Publicado el: 7 Agosto, 2017

La vida de Natalia Gómez Vázquez (Aguascalientes, 1990), no se puede explicar sin su pasión por el teatro y la danza. Crecida en el seno de una familia que propició su gusto por las actividades artísticas, su fervor por la representación escénica la llevó a distintas latitudes del mundo, pasando por el Centro Nacional de Danza Contemporánea en Querétaro, la School of New Dance Development (SNDO) en Holanda -una experiencia catártica- y The School of Visual Theatre, en Jerusalén, donde se graduó como licenciada en Artes Escénicas.

En 2015, tras cuatro años en Israel, Natalia regresó al país, invitada a participar como actriz y ser parte del soundtrack de la película “Los Años Azules”; pero regresó a Jerusalén por los “fuertes vínculos personales y artísticos” que desarrolló en aquella capital. Fue allá, a miles de kilómetros de México, donde se percató que el lugar en el que realmente quería estar y hacer lo que amaba era en su tierra natal.

El Tambor, una Propuesta Escénica emergente.

Tras su regreso a Aguascalientes y con la intención de asentarse en la ciudad, Natalia narra cómo fue conociendo y relacionándose con  gente de la escena local. Esto la hizo identificar la necesidad común de “de tener plataformas distintas  para la operación no sólo teatral, sino escénica”. Revisó los distintos planes que tenía por desarrollar y se reencontró con “El Tambor”, un proyecto idóneo para empezar al que ella define como un “ensamble que busca promover la escena como una experiencia que va más allá de las fórmulas que nos han enseñado del teatro”.

Las audiciones para conformar su elenco iniciaron en diciembre del año pasado y reconoce que no sabía qué esperar. Lo que tenía claro era que su grupo estaría formado de mínimo siete personas y un máximo de diez, aunque si hallaba una sola persona con la que conectara, esa persona le bastaría. El elenco terminó siendo formado por ocho personas entre las que figuran actores, bailarines, una psicóloga y un escritor, entre más gente de diversas áreas que se ha incorporado y relacionado con el grupo, pero atrás del telón.

¿Qué valor extraes de conformar un grupo de gente tan diverso?, se le pregunta. Ella responde: “Ayuda mucho a generar discusión, a crear polémica dentro y fuera del equipo. Por lo tanto, eso facilita que el proyecto no sea unidireccional, sino que empiece a despuntar a varias formas de creación.”

La primera creación de El Tambor fue “La Cena”, una producción inspirada por la novela “El Tambor de Hojolata” escrita por el alemán Gunter Grass. En el performance, parte del público interactúa directamente con los actores, por lo que Natalia le incide a sus actores que vean a la obra como “un ente vivo, que va agarrando su propia vida conforme va progresando en el acto”.

Ante la pregunta de qué buscaba o cuál era la finalidad de “La Cena”, Natalia responde tres cosas: “La primera, generar un diálogo más directo entre el actor o ejecutante con el espectador comensal. La segunda, propiciar una serie de momentos que aspiren a ser irrepetibles y que conversan con el presente del actor. Presente por el hecho de  estar sentado e interactuando a lado de una persona que no conoce, que hoy puede ser un señor de 70 años como mañana, en la siguiente función, ser un niño de 15 años: el material que el actor toma de esa experiencia de compartir la mesa con alguien distinto a él”.

Y la tercera, pero muy importante subraya Natalia, “originar una experiencia estética, más sensorial. Que no vaya rumbo a una lógica lineal, sino que sea más fiel a lo que es el pensamiento humano”.

“La Cena” se ha presentado dos veces en la Ex Escuela de Cristo, con una afluencia en ambas ocasiones cercana a las cien personas y una vez en San Luis Potosí, en el Festival Internacional Lila López, donde hubo aproximadamente 80 personas en el público. En Aguascalientes, reconoce Natalia, se creó una fuerte división de opiniones donde hubo críticas muy duras a la propuesta.

 Natalia se dice satisfecha con lo que se ha logrado: “No sé si hablar de un éxito, porque sé que hay  una disparidad de opiniones muy fuerte, pero  el hecho de que haya una opinión al respecto, que te haga pensar u odiar la obra, el hecho de que cada espectador albergue una experiencia distinta, para mí ya es un satisfacción”.

Aún así, no quiere decir que la crítica no afecte. En este sentido, tanto Natalia como el equipo se han mantenido firmes gracias a la claridad que comparten como equipo y lo explica: “Entre nosotros mantenemos una comunicación muy directa. Estamos abiertos a la posibilidad de que el proyecto pueda ir cambiando y no cerrarse a una sola idea. Que tu idea sea flexible ayuda a que funcione y vaya más allá de lo que puedas imaginar. Esta claridad nos ha permitido caminar firmes, aunque a veces, por la naturaleza del proyecto parezca que no. En El Tambor hay un germen muy fuerte y muy claro al que siempre podemos regresar para alimentarnos y regresar al mundo más fuertes”

Si bien no le parece adecuado que se le califique como “innovadora”, sí cree que El Tambor busca que sus formas sean auténticas y fieles a su contemporáneo social y artístico.

Natalia es de la idea -y lo recalca- de que en Aguascalientes existe mucho talento, talento que es apoyado por diferentes instituciones públicas, pero hay una carencia importante de propuestas creativas. ¿La razón? “He pensado que se debe en gran parte a la educación que nos forma. Nos educan para bailar, para actuar, para cantar…Pero no se educa para pensar, para proponer, para arriesgar. Se relega la parte creativa e inventiva”.