Publicado el: 17 octubre, 2017

Una de las novedades del sistema electoral mexicano es haber abierto la posibilidad de que legisladores y alcaldes sean reelectos para diversos periodos consecutivos. El argumento de la innovación fue que de esa manera habría un esquema de incentivos distinto, el cual consistiría en que dichos servidores públicos, si quisieran ser votados de nuevo, tendrían que responder a sus electores y no a las burocracias partidistas. Así, concluía el racional, se estará consolidando un esquema de profesionalización similar al que existe en muchos países. ¿Este diseño corresponderá a la realidad mexicana actual? Quién sabe.

El primer problema es que los candidatos tienen escasa empatía con sus electores, porque suponen que lo importante es el posicionamiento dentro de sus partidos. Por lo menos hasta ahora, la decisión de las candidaturas suele ser un asunto de cúpulas, las cuales toman en cuenta variables muy heterogéneas: género, equilibrios políticos estatales, cercanía con las dirigencias nacionales, cuotas corporativas… Y ninguna de ellas tiene mucho que ver con lo que genuinamente es bueno para el país.

En segundo lugar, si la popularidad del alcalde en funciones es el dato para hacerlo candidato, se trata de un indicador muy engañoso, pues la aprobación en las encuestas no deriva del buen gobierno o de las decisiones eficaces que se toman, sino del populismo con que se conducen y se realizan ciertas medidas. Por ejemplo, los festivales del día de la madre, las despensas que se distribuyen en ciertas épocas del año, las posadas que se organizan o los descuentos que se hacen a la hora de cobrar impuestos y derechos. Ninguna de esas cosas sirve a la hora de mejorar el desarrollo municipal o la calidad de vida; pero se ven bien a los ojos de la gleba.

La mayoría de los gobernantes, en tercer término, suponen que, como tales, su obligación principal es bajar del Olimpo para supuestamente congeniar con sectores ciudadanos a los que, a la vuelta de los años, jamás volverán a ver. Eso, que en principio suena seductor, es un uso ineficiente del tiempo, pero luce.

Atender todos los bautizos, misas, responsos, matrimonios, cumpleaños, competencias deportivas, honores a la bandera y colectas de la Cruz Roja, produce notoriedad; pero muy rara vez gobiernos competentes, ya que distrae de un tiempo que es escaso y que hay que dedicar a estudiar los problemas, comprender la dinámica social y política, anticiparse a las contingencias, tomar decisiones y ejecutarlas, evaluar cómo van las cosas, negociar, y confirmar o cambiar el camino seguido.

Finalmente, véase el caso de la ciudad de Aguascalientes para medir el riesgo de la reelección y usemos el ejemplo de Detroit.

Hace varios años, escribí que nuestros alcaldes y gobernadores debieran ver en Detroit lo que jamás debe hacerse. Mala organización gubernamental, falta de planeación, excesos financieros, crecimiento basado en un solo sector industrial y pérdida total de cohesión comunitaria liquidaron a la que fuera alguna vez la ciudad emblemática del éxito.

La agonía de esta urbe fue prolongada y sostenida. De los casi dos millones de habitantes que tenía en los años 50, pasó a unos 700,000 en la actualidad; alrededor de 40,000 construcciones o predios fueron abandonados; 36 por ciento de sus habitantes se ubican por debajo de la línea de pobreza, y alcanzó la tasa más elevada de delitos con violencia en ciudades con más de 200,000 habitantes de EUA. Peor, imposible.

¿Cuáles son las lecciones de esta caída? La primera es que las ciudades no son la acumulación de edificios, vialidades, ocurrencias y cemento, sino, como dice Edward Glaeser, son espacios de interconexión humana donde circulan las ideas e innovaciones.

Segunda, no hay que poner los huevos en una sola canasta. En México, hay estados que tienen concentrado hasta el 40 por ciento de su economía (y de su sector manufacturero hasta un 70 por ciento) en una sola rama industrial. Cuando los vientos del consumo, la geografía o la competencia circulen hacia otro lado, esos estados padecerán seriamente los costos de no sólo no haber diversificado su actividad económica, sino también no haber transitado a tiempo hacia la innovación y la generación de talento.

Tercera, no gastes lo que no tengas. Por años, Detroit padeció la adicción de gastar muy por encima de sus posibilidades presupuestales. Cuando sus recursos ya no alcanzaron, recurrió al crédito, y cuando ya no pudo pagar las deudas, pidió acogerse a la bancarrota. Suena familiar, ¿verdad?

En suma, ¿es una buena idea reelegir alcaldes? Sí, pero no a estos.