Publicado el: 25 septiembre, 2017

“Uno es de donde está el guiso de la abuela y los recuerdos de la infancia”, escuché decir al cantautor Ismael Serrano en uno de sus conciertos, una frase tanto oportuna como descriptiva para encontrar un sentido de pertenencia en este mundo multicultural y globalizado. Y es que, pese a que creo que ante todo somos ciudadanas y ciudadanos del mundo, no existe un sentimiento más humano y primario que la necesidad de sentirte parte de algo y de generar identidad.

He de decir, antes de seguir con este texto, que soy detractora del patriotismo a ultranza, ese que construye la identidad en contraposición de la otra y del otro y sirve como base para la exclusión. El amor a la patria del que hablo genera, en palabras de Mazzini, importantes sentimientos de generosidad extensivos para la humanidad y forja lazos esenciales para crear una sociedad decente en la que la libertad y la justicia pueden estar verdaderamente al alcance de todas y todos.

Este amor a la patria es lo que México ha vivido desde el primer temblor de septiembre. Los conceptos de solidaridad y empatía se han vuelto tangibles ante la tragedia que como pueblo hemos vivido, sin importar si esta alcanzó de forma directa vidas o patrimonios, hay un sentimiento de hermandad donde el daño ajeno se siente y convierte en propio. Esta hermandad ha trascendido fronteras y ha servido como ejemplo para que el mundo entero sepa de lo que somos capaces.

Hemos incluso superado la ineficacia de un gobierno que, como siempre, no ha sabido estar a la altura de lo que México necesita. Se han dejado a un lado a las funcionarias y funcionarios y se ha tomado el timón de México dándoles a ellas y ellos una lección: la corrupción se ha topado con una sociedad esperanzada, organizada e informada que ha utilizado cada medio humano y tecnológico a su alcance para no permitir que esta vez gane el status quo.

Mi amigo y político Fernando Belaunzarán expresó por twitter “los jóvenes han tomado han tomado la Ciudad de México, espero que ya no la suelten”. Y así ha sido, la sociedad en general han tomado a México en sus brazos para sanarlo, abrazarlo y reconstruirlo. Coincido con Fernando y me uno al deseo colectivo de que esta tragedia genere un cambio y nos mantenga despiertas, despietos y en pie.

Nussbaum afirma que cuando embarga la emoción patriótica, las ciudadanas y ciudadanos se aceptan como miembros de una misma familia que comparte unos fines comunes. Eso somos y eso ha despertado esta tragedia: la conciencia
colectiva de que somos miembros de una gran familia. No dejemos que esa emoción patriótica desaparezca, convirtamos el #FuerzaMéxico en una filosofía de vida.

Desde aquí, con la impotencia que genera la distancia, valoro, reconozco y me enorgullezco más que nunca de mi México y de su gente. Y aprovecho este texto para decirles: GRACIAS.