Publicado el: 4 diciembre, 2017

¿Hay una fórmula para prevenir la muerte de un negocio? Cada compañía es un mundo, pero existen señales que nos indican que algo va mal. Alfredo Pérez Moreno, un experto en análisis y planeación financiera, habla de algunas de ellas.

Edad de la empresa: un factor determinante

Primero, hay que diferenciar una empresa que apenas comienza de una ya madura. Los indicadores de alarma varían según el ciclo de vida. Si es un negocio joven, se traducen en dificultades para penetrar el mercado, retener clientes y colaboradores, así como falta de liquidez y costos excesivos.

“Uno de los indicadores principales es que el flujo de efectivo empieza a sufrir. Es decir, tienen serios problemas para cumplir con los compromisos ordinarios: pagar renta, sueldos, servicios y proveedores”, comenta Pérez Moreno.

Sin embargo, el experto aclara que para los negocios jóvenes esta situación puede ser algo natural. No necesariamente quiere decir que estén en riesgo de subsistencia, es probable que sólo requieran tiempo o el financiamiento adecuado.

“Una decisión no inteligente para una empresa que comienza es arrancar con deuda. En edades tempranas no puedes exigir rentabilidad, flujos, riqueza para compensar inversionistas, y mucho menos cargar deuda”, asegura.

La permanencia de una firma joven depende de varios factores. Uno es el temple y preparación del empresario, otro es la habilidad y competencia de su equipo.

“Hay una etapa romántica del emprendimiento y una muy dura que es la realidad: es muy difícil hacer proyectos exitosos y sostenerlos a largo plazo. Un emprendedor requiere un equipo que le permita llevar a cabo el proyecto. Necesita conseguir dinero inteligente, es decir, personas que aporten conocimientos, tecnología y acceso a mercados, no sólo financiamiento”.

En empresas que ya tienen cierto grado de madurez, los indicadores son distintos. Algunas señales de que algo va mal son la pérdida de clientes y la incapacidad para retener a los mejores colaboradores; pero algo vital para saber si está en un severo riesgo es el flujo de efectivo para la operación. Si es negativo, el negocio es insostenible, y aunque pueda subsanarse con deuda de manera transitoria, a largo plazo no funcionará.

Para el analista, el flujo de operación de una compañía siempre debe ser positivo y cubrir dos grandes necesidades. La primera es la inversión de flujos en la propia firma, por ejemplo, en investigación y desarrollo, renovación de activos fijos, capacitación del personal y estandarización de procesos. La segunda es la capacidad de compensar a los acreedores financieros y a los accionistas.

“Mientras más sólido sea el flujo de operación, la empresa tendrá más posibilidades de subsistir, crecer y ser competitiva, es decir, de ganar espacio en el mercado y desplazar a los competidores”, explica Pérez Moreno.

¿Hay un tiempo ideal para detectar el problema?

“Todas las personas tenemos diferente tolerancia al riesgo”, advierte, “quien es poco tolerante tomará la decisión muy rápido de salirse, depende del perfil del inversionista, sus características personales y psicológicas. Algo que hace diferentes a los negocios nuevos de los maduros es que quien arranca un proyecto es optimista por naturaleza, difícilmente se da por vencido; el tema es hasta dónde es razonable hacerlo y eso es muy difícil de definir”.

Sin embargo, hay que hacer lo posible para reducir riesgos. Cuando una firma no funciona, algunos de los activos pueden recuperarse mediante la venta o transmisión; pero llega un momento en el que se deterioran tanto que se vuelve imposible.

“Cuando hay demandas legales, el empresario puede perder no solo la compañía, sino parte de su patrimonio personal”, dice. “Quien contrata un financiamiento debe conocer los riesgos. Muchas personas, con tal de obtener el dinero que necesitan, incurren en riesgos excesivos que desconocen; hay que asesorarse para tomar decisiones racionales”.

¿Qué se puede hacer para prevenir?

Igual que un enfermo acude a un médico cuando algo va mal, los empresarios deben pedir la opinión de especialistas que diseñen estrategias para revertir los daños, ya sean abogados, consultores de negocios o asesores financieros.

Desafortunadamente, explica el experto, en México existe una cultura distorsionada en la cual se cree que los honorarios de especialistas son caros, pues las personas están muy poco acostumbradas a pagar por servicios profesionales. En esos casos, hay que preguntarse qué y cuánto se ganará con el desembolso. Si el beneficio es mayor, no hay que pensarlo dos veces.