Publicado el: 24 julio, 2017

Por: Alfredo Pérez Moreno

Antes de abordar de lleno el tema, he decidido que es conveniente marcar algunas diferencias entre los conceptos de empresario y emprendedor. Según la Real Academia Española de la Lengua, el empresario -sustantivo- es el que posee una industria, negocio o empresa y el emprendedor -adjetivo-, es aquel que emprende con resolución acciones o empresas innovadoras.

Ateniéndome a las definiciones anteriores, puedo inferir que ser emprendedor no implica necesariamente ser empresario, y viceversa; el primero tiene como características distintivas su empuje hacia lo novedoso, lo disruptivo, lo desconocido y hasta cierto punto de mayor riesgo, ser emprendedor implica claramente un espíritu aventurero y quizá, rebelde e irreverente, dispuesto a romper moldes y cambiar paradigmas, centrado en soluciones innovadoras. Ser empresario, en esencia, implica la construcción de estrategias, la conformación de equipos de trabajo en diversos ámbitos, un enfoque en la institucionalización y racionalización de esfuerzos; tiene que ver entre otras cosas, con la adecuada gestión de riesgos, con el conocimiento profundo de los números de su empresa.

En la realidad, se encuentran al frente de empresas tanto empresarios como emprendedores, y las empresas a su vez están en un grado específico de desarrollo y madurez que les es particular.

Podríamos dividir las empresas en dos grandes grupos:

  1. Las que tienen ya un tiempo en operación y han llegado a ser rentables y quizá prósperas, y
  2. Las de reciente creación, que aún no logran el punto de equilibrio

Ambas clases tienen en común por lo menos un factor crítico de éxito en condición de debilidad, su flujo de operación es negativo (seguramente derivado de ventas raquíticas, costos excesivos, gastos de operación elevados, altos requerimientos de capital de trabajo, posiblemente por la entrada de algún o algunos competidores –leales o desleales, es lo de menos para este análisis- y, en el caso de las empresas nuevas, por la curva que aún se encuentra en el famoso “valle de la muerte”).

La pregunta que da título a este documento me ha inquietado durante algún tiempo y, seguramente, tiene múltiples respuestas (seguramente muchas más de las que yo pudiera imaginar); algunas quizá relacionadas con los orígenes de la propiedad de la misma empresa, otras con aspectos de tipo social, psicológico o familiar.

Es de señalarse que cada caso es particular y que los motivos para seguir luchando y mantener viva la esperanza de recuperación financiera, en mi opinión, nunca son aislados, son como casi todo en los seres humanos, una mezcla a veces compleja, otras no tanto de temores, ilusiones, anhelos y miedos, que a veces, nos hacen actuar y, de vez en vez, nos pueden paralizar.

A algunos les importará el qué dirán, se aferrarán a negar el fracaso, a otros los retendrá el compromiso con sus colaboradores, socios, proveedores y acreedores. Habrá quienes perseveran porque lo llevan en la sangre y en su espíritu inquebrantable, que derrochan autoconfianza, determinación, bravura y valor personal.

Otros siguen ahí por sus familias, y porque no han encontrado otra alternativa viable.

Ciertamente es mucho más difícil y doloroso tomar la decisión de asumir pérdidas, despedir al personal y afrontar compromisos financieros y legales con terceros, que emprender un nuevo negocio, a pesar de la incertidumbre que esta acción lleva aparejada.

En una primera aproximación, parecería contrario al espíritu emprendedor darse por vencido fácilmente, aceptar la pérdida de la batalla. Por otra parte, hasta qué punto es aceptable deteriorar el valor de los activos residuales (aquellos que quedan derivado de decisiones de operación, inversión y financiamiento) en búsqueda de una mejor situación financiera, consecuencia claro está, de mejores ventas, márgenes y resultados. Estos activos pueden llegar a representar rescates valiosos de capital, tanto tangible como intangible, sin embargo, el paso del tiempo en situaciones de crisis es un enemigo feroz.

De igual manera, hasta qué punto es una decisión correcta desde el punto de vista ético y moral, retener a personas en la organización, retardando su incorporación a otras actividades o proyectos (es claro que nadie es retenido a la fuerza), sin embargo, hay empresarios y emprendedores que ejercen una influencia significativa sobre ciertos colaboradores para que se mantengan dentro del equipo.

Una de las decisiones que deben tomar los administradores de fondos de capital privado y “venture capital”, tiene que ver precisamente con la de entrar rápido en negocios con futuro y de salir rápido de aquellos que son perdedores.

Con pena he escuchado en más de alguna ocasión que la empresa va mal por la falta de apoyos o subvenciones gubernamentales. Siempre serán bienvenidos este tipo de apoyos, sin embargo, en mi opinión, no se debe esperar que el negocio lo sea, dependiendo de ayudas oficiales (no me opongo de ninguna manera a que las reciban y a que se gestionen activamente).

Hemos encontrado a lo largo del tiempo, ciertos casos con algún grado de, si se me permite el término, “analfabetismo financiero”, carencia de elementos de análisis y lectura suficientes de los resultados financieros en diversos órdenes, que tienen como consecuencia natural una toma de decisiones mal informada.

Todas las personas tenemos umbrales de dolor diferentes, igualmente perfiles diversos de tolerancia al fracaso. Tengo la impresión estrictamente personal, de que algunos empresarios posponen la salida de algún negocio, más por temas de arrogancia y orgullo personal, con tal de no reconocer malas inversiones, pobres gestiones y desempeño insuficiente, que por la esperanza de recobrar el negocio.

En nuestra sociedad, es mal visto el “fracaso”, sí, entrecomillado, siendo que en las batallas perdidas es donde más se aprende, evidentemente, solo si se está dispuesto a aprender.

Ciertamente no hay una frontera clara que delimite cuando se debe renunciar y cuando no, quizá en este punto sea conveniente incorporar el concepto de costo de oportunidad, es decir, el impacto en el valor presente de los proyectos a los que se renuncia por perseverar en lo actual.

No hablar de los problemas no evita que sucedan las cosas desagradables que deban suceder, evitar las conversaciones de cosas indeseables o problemáticas, sobre la premisa de la profecía autocumplida o la ley de la atracción, me parece a lo menos, negligente.

A manera de cierre, si su empresa o emprendimiento están en una situación de crisis, por lo menos dese a la tarea de fijar límites y fechas, después de los cuales debería plantearse concienzudamente una retirada, antes de que sea demasiado tarde.

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