclusiones muy específicas, como la simplificación en la recaudación tributaria por medio de los municipios y gobiernos estatales, aunque si deja algunos aspectos con el fondo acordado a la forma por desarrollarse... En este aspecto parece que la estrategia del gobierno federal será, precisamente, dar forma a aquellos que quedaron vagos de esta reforma para enviar a la brevedad una “canasta” de propuestas al Congreso de la Unión, otra a los Congresos Estatales y una serie de acciones concretas para ser consideradas por los Ayuntamientos. Estas consideraciones nos llevan a pensar nuevamente en la posibilidad de que nos pongamos de acuerdo. Y ahora nos preguntamos ¿Será posible? Estimado lector, de verdad esperemos que así lo sea. Podemos tardar meses, años, o incluso sexenios en ponernos de acuerdo, pero tarde o temprano tendremos que lograrlo. Hay países donde es más fácil, por la misma cultura e idiosincrasia de sus pueblos, y también hay naciones donde esto no se consigue nunca. Y curiosamente no hay una gran relación entre “ponerse de acuerdo” y el grado de desarrollo económico del pueblo en cuestión. No olvidemos lo famosos que son el Congreso Italiano o Francés, por ejemplo. Y, por supuesto, no olvidemos lo “dócil” y “propositivo” que era nuestro propio Congreso en los últimos 70 años. Pues bien, este es el costo de la democracia. No es el régimen perfecto, pero probablemente sea el más justo. La democracia es parecida a la fábula del Viejo, el Niño y el Burro. Cuando ambos iban montando el jumento, la gente que pasaba se compadecía del animal. Cuando ninguno iba encima, la gente los llamaba tontos, y cuando llegaron al extremo de cargar al asno, terminó por caerse al río. En conclusión, no es posible tener a todos contentos, pero si es posible ponerse de acuerdo para tener a la mayoría, sino contenta, sí en una mejor situación y con un mejor nivel de vida. Me despido deseándoles un mercado de logros a la alza, con posiciones largas en expectativas personales y no muchos sobresaltos. Hasta el próximo número.
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